Malas formas de comunicación

No basta con tener una buena intención. Si no aprendemos a escuchar y a filtrar nuestras palabras, una mala forma de comunicarnos puede herir profundamente a las personas que más amamos. Aprenderemos como evitar las malas formas de comunicación en el presente artículo de José Ordóñez.

Hay personas buenas, serviciales y llenas de cualidades que se esfuerzan durante toda una semana por cuidar a su familia. Sin embargo, cuando llega un conflicto, pueden echar a perder mucho de lo construido con una sola frase pronunciada sin pensar.

El problema no siempre está en lo que queremos comunicar, sino en la forma y en el momento en que lo hacemos. Podemos tener una observación válida y, aun así, expresarla con un tono, unas palabras o una actitud que cierren el corazón de quien nos escucha.

En el hogar seguiremos teniendo diferencias. Por eso necesitamos aprender no solamente qué decir, sino también cómo escuchar, cuándo hablar y qué palabras conviene dejar pasar primero por la mente, la oración y la dirección del Espíritu Santo.

Hay cosas que se piensan y no se dicen.

Entra en el modo de Santiago 1:19

Santiago 1:19 presenta un orden muy sabio para la comunicación: debemos estar listos para escuchar, ser lentos para hablar y lentos para enojarnos. El problema es que muchas veces invertimos ese orden. Llegamos listos para hablar, rápidos para airarnos y muy poco dispuestos a oír.

«Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19).

Si varias personas de nuestra familia nos dicen repetidamente «usted no escucha», «no sabe decir las cosas» o «con usted no se puede hablar», conviene detenernos. Tal vez no existe una conspiración de todos contra nosotros. Es posible que el Señor esté utilizando esas voces para mostrarnos algo que necesitamos corregir.

Ser lentos para airarnos no significa que nunca sentiremos enojo o frustración. Los conflictos seguirán apareciendo. Significa que debemos aprender a conducir esas emociones de una manera que no destruya la conversación ni lastime a la persona que tenemos enfrente.

Primera mala forma: hablar sin haber escuchado

Una buena comunicación se establece más por la capacidad de escuchar que por la cantidad de palabras que pronunciamos. Escuchar no es permanecer en silencio mientras preparamos la respuesta que lanzaremos apenas la otra persona termine.

Cuando escuchamos de verdad, entramos a la conversación aceptando una posibilidad incómoda: quizá estamos equivocados. Intentamos comprender qué siente el cónyuge, qué está tratando de expresar un hijo o qué necesidad hay detrás de las palabras de nuestros padres.

Malas formas de comunicaciónSilencio no siempre significa escucha

Podemos mirar atentamente y no oír nada porque, por dentro, estamos organizando la defensa, recordando errores pasados o preparando el próximo ataque.

Escuchar de verdad pregunta: «¿Qué me está queriendo decir? ¿Qué parte de esto no había visto? ¿Existe algo que debo reconocer o cambiar?».

Dentro del matrimonio, escuchar puede ser uno de los regalos más valiosos. A veces creemos que amar consiste solamente en proveer cosas, resolver problemas o dar consejos. Sin embargo, el cónyuge puede estar necesitando algo más sencillo y profundo: que dejemos de hacer otras cosas y prestemos atención.

Lo mismo ocurre con nuestros padres y abuelos. Tal vez repitan historias que ya conocemos, pero quizá lo importante no sea la novedad del relato, sino la oportunidad de hacerlos sentir acompañados. El mundo tiene demasiadas personas deseosas de hablar y muy pocas dispuestas a escuchar.

Segunda mala forma: decir todo lo que pasa por la mente

No toda idea merece convertirse en una frase. Antes de hablar, debemos pensar, orar y permitir que el Espíritu Santo examine nuestras palabras. Gálatas 5:22-23 incluye el dominio propio dentro del fruto del Espíritu. Esa obra también se demuestra cuando podemos detener una palabra que iba a causar daño.

En medio de una discusión, el Espíritu Santo puede advertirnos: «No digas eso», «no menciones aquella herida», «baja el tono» o «todavía no es el momento». El dominio propio consiste en obedecer esa advertencia aun cuando tengamos la frase perfecta para ganar la discusión.

Antes de hablar, pasa tus palabras por este filtro

  • ¿Lo que voy a decir es verdad o es una exageración nacida del enojo?
  • ¿Es necesario decirlo en este momento?
  • ¿Estoy intentando corregir o solamente herir?
  • ¿El tono con el que voy a decirlo permitirá que la otra persona escuche?
  • ¿Estas palabras ayudan a resolver el problema o abren uno nuevo?
  • ¿El Espíritu Santo me está pidiendo que calle, espere o cambie la manera de expresarlo?

Una persona puede realizar muchas obras buenas y luego borrar el efecto de ellas con una frase imprudente. Por eso pensar antes de hablar no es cobardía ni falta de carácter. Es sabiduría y dominio propio.

No disfraces la grosería de sinceridad

Algunas personas dicen con orgullo: «Yo soy muy sincera», «digo las cosas como son» o «a mí nadie me hace quedar callado». Parecen presentar la falta de filtro como si fuera una virtud.

La sinceridad no nos autoriza a ser groseros. Una verdad comunicada sin amor, sin respeto y sin prudencia puede convertirse en un arma. Ser directo no significa hablar de cualquier manera ni utilizar la honestidad como excusa para descargar todo el enojo.

Cuando una persona mantiene este patrón, su familia comienza a esconderle información. Se convierte en la última persona a quien le cuentan un problema. Antes de hablarle, los demás se preguntan: «¿Cómo se lo vamos a decir?» o «¿quién se atreve a contarle?».

El propósito debería ser exactamente el contrario: llegar a ser la primera persona a quien el cónyuge o los hijos buscan porque saben que encontrarán una palabra sabia, una escucha paciente y una respuesta que no los aplastará.

Tercera mala forma: responder desde una raíz de amargura

Hebreos 12:15 advierte que una raíz de amargura puede brotar, causar dificultades y contaminar a muchos. En una relación ocurre cuando dejamos asuntos pequeños sin resolver y permitimos que se acumulen debajo de la superficie.

Entonces aparece una situación sencilla —una pregunta, una toalla fuera de lugar o un olvido— y la respuesta parece desproporcionada. La persona recibió una frase pequeña, pero contestó como si le hubieran lanzado tres piedras. En realidad, no está respondiendo solamente a lo que acaba de ocurrir; está reaccionando a todo lo que ha guardado.

La última gota no explica todo el derrame

El detalle de hoy puede ser apenas la última gota. Si la reacción es excesiva, conviene revisar qué heridas, conversaciones pendientes o resentimientos vienen llenando el vaso desde hace tiempo.

Necesitamos mantener al día nuestras relaciones. Esto significa hablar de los asuntos mientras todavía pueden ser tratados con claridad, pedir perdón, perdonar y no convertir cada diferencia en una deuda que guardaremos para cobrarla durante la próxima discusión.

Cuarta mala forma: utilizar indirectas en lugar de peticiones claras

Las indirectas aparecen con frecuencia en la vida familiar. Un hijo deja los zapatos fuera del clóset y, en vez de recibir una instrucción clara, escucha: «¿Será que los zapatos están esperando irse solos al clóset?», seguida por una larga lista de quejas: «Aquí uno es la manteca», «nadie colabora» o «ustedes nunca hacen nada».

Al final, la persona que se quejó quizá termina guardando los zapatos mientras continúa hablando. La indirecta no educó, no estableció una consecuencia y tampoco consiguió el objetivo. Solamente añadió irritación a la relación.

Una comunicación directa y respetuosa

En lugar de: «¿Será que los zapatos van a caminar solos hasta el clóset?».

Podemos decir: «Necesito que recojas los zapatos y los pongas en el clóset. Ya hemos hablado de esto. Si debo volver a repetirlo, habrá una consecuencia».

Hablar con claridad no significa hablar con dureza. Podemos expresar la necesidad, indicar lo que esperamos y establecer una consecuencia sin humillar, dramatizar ni convertir un par de zapatos en un juicio sobre toda la vida del hijo.

Quinta mala forma: contaminar la conversación con sarcasmo

El sarcasmo puede parecer ingenioso, pero dentro de un conflicto derrama veneno sobre la comunicación. No responde al asunto; ridiculiza a la persona. Puede producir una risa momentánea, pero deja vergüenza, distancia y temor de volver a hablar.

Esto también ocurre cuando un hijo pide ayuda para comprar un libro y, antes de recibir una respuesta, debe soportar un discurso cargado de culpa: cuánto trabaja el padre, cuánto cuestan los estudios y cuántos sacrificios se hacen por él. Tal vez al final reciba el libro, pero aprende que pedir ayuda tiene un precio emocional demasiado alto.

Con el paso del tiempo, ese hijo puede dejar de contar sus necesidades. Los padres se preguntarán por qué no habla, sin reconocer que las respuestas anteriores le enseñaron a guardar silencio.

Responder a la necesidad sin herir

Si no podemos resolver algo inmediatamente, todavía podemos hablar con respeto: «Ahora no tengo cómo comprarlo, pero vamos a buscar una solución. Le pediré a Dios que nos ayude a conseguir lo que necesitas para tu formación».

La respuesta no tiene que prometer lo imposible. Solo necesita evitar la humillación y comunicar que ayudar a la familia no es una carga que utilizaremos después para cobrar afecto o silencio.

Que tus palabras contribuyan a la edificación

Efesios 4:29 nos llama a evitar la palabra corrompida y a utilizar expresiones que sirvan para la necesaria edificación y lleven gracia a quienes las escuchan. Esto no significa que jamás podamos corregir o hablar de un asunto incómodo. Significa que incluso la corrección debe tener como propósito construir.

Una conversación puede ser firme y, al mismo tiempo, respetuosa. Podemos señalar una conducta sin atacar la identidad de la persona. Podemos hablar del problema actual sin abrir el archivo completo de sus errores. Podemos expresar dolor sin buscar una frase que produzca el mismo dolor en el otro.

Si lo que vas a decir no ayuda a construir, quizá sea mejor esperar, pensarlo y decirlo de otra manera.

Cómo reemplazar las malas formas de comunicación

  • Comienza el día en el modo de Santiago 1:19: listo para oír, lento para hablar y lento para enojarte.
  • Escucha sin preparar al mismo tiempo tu defensa.
  • Entra a la conversación aceptando que podrías estar equivocado.
  • Piensa, ora y consulta al Espíritu Santo antes de pronunciar una frase que pueda herir.
  • No conviertas la falta de filtro en una supuesta demostración de sinceridad.
  • Resuelve las ofensas antes de que se transformen en una raíz de amargura.
  • Reemplaza las indirectas por instrucciones y peticiones claras.
  • Elimina el sarcasmo, la ridiculización y las frases destinadas a producir culpa.
  • Habla del comportamiento concreto sin condenar toda la identidad o la historia de la persona.
  • Utiliza palabras que ayuden a comprender, corregir, perdonar y mostrar un cambio visible.

Preguntas frecuentes

¿Escuchar significa aceptar todo lo que la otra persona dice?

No. Escuchar significa comprender antes de responder. Después podremos aclarar, discrepar o corregir, pero lo haremos con conocimiento de lo que la otra persona realmente quiso comunicar.

¿Ser directo es lo mismo que ser grosero?

No. La comunicación directa expresa con claridad una necesidad, un límite o una corrección. La grosería humilla, desprecia o utiliza la verdad como excusa para herir.

¿Por qué una persona reacciona exageradamente ante un detalle pequeño?

Puede estar respondiendo desde conflictos anteriores que nunca fueron resueltos. El detalle actual se convierte en la última gota de una acumulación de heridas y resentimientos.

¿Qué tienen de malo las indirectas si la otra persona entiende el mensaje?

Aunque el mensaje se entienda, suele llegar mezclado con burla, acusaciones o dramatización. Una petición clara permite conocer exactamente qué se espera y evita añadir una herida innecesaria.

Oración para aprender a comunicarnos

Señor, perdóname por las ocasiones en que he hablado sin escuchar, he respondido desde el enojo o he utilizado mis palabras para herir a las personas que amo.

Dame la sabiduría para entender antes de responder y el dominio propio para callar aquello que no debo decir. Ayúdame a reconocer las raíces de amargura, a resolver los asuntos pendientes y a abandonar las indirectas y el sarcasmo.

Espíritu Santo, pon en mí las palabras correctas. Que mi manera de hablar ayude a edificar, a pedir perdón, a perdonar y a mostrar los cambios que necesitas hacer en mi vida.

Hoy decido ser pronto para oír, tardo para hablar y tardo para airarme. Amén.

No permitamos que una mala forma de hablar destruya las buenas obras que hemos sembrado en nuestra familia. Escuchar es una manera de amar. Pensar antes de hablar es una manera de proteger. Expresarnos con claridad y respeto es una manera de construir confianza.

Habla bien, pero primero piensa bien. Comienza cada conversación en el modo de Santiago 1:19 y permite que el Espíritu Santo transforme no solamente lo que dices, sino también la forma en que lo comunicas.

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