Mis dos cicatrices | Devocional.

Devocional Mis dos cicatrices

¿Cuántas cicatrices importantes tienes en tu cuerpo? No me refiero a las pequeñas. No me refiero a esas heridas que te haces cuando te rasguñas o cuando te caes levemente por ahí. Me estoy refiriendo a las grandes cicatrices que tiene tu cuerpo producto de un gran accidente. Hoy te voy a hablar de mis dos cicatrices. 

Casi quedo cojo en mi accidente de infancia.

Cicatriz de mi pierna
Cicatriz de mi pierna izquierda

Pensé un poco para subir la foto que ven ahí de mi pierna. Era solo un niño de seis años cuando en un tobogán, rodadero, (resbaladero le decimos en Santander), que por aquellos tiempos eran de metal terminó cortándome la pierna izquierda. 

No sé qué me dolió más, si hacerme el enorme tajo que casi me cuesta una extremidad o la improvisada cirugía en el pequeño centro de salud del barrio San Fernando en donde unos practicantes a médicos cosieron (yo diría más bien que zurcieron) casi sin anestesia el, desde entonces malogrado músculo inferior.

Todavía me parece sentir los enormes piquetes de la aguja que remendó la piel. Estuvo tan mal hecho el asunto que los puntos terminaron siendo exageradamente grandes y se cruzaron para formar una especie de cruz.

No fui culpable de ése accidente. Solo quería jugar en el resbaladero. No tengo responsabilidad en esa cruz queloide que llevo desde mi infancia. 

Hay cicatrices corporales que quizá tu también lleves provocadas por asuntos ajenos a tus decisiones. Tu caída de niña, la frente estrellándose con el afilado vidrio de la mesa del comedor, el agua caliente que te cayó encima, el perro que te mordió etc.

Mi segunda cicatriz, la de la cabeza.

A diferencia de mi cicatriz infantil, llevo una en la cabeza desde hace dos años. Mide un poco menos pero dolió tanto como la primera.

Herida en la cabeza de Jose Ordoñez

Yo soy culpable, yo me la causé por tonto testarudo que jugó a maromero circense y bajándome de una escalera de tres metros con una enorme caja decidí que se podía descender hacia adelante sin agarrarse de nada. Una llave me golpeó la cabeza cuando iba cayendo me provocó una herida de ocho centímetros (yo sentí que fue de dos metros) acompañada de una muñeca astillada y dolores de espalda que con frecuencia aparecen como secuelas de mi torpeza.

A esta cicatriz, como te puedes dar cuenta, le pusieron unos extraños y dolorosos ganchos que ajustaron con una grapadora. También, al igual que en mi infancia, me dolió más el proceso de limpieza, desinfección y sutura de la herida que el mismo accidente.

Es que las heridas deben cerrarse rápido, buscar su pronta cicatrización para que no traigan problemas mayores.

Las cicatrices de las heridas que no causamos.

¿Te diste cuenta que llevamos cicatrices en la vida que no las causamos nosotros y otras tantas que son consecuencia de nuestra tozudez y tonta manera de decidir?

Las del cuerpo sanan, a esas hay que buscarles rápido un facultativo que las cure, así sea de manera burda como los aprendices del centro de salud hace años. Pero a las heridas del alma no solemos darle mucha prioridad y sin embargo son tanto, o más peligrosas que las corporales.

Las heridas del alma que no cicatrizan.

Conozco personas que no han acudido a recibir pronto auxilio para el dolor que les carcome el alma y al cabo de algunos años aún siguen con la herida abierta buscando de algún modo cicatrizarlas. Quizá tú también los conozcas, o quizá eres uno(a) de ellos.

Heridas de las que no somos responsables de sufrir como la pérdida de un familiar que se nos adelantó en el tránsito hacia el cielo, el fracaso matrimonial por culpa del cónyuge, la traición de la persona que amábamos o también llevamos heridas de dolores que si nos causamos: nos comprometimos tozudamente con la persona que no nos convenía, herimos al ser amado que ahora no nos quiere perdonar, invertimos el dinero que nos costó mucho conseguir en un negocio que ahora nos agobia con las deudas; bueno estos son solo algunos ejemplos.

Jesús cicatriza las heridas de tu alma.

No importa si te las hicieron, no importa si tú mismo(a) te las haz hecho, el caso es que Él las llevó a la cruz y pagó el precio para que todos nuestros dolores causados por las heridas, pronto terminen y aparezca la tan anhelada cicatriz.

Las cicatrices son muestras de que la herida ha sanado. Si ves un queloide donde antes había una herida vas por buen camino.

Hay personas que lamentablemente pasan los años y donde debería haber una cicatriz aún mantienen una herida abierta. Las heridas abiertas se infectan fácilmente, supuran a los pocos días y si no se intervienen a tiempo causan graves infecciones que pueden terminar en la amputación del miembro y en el peor de los casos la pérdida de la vida.

Acércate a Jesús, Él quiere sanar tus heridas.

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