¿Alguna vez usted ha mirado la vida de otra persona y ha pensado: «Señor, yo trato de hacer las cosas bien, y a este que hace tantos torcidos parece irle mejor»?
Usted trabaja, procura actuar con honestidad, cuida a su familia y se esfuerza por obedecer a Dios. Pero llega fin de mes y apenas alcanza. Mientras tanto, ve a alguien que engaña, maltrata o hace negocios deshonestos, y ahí está: estrenando carro, viajando, comprando lo que quiere.
Entonces aparece una pregunta que a veces nos da vergüenza decir en voz alta: «¿De qué me sirve hacer lo correcto?».
Puede preguntárselo un padre preocupado por los gastos. Puede preguntárselo una mujer que está cansada de ver cómo otros avanzan mientras ella lucha. Puede llegar un hijo y decir: «Mamá, ¿por qué a esa persona le va tan bien si hace las cosas mal?».
Hoy vamos a hablar de eso. Sin fingir que los cristianos nunca sentimos frustración, sin ponerle perfume a lo que necesitamos reconocer delante de Dios.
Y vamos a poner la palabra «prosperan» entre comillas. Porque antes de concluir que alguien tiene una vida admirable, necesitamos preguntarnos qué estamos llamando prosperidad.
¿Qué estamos llamando prosperidad?
Si para nosotros prosperar significa únicamente tener más dinero, cualquiera que acumule bienes nos parecerá un modelo de éxito. Incluso alguien cuya manera de conseguirlos contradice todo lo que creemos.
Ahí empieza el conflicto. Sabemos que esa persona hace lo malo, pero deseamos los resultados que vemos. Y poco a poco podemos llegar a pensar que la honestidad nos está estorbando.
«¿Será que yo también necesito hacer un torcido? ¿Será que el problema es que soy demasiado juicioso?». Cuidado. Cuando la comparación nos lleva a considerar la desobediencia como un camino deseable, ya está haciendo daño dentro de nosotros.
Los bienes de una persona son reales: tiene esa casa, hizo ese viaje, compró ese carro. Pero esas cosas no cuentan toda su historia ni prueban que Dios apruebe su conducta.
Tampoco podemos llamar malo a alguien solamente porque tiene más que nosotros. Este mensaje se refiere a la tentación de envidiar a quien actúa con maldad; el saldo bancario no determina por sí solo el carácter de nadie.
En el devocional recordaba una conversación cotidiana con mi esposa. Cuando me dice que pagamos y quedamos en cero, yo respondo: «Bendito Dios que pagamos todo y estamos en cero». Tal vez no sobró, pero hubo provisión para cumplir.
Eso también merece gratitud. Si solamente reconocemos la bendición cuando sobra mucho, podemos pasar por alto el cuidado que hemos recibido hoy.
Hay temporadas en las que uno va, como decía mi abuela, «colando y tomando». Con lo justo. Y hay temporadas de mayor abundancia. En ambas necesitamos aprender a vivir delante de Dios sin convertir las posesiones ajenas en la medida de su amor por nosotros.
El lugar que les damos a las cosas
Las cosas tienen una utilidad y, a veces, un valor afectivo precioso. Yo conservo una mesita de madera que me acompaña desde niño. En esa misma mesita nos sentábamos Yasmin y yo, recién casados, a comer arroz con lentejas.
Cuando podíamos ponerle un huevo al plato, ¡había celebración! Ese huevito era una alegría.
Quiero mucho esa mesa por lo que me recuerda: nuestra historia, los comienzos, la vida compartida. El problema aparece cuando el apego a las pertenencias se vuelve desmedido y empieza a gobernarnos.
Usted tiene algo que funciona y lo disfruta. Pero sale un modelo nuevo y, de repente, lo que ayer le servía hoy le parece insuficiente. La comparación le quitó el gusto por algo que no había dejado de cumplir su propósito.
Pasa con los carros, con los celulares, con la ropa. En el mensaje les mostraba mis aparatos usados, con sus marcas y sus rayones. Hay personas que necesitan un buen equipo para trabajar, y eso se entiende. La pregunta es qué estamos buscando cuando queremos cambiarlo: una herramienta necesaria o la sensación de valer más por tener lo último.
También retomamos algo del devocional anterior: una marca no define nuestro valor. Si necesito exhibirla para sentir que soy alguien, debo revisar lo que le entregué a esa etiqueta.
Disfrute lo que tiene, cuídelo, úselo para el bien. Y examine si su corazón puede seguir agradecido cuando otra persona aparece con algo más costoso.
Una posesión ajena no debería tener el poder de volver despreciable lo que ayer usted agradecía.
David nos invita a mirar el final del camino
Para estudiar este tema hay dos salmos fáciles de recordar juntos: el 37 y el 73. Cambiamos el orden de los números y encontramos dos textos que nos ayudan a enfrentar esta inquietud.
En el Salmo 37, atribuido a David, encontramos una advertencia sobre lo pasajero del poder del malvado.
Salmo 37:10 — Nueva Versión Internacional
«Dentro de poco los malvados dejarán de existir; por más que los busques, no los encontrarás».
Un poco más adelante, David describe lo que ha visto:
Salmo 37:35-36 — Reina-Valera 1909
«Vi yo al impío sumamente ensalzado,
Y que se extendía como un laurel verde.
Empero pasóse, y he aquí no parece;
Y busquélo, y no fué hallado».
Había poder, había expansión, había una apariencia de solidez. Sin embargo, eso no era permanente.
Yo suelo resumir esta enseñanza con una frase: «Busca al malo al final del camino». Es una manera de recordarnos que no debemos evaluar una vida solamente por la fotografía de su momento de mayor abundancia.
El salmo nos llama a confiar en la justicia de Dios. No nos entrega un calendario para anunciar cuándo perderá sus bienes una persona ni nos invita a disfrutar su desgracia. Nos enseña que el mal no tiene la última palabra y que su éxito presente no es una razón para imitarlo.
Usted ve los resultados de hoy. Dios ve la historia completa.
Por eso, cuando la deshonestidad parece un atajo conveniente, necesitamos levantar la mirada. Una ganancia obtenida haciendo daño no se convierte en algo bueno porque alcance para comprar cosas bonitas.
La pregunta también debe dirigirse a nuestro corazón: «Señor, ¿por qué estoy deseando tanto aquello que podría apartarme de ti? ¿Por qué estoy usando la vida de esa persona como modelo para la mía?».
Asaf también sintió envidia
Ahora pasemos al Salmo 73. Asaf tiene una honestidad que nos ayuda mucho: reconoce que estuvo a punto de resbalar y dice qué estaba pasando dentro de él.
Salmo 73:2-3 — Reina-Valera 1909
«Mas yo, casi se deslizaron mis pies;
Por poco resbalaron mis pasos.
Porque tuve envidia de los insensatos,
Viendo la prosperidad de los impíos».
Ahí está. Tuvo envidia. Miró lo que poseían los malvados y comenzó a sentir que su propia vida estaba en desventaja.
Nos puede pasar en una reunión familiar. Llega un hermano con su esposa y sus hijos, y empezamos a mirar el carro, la ropa, los zapatos, el celular. Hasta ahí hemos visto cosas. Pero después viene la conversación que revela lo que se movió por dentro.
«¿Vio cómo le va de bien? ¿Por qué nosotros no podemos? ¿Por qué usted no produce lo mismo?».
Y lo que comenzó mirando unas pertenencias termina convertido en una carga sobre el matrimonio, en desprecio por lo propio o en resentimiento contra Dios.
Asaf fue todavía más lejos. Llegó a cuestionar el sentido de haber cuidado su conducta.
Salmo 73:13-14 — Reina-Valera 1909
«Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón,
Y lavado mis manos en inocencia;
Pues he sido azotado todo el día,
Y empezaba mi castigo por las mañanas».
En palabras de nuestra vida cotidiana: «¿Para qué me he cuidado tanto? ¿Para qué he procurado obedecer? ¿Para qué hacer lo correcto si sigo pasando dificultades?».
Tal vez usted nunca lo ha dicho en una reunión de la iglesia. Pero un día, en la intimidad de su casa, lo pensó. O se lo dijo a su cónyuge después de una jornada difícil.
Asaf nos permite reconocer esa lucha. El salmo conserva su pregunta, pero también nos lleva a ver cómo cambia su mirada. Necesitamos acompañarlo hasta el final.
Dios conoce nuestra frustración
No quiero presentarles una vida cristiana en la que nadie se cansa, nadie pregunta y nadie siente el peso de lo que está viviendo. Somos humanos, vestidos de piel.
Dios sabe que hay cuentas pendientes. Sabe que usted se levantó preocupado. Conoce esa carga que todavía no ha sabido explicar, ese temor que le da vueltas en la cabeza y esa frustración que intenta esconder.
Podemos llevarle todo eso con honestidad. Reconocer una tentación permite buscar ayuda; alimentarla y justificarla nos lleva por otro camino.
Asaf no necesitaba fingir que estaba bien. Necesitaba permitir que Dios corrigiera la manera como estaba interpretando su vida.
En el devocional recordamos que contamos con la ayuda del Espíritu Santo:
Gálatas 5:22-23 — Reina-Valera 1909
«Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, Mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley».
Necesitamos esa obra del Espíritu precisamente en medio de nuestras luchas. Necesitamos paciencia cuando estamos impacientes, paz cuando nos sentimos agitados, dominio propio cuando queremos reaccionar mal.
Podemos orar de una manera muy sencilla: «Señor, estoy sintiendo envidia. Estoy comparando a mi familia. Estoy pensando que mi obediencia no ha servido. Ayúdame a mirar esto contigo».
No esconda la herida detrás de una frase religiosa. Preséntela delante de Dios y dispóngase a escuchar su respuesta.
El cambio ocurrió en el santuario
Asaf estaba tratando de entender una realidad que lo sobrepasaba. Miraba, comparaba, sacaba conclusiones y terminaba más cargado. Hasta que llevó su inquietud a la presencia de Dios.
Salmo 73:16-17 — Reina-Valera 1909
«Pensaré pues para saber esto:
Es á mis ojos duro trabajo,
Hasta que venido al santuario de Dios,
Entenderé la postrimería de ellos».
La postrimería es el final, el desenlace. Asaf comienza a comprender aquello que no estaba viendo mientras permanecía concentrado en la prosperidad de los demás.
El giro del salmo sucede en su comprensión. Su esperanza se afirma al mirar la vida desde Dios, más allá de las ventajas materiales de un momento.
También nosotros necesitamos ese cambio de perspectiva. Si cada día alimentamos el corazón solamente con lo que los demás compran, muestran y consiguen, terminaremos evaluándolo todo con esa medida.
La presencia de Dios nos recuerda que vamos de paso. Las posesiones son temporales y nuestra vida tiene una dimensión eterna. La integridad no es un desperdicio porque otra persona consiga más dinero actuando mal.
Durante el mensaje volví una y otra vez a la cruz de Cristo. Allí recordamos cuánto nos ha amado el Señor y dónde descansa nuestra esperanza. Una camisa más o un viaje menos no pueden convertirse en la prueba definitiva de ese amor.
Y entonces podemos volver a reconocer lo que la comparación estaba ocultando: el cariño de nuestra familia, una conversación sincera, el abrazo de un hijo, la alegría de besar los cachetes de un nieto.
Una tortica sencilla y las personas que nos aman alrededor pueden llenar de gratitud un cumpleaños. No necesitamos despreciar ese momento porque vimos una celebración más costosa en otro lugar.
Esto no borra las necesidades ni significa que el dolor sea imaginario. Nos permite atravesar lo que vivimos sin concluir que toda nuestra vida vale menos porque tenemos menos.
La comparación también entra en la familia
El problema de Asaf no se explica solamente por lo que otros poseían. La comparación estaba afectando su relación con Dios. Y esa misma comparación puede entrar en nuestras conversaciones familiares.
«Mi hermana tiene una nevera mejor». «Mi hermano cambió de carro». «Los hijos de ellos estudian allá». «Nosotros también tenemos que mostrar que podemos».
Una compra necesaria puede terminar convertida en una competencia. Ya no queremos algo por el servicio que va a prestar, sino porque necesitamos superar a alguien.
Hasta podemos usar a los hijos para competir: que los míos sean mejores, que tengan más, que la familia vea. Qué carga tan innecesaria les ponemos cuando convertimos su vida en una demostración de nuestro valor.
Y al cónyuge le podemos hacer daño con comentarios que parecen pequeños. Compararlo con lo que produce otra persona, hablar con desprecio de lo que ha conseguido o recibirlo con una lista de lo que otros sí pueden comprar termina hiriendo la relación.
Hablemos de nuestras necesidades y de lo que podemos mejorar. Hagamos planes. Pero cuidemos la manera de hacerlo, sin humillar ni poner como condición para el respeto alcanzar el nivel económico de otra familia.
En el devocional bromeaba con los muebles: los de la hermana son Luis XV, y los de uno son «Jairo cero», porque Jairo se llama el esposo. Bueno, pero ahí también se puede sentar la familia.
Si hay una poltrona fina, disfrútela con gratitud. Si hay un taburete de cuero, también puede sentarse allí a conversar, a compartir, a reír. Volver de una visita no debería convertirse en el momento de despreciar toda nuestra casa.
¿Y las redes sociales? Ahí tenemos otra puerta para la comparación. Abrimos el celular y aparecen viajes, restaurantes, compras y lugares espectaculares.
Alguien estuvo en Indonesia y a usted le tocó ir a Girón a comerse una paleta. ¿Cuál es el problema? Disfrute la paleta, el paseo y la compañía. No deje que una fotografía ajena le quite el gusto por la tarde que está viviendo.
Las fotos muestran momentos. Nosotros podemos convertirlas en una exigencia: «Para estar bien, mi vida tendría que verse así». Entonces dejamos de habitar nuestra propia historia por estar pendientes de la vitrina de los demás.
Usted no tiene que demostrarle a todo el mundo que alcanzó determinado nivel. Tampoco necesita que los demás tengan menos para poder estar agradecido.
Disfrute la vida que Dios le ha dado sin ponerla todos los días a competir con la vida que otros muestran.
La riqueza de estar cerca de Dios
Asaf termina expresando algo muy distinto a lo que había dicho en medio de su frustración. Ahora reconoce a quién tiene y dónde está su verdadero bien.
Salmo 73:25-26 — Reina-Valera 1909
«¿A quién tengo yo en los cielos?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón desfallecen:
Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre».
Reconoce su fragilidad: su carne y su corazón pueden desfallecer. Al mismo tiempo, reconoce que Dios permanece.
Eso es muy distinto de decir: «Estaré bien solamente cuando tenga lo que tiene mi vecino». Asaf vuelve a encontrar su seguridad en el Señor.
Y cierra con esta declaración:
Salmo 73:28 — Reina-Valera 1909
«Y en cuanto á mí, el acercarme á Dios es el bien:
He puesto en el Señor Jehová mi esperanza,
Para contar todas tus obras».
Acercarme a Dios es el bien. Ahí está el corazón de la respuesta.
No sabemos si en nuestra vida habrá grandes riquezas. En el cierre del devocional lo dije con claridad: hay personas que terminan su vida sin haber tenido abundancia material. No sería honesto prometer que, si dejamos de sentir envidia, necesariamente nos vamos a enriquecer.
La invitación es aprender a vivir con el Señor en las circunstancias que nos correspondan, trabajar con honestidad y recibir con gratitud lo que tengamos, sin entregarle toda nuestra paz al saldo de una cuenta.
Podemos desear mejorar y atender necesidades reales. El contentamiento nos ayuda a hacerlo sin convertir lo que nos falta en una razón para despreciar a Dios, a nuestra familia o nuestra propia vida.
Si tiene recursos, agradezca y recuerde que son pasajeros. Si hoy atraviesa estrechez, lleve su necesidad al Señor y no confunda esa temporada con una prueba de que él lo ama menos.
La enseñanza de estos salmos nos sostiene frente a la injusticia sin explicarnos cada caso particular de éxito económico. Nos recuerda que la prosperidad del malvado es temporal, que Dios juzga con justicia y que estar cerca de él es un bien que ninguna riqueza puede reemplazar.
Una tarea para hoy
La tarea que dejé en el devocional fue sencilla: lea completos el Salmo 37 y el Salmo 73. Tómese el tiempo de seguir sus pensamientos, sus preguntas y sus respuestas.
Para llevar esta reflexión a la vida cotidiana, puede comenzar por estos pasos:
- Reconozca la comparación que lo está desgastando. Póngale nombre delante de Dios: una persona, una compra, un viaje o una situación que le despierta resentimiento.
- Revise qué conclusión está sacando. ¿Está pensando que Dios ama más a otro? ¿Que la honestidad no sirve? ¿Que necesita aparentar para que lo respeten?
- Cuide sus conversaciones familiares. Si ha usado a otra persona como medida para humillar a su cónyuge o presionar a sus hijos, reconózcalo y pida perdón.
- Examine el motivo de su próxima compra. Pregúntese si responde a una necesidad o si busca ganar una competencia que nadie le pidió correr.
- Deténgase a agradecer. Recuerde una provisión, una relación, una ayuda recibida o una alegría sencilla que la comparación le estaba impidiendo apreciar.
- Lleve su inquietud a la presencia de Dios. Lea, ore y permita que su Palabra corrija la medida con la que está evaluando su vida.
Si hoy se descubrió en modo Asaf, no se quede en el comienzo del salmo. Acompáñelo hasta esa declaración final: acercarme a Dios es el bien.
Puede reconocer la injusticia sin imitarla. Puede trabajar por un futuro mejor sin vivir en competencia. Y puede agradecer lo que Dios le ha confiado, aunque todavía haya necesidades por atender.
Que el dinero de otro no le haga olvidar al Dios que lo sostiene.
Oración para vencer la envidia y la comparación
Padre bendito, tú conoces nuestra humanidad. Sabes las veces que hemos mirado lo que otros tienen y hemos dejado de agradecer por nuestra propia vida.
Perdónanos por la envidia, por las comparaciones que han herido a nuestra familia y por las veces que hemos pensado que obedecerte no vale la pena. Ayúdanos a llevar nuestra frustración delante de ti con honestidad.
Espíritu Santo, produce en nosotros paz, paciencia, amor y dominio propio. Enséñanos a reconocer lo que está ocupando un lugar equivocado en nuestro corazón y a dejar de alimentar aquello que nos amarga.
Que podamos disfrutar lo sencillo, agradecer lo recibido y actuar con integridad cuando veamos que otros ganan haciendo lo malo. Sostén a quienes hoy atraviesan necesidad y danos un corazón dispuesto a compartir.
Señor, que nuestra esperanza esté en ti. Recuérdanos el amor que nos has mostrado en Cristo. Ayúdanos a decir, como Asaf, que acercarnos a ti es nuestro bien. En el nombre de Jesús. Amén.
Salmo 37:10 en Nueva Versión Internacional, leído en el audio. Los demás pasajes se presentan completos en Reina-Valera 1909, de dominio público. La oración y los pasos de aplicación son una adaptación editorial del devocional.
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