Perdonar no significa declarar inocente a quien nos hirió. Significa renunciar a la venganza, entregar la justicia a Dios y negarnos a que el mal recibido siga controlando nuestra vida. Entonces ¿Cómo perdonar? Espero que este artículo te ayude a encontrar la respuesta adecuada.
Cuando somos niños atravesamos la conocida edad de los porqués. Queremos saber por qué debemos obedecer, por qué algo funciona de determinada manera y por qué tenemos que hacer ciertas cosas. Sin embargo, hay preguntas que siguen acompañándonos aun después de crecer.
Una de ellas aparece cada vez que alguien nos hiere: «¿Por qué tengo que perdonar?» Tal vez sentimos que la ofensa fue demasiado grande, que la otra persona no merece misericordia o que perdonar sería permitirle salir sin ninguna consecuencia.
La Biblia nos ayuda a corregir esa idea. El perdón no convierte en bueno lo que estuvo mal ni borra la responsabilidad del infractor. Perdonar significa que yo dejo de ocupar el lugar de juez, renuncio a tomar venganza y pongo el asunto en las manos de Dios.
Perdonar no es negar la ofensa; es impedir que la ofensa continúe gobernando nuestro corazón.
Perdonar no significa renunciar a la justicia
Una razón frecuente para negarnos a perdonar es pensar que, si lo hacemos, el infractor quedará eximido de las consecuencias. En nuestro interior podemos decir: «Si lo perdono, entonces no pagará por lo que me hizo». Esa conclusión confunde el perdón con la impunidad.
Romanos 12 reúne varias instrucciones para la vida cristiana: amar con sinceridad, aborrecer el mal, aferrarse al bien, ser pacientes en el sufrimiento, perseverar en la oración, bendecir a quienes persiguen y procurar vivir en paz. Después llega una orden muy clara:
«No tomen venganza, queridos hermanos, sino dejen el castigo en las manos de Dios» (Romanos 12:19).
El texto no dice que el mal dejó de importar. Dice que la venganza no nos pertenece. Dios conoce la conducta y también las intenciones del corazón. Él sabe lo que ocurrió cuando nadie más estaba presente. Sabe del grito, la humillación, el engaño, el abuso de autoridad, el dinero retenido injustamente y cualquier otro agravio.
Al perdonar, no estamos afirmando que la persona actuó correctamente. Estamos reconociendo que solamente Dios puede ejercer una justicia perfecta. Nosotros vemos una parte del asunto; él conoce la historia completa.
Dos decisiones diferentes
- Perdonar: renunciar al odio, la venganza y el deseo de castigar personalmente.
- Restablecer una relación: decidir si existen arrepentimiento, cambios, verdad y condiciones seguras para reconstruirla.
Perdonar no obliga a devolver inmediatamente una relación a su estado anterior. Tampoco impide establecer límites prudentes o acudir a las autoridades cuando corresponda.
La venganza puede convertir el conflicto en un ciclo interminable
Cuando una persona nos causa un mal y decidimos responderle con otro mal, abrimos un ciclo difícil de detener. Ella interpreta nuestra reacción como una nueva ofensa y considera que también tiene derecho a vengarse. Cada respuesta prepara la siguiente agresión.
Hay relaciones que terminan atrapadas en esa dinámica. Uno habla mal porque el otro habló mal. Uno hiere porque antes fue herido. Ambos creen que solamente están cobrando una deuda, pero ninguno tiene la capacidad de dar el primer paso hacia la paz.
Romanos 12:18 dice: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos». No siempre podremos controlar la respuesta de la otra persona, pero sí podemos decidir qué clase de respuesta saldrá de nosotros.
Como decía mi mamá: «Para pelear se necesitan dos». Podemos negarnos a continuar alimentando el conflicto. Dar el primer paso no significa hacernos los tontos ni aceptar el abuso. Significa obedecer a Dios y no permitir que el comportamiento ajeno determine nuestro carácter.
El perdón detiene la cadena
Alguien tiene que decidir que el mal no seguirá avanzando. La persona pacificadora no responde con la misma moneda; vence el mal haciendo el bien.
Perdonar nos libera de llevar al agresor en la mente
La falta de perdón no mantiene presa a la otra persona: con frecuencia nos mantiene presos a nosotros. La ofensa se instala en el pensamiento, ocupa nuestras conversaciones y nos hace repetir una y otra vez lo sucedido. Dejamos de disfrutar la comida, el descanso y las personas buenas que todavía están a nuestro lado.
Más grave aún, el veneno que guardamos puede terminar derramándose sobre gente inocente. Alguien nos irrita en el trabajo y luego descargamos la frustración sobre el cónyuge, los hijos, los nietos o un empleado que no tuvo nada que ver con el problema.
Hay muchas personas que necesitan nuestra mejor versión. Por eso no debemos permitir que quien nos hizo daño siga contaminando todas nuestras relaciones. Entregar el asunto a Dios nos ayuda a recuperar la tranquilidad y continuar con las responsabilidades que él ha puesto delante de nosotros.
Cuando hacemos las cosas a la manera de Dios, los primeros que descansamos somos nosotros.
Mientras vivamos, tendremos que perdonar
Vivimos en un mundo de personas imperfectas. Nos van a fallar de maneras pequeñas y grandes, unas veces con intención y otras sin haber querido hacerlo. Nosotros también cometeremos errores y necesitaremos que los demás nos perdonen.
Podemos imaginar una larga fila de personas que, a lo largo de los años, cometerán alguna equivocación con nosotros. Si convertimos cada ofensa en un juicio, una pelea o un nuevo enemigo, terminaremos rodeados de conflictos: con el vecino, el propietario, el jefe, los hijos, el cónyuge y la familia.
Necesitamos aprender a decir: «Siguiente en la fila». No porque la ofensa carezca de importancia, sino porque no podemos almacenar dentro del corazón a cada persona que se equivoque. Hay que resolver, aprender lo necesario, entregar la causa a Dios y seguir caminando.
Jesús nos enseña a perdonar sin llevar una contabilidad
Pedro se acercó a Jesús y le preguntó cuántas veces debía perdonar a un hermano que pecara contra él. Incluso propuso una medida que parecía generosa: «¿Hasta siete veces?» Jesús respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21-22).
El propósito de esta respuesta no es entregarnos una calculadora espiritual para anotar las faltas. Jesús elimina la contabilidad del resentimiento. El perdón no puede convertirse en una libreta donde registramos cuánto le queda disponible a cada persona antes de que decidamos odiarla para siempre.
Esto tampoco autoriza a nadie a abusar de la paciencia ajena. Quien ama no usa las palabras de Jesús para justificar un comportamiento destructivo. Pero la persona ofendida sí puede decidir que el pecado de otro no la transformará en alguien amargado y vengativo.
La parábola del siervo que no quiso perdonar
Después de responderle a Pedro, Jesús contó la historia de un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Uno de ellos tenía una deuda inmensa y no podía pagarla. Se arrodilló, pidió paciencia y el rey se compadeció: canceló la deuda y lo dejó en libertad.
Al salir, aquel hombre encontró a un compañero que le debía una cantidad mucho menor. Lo agarró, le exigió el pago y se negó a mostrar la misma compasión que acababa de recibir. El compañero también se arrodilló y pidió paciencia, pero el primer siervo mandó encarcelarlo.
La contradicción es evidente. El hombre recibió una misericordia enorme, pero se negó a extender una misericordia mucho menor. Cuando el rey supo lo ocurrido, lo llamó «siervo malvado» y le recordó que debía haberse compadecido de su compañero como el rey se había compadecido de él.
La cruz nos recuerda cuánto hemos recibido
Dios ha perdonado nuestra deuda más grande: el pecado. Cuando contemplamos la cruz, recordamos que hemos recibido una misericordia que jamás habríamos podido comprar. Esa memoria cambia la forma como miramos la deuda que otra persona tiene con nosotros.
La parábola no minimiza el daño que nos hicieron. Nos invita a comparar cualquier deuda humana con la gracia inmensa que Dios nos ha concedido. Quien vive consciente de haber sido perdonado encuentra una razón poderosa para perdonar.
Nuestra manera de tratar una ofensa tiene testigos
En la parábola hubo otros siervos que vieron la injusticia, se entristecieron y contaron al rey lo sucedido. Este detalle nos recuerda que nuestra falta de perdón casi nunca permanece escondida.
En el matrimonio, los hijos observan cómo el padre trata a la madre y cómo la madre trata al padre. Escuchan las palabras duras, ven el desprecio y perciben cuando una ofensa antigua vuelve a utilizarse como arma. A ningún hijo le resulta indiferente que maltraten a su mamá o a su papá.
También son testigos los familiares, los compañeros de trabajo y las personas de la iglesia. Podemos hablar del perdón de Dios y, al mismo tiempo, enseñar con nuestra conducta que hay personas a quienes nunca pensamos perdonar. Esa incoherencia hiere y confunde.
La frase «eso nunca se lo voy a perdonar» no debería dirigir la vida de un cristiano. Si Dios nos recuerda continuamente la deuda que él canceló, nosotros no podemos vivir estrangulando emocionalmente a los demás para cobrarles cada centavo.
Cómo entregar una ofensa en las manos de Dios
Perdonar no siempre comienza con una emoción agradable. Puede comenzar con una decisión presentada delante de Dios. Si la persona y lo sucedido continúan ocupando nuestra mente, podemos hacer un ejercicio sencillo y sincero:
- Reconozca el daño. No lo disfrace ni finja que no dolió. Dígale a Dios qué ocurrió y cómo lo afectó.
- Identifique a la persona. Puede mencionar su nombre en oración y reconocer que el deseo de venganza lo mantiene atado a ella.
- Renuncie a cobrar personalmente. Declare delante de Dios que no tomará la justicia en sus manos ni responderá mal por mal.
- Entregue el caso. Pida al Señor que juzgue con verdad y haga lo que sea correcto.
- Pida paz para continuar. No siga rumiando durante todo el día lo que ya puso en manos de Dios.
- Venza el mal con el bien. No permita que la ofensa determine su conducta ni lo convierta en aquello que condena.
«No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Romanos 12:21).
Esto es diferente de exponernos nuevamente a un peligro. Podemos perdonar y, al mismo tiempo, establecer distancia, exigir un trato respetuoso, buscar ayuda pastoral o profesional y permitir que las autoridades cumplan su función. La reconciliación plena requiere verdad y participación de ambas partes; la decisión de no vivir consumidos por la venganza comienza en nuestro propio corazón.
Preguntas frecuentes sobre la importancia de perdonar
¿Perdonar significa que la otra persona no tendrá consecuencias?
No. El perdón renuncia a la venganza personal, pero no elimina la responsabilidad, la disciplina, los límites ni las consecuencias de una conducta.
¿Tengo que confiar inmediatamente en quien me hirió?
No. El perdón puede concederse, pero la confianza se reconstruye mediante verdad, arrepentimiento, cambios visibles y tiempo.
¿Por qué debo dar el primer paso si yo fui la persona ofendida?
Porque su obediencia no depende de que el otro actúe primero. Dar el primer paso puede impedir que el conflicto siga creciendo, aunque la otra persona continúa siendo responsable de su respuesta.
¿Qué hago si el recuerdo vuelve?
Vuelva a entregar el asunto a Dios. Recuérdese que ya renunció a la venganza y no alimente nuevamente la conversación interior que lo mantiene atado al agravio.
Oración para entregar una ofensa
Señor, te entrego a la persona que me ha causado dolor y quiere mantenerme preso en mis pensamientos. Tú conoces lo que sucedió, lo que hizo y las intenciones de su corazón.
Renuncio a vengarme y a tomar la justicia en mis manos. Te entrego esta causa porque tú eres un juez justo. Haz lo que sea correcto y dame sabiduría para establecer los límites que sean necesarios.
Espíritu Santo, trae paz a mi mente. No permitas que esta ofensa contamine la manera como trato a mi cónyuge, mis hijos y las demás personas que necesitan mi mejor versión.
Recuérdame cuánto me has perdonado. Ayúdame a vencer el mal con el bien y a continuar con libertad el camino que has puesto delante de mí. Amén.
Perdonar es importante porque nos saca del ciclo de la venganza, protege nuestro corazón, evita que el resentimiento alcance a personas inocentes y demuestra que hemos comprendido la misericordia recibida en la cruz.
Quizás hoy tenga dos filas ocupando su vida: la de quienes podrían fallarle en el futuro y la de quienes todavía no ha querido perdonar. No siga acumulando personas. Reconozca la herida, entréguela a Dios y continúe. Hay propósitos demasiado importantes delante de usted como para gastar la vida peleando con el pasado.
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