Carta a mi hija | No al aborto.

¿Por qué los cristianos no creemos en el aborto? A través de esta carta que le envío a mi hija dejo un pequeño estudio.

Carta a mi hija | No al aborto

La Corte Constitucional colombiana despenalizó el aborto hasta la semana 24. Por eso hice esta carta a mi hija, agradeciéndole a Dios tener claro que la vida en el vientre se respeta y se ama desde la concepción.

Esta no es una carta escrita desde la teoría, sino desde la memoria, la pobreza, el amor, la fe y la gratitud de un padre que vio la vida abrirse paso en medio de la dificultad.

Los cristianos frente al aborto

Para los cristianos, la vida no comienza cuando las condiciones son cómodas, cuando hay dinero suficiente, cuando el diagnóstico médico es favorable o cuando los padres se sienten preparados. La vida es un regalo de Dios y debe ser recibida con reverencia desde el vientre.

Querida hija Tatiana

Querida hija Tatiana:

He hecho las cuentas. En la semana 24 de estar en el vientre de mamá, siendo un pequeño atisbo de amor, bebita en formación, soplo de vida, tu madre y yo nos tumbábamos en el colchón de algodón de su incómoda cama de soltera y, con la mirada hacia el techo, nos gustaba jugar a imaginarnos cómo serías.

Yo quería un niño. Ella, como entendiendo lo que cargaba en su vientre, te presintió niña. Por eso gritó de alegría cuando unos días después se lo confirmaron. Perdí la apuesta. Tuve que invitar churros y chocolate.

Mi almanaque dice que en la semana 24 de tu gestación, en tus primeros 25 centímetros de huesitos y piel, era más o menos comienzos de febrero de 1990.

No sé si te he contado que para entonces yo era un famélico y empobrecido muchacho de 20 años que no tenía estudio, ni trabajo, ni familia que lo acompañara; vendedor ambulante, “loco soñador”, como suele recordarme tu mamá.

Ella, mi Yasmith, la humilde hija de la vendedora de tamales de la plaza de mercado de Piedecuesta, apenas en sus 19 años recién cumplidos, supo desde sus sospechosos cambios del ciclo menstrual que, cualquiera fuera la situación, defendería la vida que Dios había permitido llevar en su vientre.

Mi valiente Yasmith.

Semana 24

Semana 24. Ya sentías el estado de ánimo de mamá. Ya empezabas a escuchar mi voz, seguro imitando personajes o cantando, como te gusta advertirme cuando ando por ahí.

El médico decía que eras un peligro para la salud de mamá. Ya sabes, tozuda como siempre la has conocido, ella compensaba la mala noticia yendo a comprarse un enterizo overol de embarazada color alegría. Se recogía el pelo y salía a caminar con tu nona por las polvorientas calles de Piedecuesta, como si con ello ventilara las malas noticias que la medicina hablaba de ti.

Yo hice una tarde de chistes y me pagaron mil pesos. Ese billete lo guardamos para tu primer enlatado de S26, pero no llegó ni a tu semana 25.

Ya te dije, éramos muy pobres. No nos alcanzaba ni para las medicinas que debía tomar tu madre cuando le empezó una rara enfermedad que les da a las embarazadas. Preeclampsia, dijo el médico mientras leía el resultado de los exámenes que nos recordaban que eras una amenaza para la vida de mamá.

Cuando la vida llegó antes de tiempo

Has debido nacer en mayo, pero tu madre empezó a hincharse raramente y esa noche de abril, metida en tu cómodo saco amniótico, recibiste una dosis de un medicamento que te ayudara a madurar los pulmones y así prepararte para sacarte en una prolongada cesárea.

El médico, amigo de tu tía la enfermera jefe, no cobró por la operación. ¡Dios lo bendiga!

Yo debía pagar 35 mil pesos para que te dejaran salir del hospital. No los tuve. Vender tamales no daba para tanto. La menudita y chaparra trabajadora social del hospital de Floridablanca me condonó la deuda luego de echarle un par de chistes.

¡Es que no fue fácil traerte a este mundo!

¡Es que no fue fácil traerte a este mundo!

¿Recuerdas que te conté que a los dos días de tu nacimiento perdí la dentadura en un tremendo accidente?

No vayas a olvidar esas épicas historias que te hemos contado: cómo fue comprarte tu primer caminador, los coloridos móviles colgantes que mamá hizo cuando apenas eras una núbil esperanza de vida, cómo nos privamos de almorzar una tarde de domingo solo para poderte llevar a la piscina de pelotas.

Y cómo fue ser padres primerizos que, en medio de la amorosa inexperiencia y a pesar de la insistencia médica, decidieron respetar el sagrado regalo de la vida.

Al fin y al cabo, ¿quiénes éramos nosotros para decidir si debías o no vivir?

Decidimos por ti

Provocabas malestar a la salud de mamá y decidimos por ti.

Decían que nacerías enferma y decidimos por ti.

Naciste prematura y con muchos riesgos de salud y decidimos por ti.

El día en que naciste no teníamos cuna, ni lata de leche, ni mucho menos cuarto para ti, pero fue hermoso que tus primeros días durmieras en medio nuestro, acunada en nuestra pobreza, ronroneándonos la vida con tus primeros “agugús”.

Me parece estar escuchando la agudeza de tu llanto en mi oído, recordándome que fuiste tú la causante de mi honorífico título de papá.

¡Gracias por nacer, Princess!

Gracias por vivir

El próximo 28 de febrero, en mi cumpleaños 54, cuando llegue a tu cálida casa donde habitan esos cuatro preciosos nietos por los que has decidido dar vida, te abrazaré fuerte, te besaré los cachetes y, como siempre, besaré tu cuello, justo ahí, detrás de tus orejas.

Quiero volver a sentir ese delicioso aroma de tu piel, el mismo que disfruté por primera vez una mañana de abril cuando tu madre se rompió de dolor para traerte a este mundo.

Espero que haya muchas mujeres valientemente amorosas que sigan respetando la vida en la semana 24.

Te ama.

Papá.

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