Hay personas que, ante una discusión, guardan silencio, se encierran o abandonan la casa. Parecen estar evitando el conflicto, pero en realidad están huyendo de la conversación que podría conducirlos a la reconciliación. Aprendamos hoy sobre las rutas de evacuación del conflicto.
Después de un conflicto no basta con pronunciar una disculpa rápida y actuar como si nada hubiera sucedido. Es necesario asegurarnos de que el corazón de la persona agraviada haya sido atendido, que el asunto haya quedado claro y que nuestras acciones posteriores contribuyan a recuperar la confianza.
La confianza es una de las monedas de cambio más importantes de cualquier relación. Cuando existe confianza, el matrimonio puede avanzar con la tranquilidad de saber que la otra persona está procurando hacer lo correcto. Cuando se pierde, cada gesto comienza a interpretarse con sospecha y cada nueva discusión arrastra el peso de las anteriores.
Para reconciliarnos debemos renunciar a las malas formas de resolver el conflicto. Entre ellas están las conjeturas, el silencio usado como castigo y las rutas de evacuación que nos permiten escapar en lugar de enfrentar con madurez el problema.
No estás evitando el problema cuando huyes de la conversación: lo estás haciendo más grande.
La reconciliación debe ayudar a recuperar la confianza
Una disculpa mal formulada puede mantener abierta la herida. Ocurre cuando comenzamos diciendo: «Si de pronto te ofendí», «si entendiste mal» o «si algo de lo que hice te causó dolor». La condición convierte un hecho en una simple posibilidad y evita que asumamos responsabilidad.
También fallamos cuando minimizamos el dolor ajeno: «No fue para tanto», «todo te lo tomas a pecho» o «ya reconocí el error, ¿qué más quieres?». Esas frases no sanan. Intentan justificar nuestra conducta y convierten el dolor de la otra persona en un problema adicional.
Dios conoce las intenciones del corazón. Podemos decir que no queríamos causar daño, pero debemos permitir que su Palabra examine con honestidad lo que ocurrió dentro de nosotros. La reconciliación comienza cuando dejamos las excusas, reconocemos la falta y procuramos que la persona herida vuelva a encontrar razones para confiar.
La disculpa no es el final del proceso
Pedir perdón abre una puerta. Después vienen la escucha, la aclaración, la reparación y un comportamiento diferente. Las palabras necesitan estar acompañadas por acciones que devuelvan seguridad a la relación.
Esta enseñanza continúa la serie sobre cómo resolver problemas matrimoniales. Resolver bien el conflicto evita que la próxima conversación comience con sospechas acumuladas.
Primera mala salida: conjeturar y suponer
Cuando la confianza está herida, la mente comienza a completar los vacíos con suposiciones: «A la fija que hizo esto por aquella razón», «yo ya sé lo que va a hacer» o «siempre que empieza así termina de la misma manera».
Es posible que exista un patrón anterior. Sin embargo, no podemos condenar a una persona por algo que todavía no ha hecho. Al prejuzgarla, adelantamos el juicio y el castigo. La acusamos no solamente por el acto actual, sino también por el futuro que imaginamos.
No cobres un pecado que todavía no se ha cometido
La frase «yo lo conozco y sé lo que va a hacer» puede impedir que la otra persona tenga la oportunidad de responder de una manera diferente. La reconciliación necesita verdad sobre lo que ocurrió, no adivinaciones sobre lo que quizá suceda.
La conjetura puede transformarse en calumnia cuando atribuimos hechos o intenciones que no han sido demostrados. Efesios 4:31 llama a abandonar la amargura, la ira, el enojo, los gritos, la calumnia y toda forma de malicia. Eso incluye renunciar al hábito de construir acusaciones con lo que solo existe en nuestra mente.
Segunda mala salida: jugar a que el otro adivine
Algunas personas se enojan y esperan que el cónyuge descubra por sí solo qué ocurrió. Cuando les preguntan «¿qué te pasa?», responden «nada», aunque por dentro estén llenas de frustración.
Parte de la madurez consiste en aprender a identificar y expresar lo que sentimos: «Me disgustó el tono», «me dolió lo que dijiste», «me frustró lo que hiciste» o «necesito que hablemos de lo que dejaste de hacer».
Un problema solo puede comenzar a resolverse cuando ha sido identificado. Si la persona agraviada se niega a explicar lo que ocurre, el silencio no elimina la dificultad. Puede profundizarla y abrir la puerta a más suposiciones.
Una manera más clara de hablar
En lugar de: «No me pasa nada. Usted debería saber qué hizo».
Podemos decir: «Estoy molesto por la manera en que ocurrió esto. Necesito explicarte lo que sentí para que podamos resolverlo».
Tercera mala salida: convertirse en una unidad blindada
Una unidad blindada es una persona que, cuando se siente agraviada, cierra todas las puertas. Se queda callada, no explica lo que siente, se retrae y levanta una muralla emocional.
El silencio puede parecer una conducta menos destructiva que los gritos. Sin embargo, también puede utilizarse como un arma. La persona descubre que su ausencia y su indiferencia desesperan al cónyuge, y comienza a castigarlo con lo que podríamos llamar el látigo de la indiferencia.
Entonces la «nada» deja de ser inocente. Pasan uno, dos o tres días sin conversación, reparación ni claridad. La persona puede presumir que no gritó ni golpeó, pero sometió a su familia a horas o días de incertidumbre, frialdad y temor sobre lo que ocurrirá.
Callar para recuperar el dominio propio es una pausa. Callar para castigar es otra forma de agresión.
Una pausa saludable tiene un propósito y un regreso: «Estoy demasiado alterado para hablar bien. Necesito tranquilizarme y retomamos este asunto en una hora». La unidad blindada, en cambio, utiliza el silencio para controlar y deja al otro sin saber cuándo terminará el castigo.
¿Cuáles son las rutas de evacuación del conflicto?
Las rutas de evacuación son los lugares, personas o hábitos a los que recurrimos para no enfrentar la conversación necesaria. Pueden variar de acuerdo con las posibilidades de cada persona, pero cumplen la misma función: facilitan la huida.
- Encerrarse y negarse a hablar durante varios días.
- Tomar las llaves del carro y abandonar la casa.
- Refugiarse en la casa de los padres o de otros familiares.
- Buscar amigos que validen nuestra versión sin llamarnos a asumir responsabilidad.
- Irse a un hotel, a otra ciudad o a cualquier lugar que permita aplazar el encuentro.
- Esconderse en diversiones, reuniones o consumo de alcohol para no pensar en el problema.
- Ausentarse emocionalmente aunque el cuerpo permanezca dentro de la casa.
Quien tiene más recursos económicos puede construir más rutas. Puede pagar un hotel, viajar o permanecer lejos durante varios días. Eso no significa que haya resuelto mejor el conflicto; solamente cuenta con más maneras de escapar.
La huida también puede disfrazarse de buena conducta: «Yo no busco problemas», «prefiero evitar discusiones» o «me fui para no empeorar las cosas». Dios, sin embargo, conoce las intenciones. Una cosa es apartarse por un momento para no pecar y otra muy distinta abandonar la responsabilidad de reconciliarse.
Aclaración necesaria
Eliminar las rutas de escape se refiere a los conflictos ordinarios que deben conversarse con madurez. No significa permanecer en un lugar donde existen golpes, amenazas o peligro. Ante una situación de violencia, la prioridad es proteger la vida y buscar ayuda segura.
Cerrar las rutas para aprender a resolver
Si nuestra reacción habitual es huir, necesitamos dejar de facilitarle el camino a esa conducta. La próxima vez que aparezca el conflicto, debemos proponernos permanecer disponibles para hablar y resolverlo de la mejor manera posible.
El objetivo no es conseguir paz personal a cualquier precio. Tampoco es ganar la discusión o salirnos con la nuestra. La meta es resolver el problema para que no vuelva a aparecer de la misma manera y para que la experiencia produzca un comportamiento más maduro frente a los desafíos futuros.
Los familiares también pueden ayudar. La casa de los padres no debería convertirse en un refugio permanente para un adulto que abandona su hogar cada vez que discute con su cónyuge. Amar a un hijo también puede significar animarlo a asumir su responsabilidad y buscar una solución.
Una pausa no debe convertirse en abandono
Si necesitan separarse durante un momento para tranquilizarse, acuerden tres cosas: cuánto durará la pausa, dónde estará cada persona y a qué hora retomarán la conversación. Así la distancia sirve al dominio propio y no se transforma en incertidumbre o castigo.
Efesios 4:29-32 muestra la ruta hacia la reconciliación
Efesios 4 presenta un cambio completo de dirección. Primero nos llama a abandonar la conversación corrompida y a utilizar palabras que contribuyan a la edificación y lleven gracia a quienes escuchan.
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación» (Efesios 4:29).
En medio de una discusión, cada palabra debería ayudarnos a sacar adelante el problema. Si hablamos para conservar la razón, aplastar al cónyuge o cobrar una ofensa, ya perdimos de vista el objetivo.
El pasaje continúa advirtiéndonos que no debemos entristecer al Espíritu Santo. Cuando pecamos, su voz puede parecernos más distante, pero él sigue señalándonos: «No digas eso», «no actúes de esa manera», «escucha», «pide perdón» o «haz lo correcto».
Después aparece una lista de cosas abandonables: amargura, ira, enojo, gritos, calumnia y malicia. La Palabra no dice que estamos condenados a repetir para siempre las formas que aprendimos en la familia o en la cultura. En el proceso de santificación podemos dejarlas atrás.
«Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:32).
Dios propone un intercambio: abandonar la amargura para recibir bondad; dejar la malicia para actuar con compasión; renunciar a la venganza para entrar en el camino del perdón.
El perdón debe circular en dos direcciones
Efesios 4:32 habla de perdonarnos mutuamente. Esto significa que el perdón tiene doble vía: necesitamos estar dispuestos tanto a darlo como a recibirlo.
Puede ser que el cónyuge haya comenzado el conflicto con una falta. Sin embargo, la manera en que reaccionamos también puede convertirse en pecado. Una conducta equivocada del otro no nos da permiso para responder con gritos, desprecio, venganza o abandono.
A veces una falta pequeña recibe una respuesta mucho más destructiva. Entonces ambos necesitan reconocer algo. Uno debe pedir perdón por el hecho inicial y el otro por la manera pecaminosa en que respondió. La frase «él empezó» no elimina nuestra responsabilidad delante de Dios.
No debemos pagar mal con mal. La respuesta amable puede detener el crecimiento de la ira, mientras la venganza convierte la conversación en una competencia de pecados.
Una reconciliación de doble vía
«Lo que hiciste me causó dolor y necesitamos hablarlo. También reconozco que mi reacción fue incorrecta. Te pido perdón por mis gritos y estoy dispuesto a escuchar tu petición de perdón».
Cómo abandonar las rutas de evacuación
- No minimices el dolor de la persona agraviada.
- Pide perdón sin condiciones ni frases que trasladen la culpa.
- Habla de los hechos comprobados y renuncia a conjeturar intenciones.
- No condenes al cónyuge por algo que todavía no ha hecho.
- Expresa con claridad qué te dolió o te frustró.
- No utilices el silencio y la indiferencia como herramientas de castigo.
- Si necesitas una pausa, acuerda cuándo retomarán la conversación.
- No conviertas a familiares, amigos, viajes o diversiones en escondites.
- Utiliza palabras que contribuyan a resolver y edificar.
- Asume responsabilidad por tu reacción, aunque la otra persona haya comenzado.
- Abandona la amargura, la ira, los gritos, la calumnia y la malicia.
- Practica la bondad, la compasión y el perdón mutuo.
Preguntas frecuentes
¿Alejarse durante una discusión siempre está mal?
No. Puede ser prudente hacer una pausa para recuperar el dominio propio. La diferencia está en comunicarlo, fijar un tiempo y regresar a la conversación. Desaparecer para castigar o evitar indefinidamente el problema es una ruta de evacuación.
¿Guardar silencio no es mejor que gritar?
Callar mientras nos tranquilizamos puede ser sabio. Guardar silencio durante días para producir ansiedad, controlar o castigar al cónyuge también daña la relación.
¿Por qué no debo decir «yo sé lo que vas a hacer» si ya ocurrió antes?
Podemos hablar honestamente de un patrón anterior, pero no debemos presentar una suposición futura como un hecho consumado. La conversación debe concentrarse en lo que ocurrió y en los cambios concretos que necesitamos observar.
¿Debo pedir perdón si la otra persona comenzó el conflicto?
Sí, cuando tu reacción también fue incorrecta. La falta ajena no justifica tus gritos, insultos, desprecio o venganza. Cada persona responde delante de Dios por su propia conducta.
Oración para dejar de huir del conflicto
Señor, examina las intenciones de mi corazón y muéstrame las rutas que utilizo para escapar de las conversaciones necesarias.
Perdóname por las veces en que he supuesto, prejuzgado o castigado con mi silencio. Ayúdame a hablar con claridad, escuchar con humildad y asumir responsabilidad por la manera en que reacciono.
Espíritu Santo, enséñame a abandonar la amargura, la ira, los gritos, la calumnia y toda malicia. Pon en mí bondad, compasión y disposición para perdonar y recibir perdón.
Que mis palabras ayuden a edificar y que cada conflicto se convierta en una oportunidad para madurar, reparar la confianza y acercarnos nuevamente. Amén.
La reconciliación no comienza huyendo. Comienza cuando dejamos de adivinar, abrimos el corazón, renunciamos al castigo de la indiferencia y nos sentamos a resolver lo que ocurrió.
Cierra las rutas de evacuación que alimentan tu vieja manera de reaccionar. Permanece disponible para escuchar, reconocer, reparar y perdonar. El conflicto no necesita otro escondite; necesita un camino de regreso a la confianza.
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Devocional de José Ordóñez