Carta a mi hija | No al aborto.

La semana 24 José Ordóñez

Los cristianos frente al aborto

La corte suprema de justicia colombiana acaba de aprobar el aborto sin penalización hasta la semana 24. Por eso hice esta carta a mi hija agradeciéndole a Dios tener claro que la vida en el vientre se respeta y se ama desde la concepción.

Querida hija Tatiana:

He hecho las cuentas. En la semana 24 de estar en el vientre de mamá, siendo un pequeño atisbo de amor, bebita en formación, soplo de vida; tu madre y yo nos tumbábamos en el colchón de algodón de su incómoda cama de soltera y con la mirada hacia el techo nos gustaba jugar a imaginarnos como serías. 

Yo quería un niño, ella, como entendiendo lo que cargaba en su vientre te presintió niña, por eso gritó de alegría cuando unos días después se lo confirmaron. Perdí la apuesta. Tuve que invitar churros y chocolate. 

Mi almanaque dice que en la semana 24 de tu gestación, en tus primeros 25 centímetros de huesitos y piel, era más o menos comienzos de febrero de 1990. No sé si te he contado que para entonces yo era un famélico y empobrecido muchacho de 20 años que no tenía estudio, ni trabajo, ni familia que lo acompañara; vendedor ambulante, “loco soñador” como suele recordarme tu mamá. Ella, mi Yasmith, la humilde hija de la vendedora de tamales de la plaza de mercado de Piedecuesta, apenas en sus 19 años recién cumplidos que supo desde sus sospechosos cambios del ciclo menstrual que cualquiera fuera la situación defendería la vida que Dios había permitido llevar en su vientre. Mi valiente Yasmith.  

Semana 24, ya sentías el estado de ánimo de mamá, ya empezabas a escuchar mi voz, seguro imitando personajes o cantando, como te gusta advertirme cuando ando por ahí. 

El médico decía que eras un peligro para la salud de mamá, ya sabes, tozuda como siempre la has conocido compensaba la mala noticia yendo a comprarse un enterizo overol de embarazada color alegría, se recogía el pelo y salía a caminar con tu nona por las polvorientas calles de Piedecuesta, como si con ello ventilara las malas noticias que la medicina hablaba de ti.

Yo hice una tarde de chistes y me pagaron mil pesos, ese billete lo guardamos para tu primer enlatado de S26, pero no llegó ni a tu semana 25. Ya te dije, éramos muy pobres, no nos alcanzaba ni para las medicinas que debía tomar tu madre cuando le empezó una rara enfermedad que le da a las embarazadas. Preeclampsia dijo el médico mientras leía el resultado de los exámenes que nos recordaban que eras una amenaza para la vida de mamá.

Has debido nacer en mayo, pero tu madre empezó a hincharse raramente y esa noche de abril metida en tu cómodo saco amniótico recibiste una dosis de un medicamento que te ayudara a madurar los pulmones y así prepararte para sacarte en una prolongada cesárea.

El médico, amigo de tu tía la enfermera jefe, no cobró por la operación. ¡Dios lo bendiga! Yo debía pagar 35 mil pesos para que te dejaran salir del hospital. No los tuve, vender tamales no daba para tanto. La menudita y chaparra trabajadora social del hospital de Floridablanca me condonó la deuda luego de echarle un par de chistes.

¡Es que no fue fácil traerte a este mundo! ¿Recuerdas que te conté que a los dos días de tu nacimiento perdí la dentadura en un tremendo accidente? No vayas a olvidar esas épicas historias que te hemos contado, de como fue comprarte tu primer caminador, de los coloridos móviles colgantes que mamá hizo cuando apenas eras una núbil esperanza de vida, de como nos privamos de almorzar una tarde de domingo solo para poderte llevar a la piscina de pelotas; de como fue ser padres primerizos que, en medio de la amorosa inexperiencia y a pesar de la insistencia médica decidieron respetar el sagrado regalo de la vida; al fin y al cabo ¿Quienes éramos nosotros para decidir si debías o no vivir?

Provocabas malestar a la salud de mamá y decidimos por ti, decían que nacerías enferma y decidimos por ti, naciste prematura y con muchos riesgos de salud y decidimos por ti; el día en que naciste no teníamos cuna, ni lata de leche, ni mucho menos cuarto para tí, pero fue hermoso que tus primeros días durmieras en medio nuestro, acunada en nuestra pobreza, ronroneándonos la vida con tus primeros “agugús”. Me parece estar escuchando la agudeza de tu llanto en mi oído recordándome que fuiste tú la causante de mi honorífico título de papá. ¡Gracias por nacer Princess!

El próximo 28 de febrero, en mi cumpleaños 54, cuando llegue a tu cálida casa donde habitan esos cuatro preciosos nietos por los que has decidido dar vida, te abrazaré fuerte, te besaré los cachetes y como siempre, besaré tu cuello, justo ahí, detrás de tus orejas; quiero volver a sentir ese delicioso aroma de tu piel, el mismo que disfruté por primera vez una mañana de abril cuando tu madre se rompió de dolor para traerte a este mundo donde espero, hayan muchas mujeres valientemente amorosas que sigan respetando la vida en la semana 24.

Te ama.

Papá.

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