¿Qué diferencia hay entre educar a un hijo con la Biblia y enseñarle simplemente a repetir versículos? La pregunta importa, porque podemos tener muchas expresiones religiosas en casa y, al mismo tiempo, comportarnos de una manera que contradice lo que decimos creer.
Un hijo puede escucharnos decir «Gloria a Dios» el domingo y vernos gritar, mentir o tratar con desprecio a la familia durante la semana. Él conoce ambas versiones. Y tarde o temprano se preguntará cuál de las dos representa realmente nuestra fe.
Por eso, cuando hablo de educar con la Biblia, estoy hablando de leerla, comprenderla y ponerla en práctica. Hablo de padres que permiten que Dios también los corrija a ellos.
La diferencia de educar con la Biblia se ve cuando sus principios llegan a la conversación, a la disciplina, a las decisiones y al trato cotidiano. No basta con tener el libro abierto en la mesa si mantenemos el corazón cerrado a lo que nos enseña.
Educar con la Biblia: un fundamento para las decisiones de la familia
Nuestros hijos encuentran muchas maneras de pensar. Primero conocen lo que vivimos en casa; después, al relacionarse con compañeros, profesores y otras familias, descubren costumbres y opiniones diferentes.
Conforme crecen, también empiezan a formular sus propias preguntas: «¿Por qué aquí hacemos esto? ¿Por qué mis amigos pueden y yo no? ¿Por qué usted considera que eso está mal?».
Los cristianos necesitamos algo más que responder según nuestro estado de ánimo o lo que esté de moda. Buscamos en la Palabra de Dios un fundamento para enseñar honestidad, respeto, dominio propio, amor y justicia.
Distinga el principio bíblico de su costumbre personal
No todo lo que se hacía en nuestra infancia era correcto. Tampoco toda preferencia de papá o mamá puede presentarse como una orden de Dios.
Necesitamos estudiar. ¿Qué enseña realmente el pasaje? ¿Cómo se relaciona con lo que estamos viviendo? ¿La regla que puse ayuda a aplicar ese principio o solamente expresa una costumbre que nunca he revisado?
Los horarios y las formas de organizar una casa pueden variar. La honestidad sigue siendo necesaria. Puede cambiar la manera de conversar con un niño de seis años y con un adolescente, pero en ambos casos debemos tratarlos con respeto.
Mateo 24:35 — Nueva Versión Internacional
«El cielo y la tierra pasarán, pero Mis Palabras jamás pasarán».
Jesús afirma la permanencia de Sus Palabras. Esa confianza nos mueve a buscar en Él dirección para nuestra vida familiar, incluso cuando las opiniones alrededor de nosotros cambian.
El colegio acompaña la formación; los padres conservamos nuestra responsabilidad
Una matrícula no sustituye la tarea de educar. Los profesores pueden aportar mucho y hay docentes que dejan enseñanzas valiosas para toda la vida. Pero nosotros no podemos delegar por completo el acompañamiento del corazón de nuestros hijos.
Una pregunta que suelo hacerles a los padres es esta: ¿quién recibe a su hijo cuando llega del colegio?
No me refiero únicamente a quién abre la puerta. Me refiero a quién tiene disposición para mirarlo, escucharlo y preguntarle cómo le fue. Quién se interesa por lo que disfrutó, por lo que le costó y por las preguntas que trae.
Haga espacio para conocer lo que está viviendo
Muchas familias cuentan con la ayuda de abuelos, familiares u otras personas que cuidan a los niños. Esa ayuda merece gratitud. Al mismo tiempo, los padres necesitamos mantener una participación cercana y buscar momentos reales de conversación.
Si por el trabajo usted no puede estar cuando llega, procure encontrarse después con él sin limitar el diálogo a las tareas y las notas. Pregúntele por sus amigos, por una conversación que le llamó la atención o por algo que no entendió.
No toda inquietud llegará en forma de una pregunta perfectamente organizada. A veces necesitamos escuchar con paciencia para comprender lo que el hijo está intentando decir.
Y cuando mencione algo que nos incomoda, evitemos reaccionar de tal manera que aprenda a callarse. Queremos que tenga confianza para volver a conversar con nosotros.
Los hijos también aprenden de la manera en que vivimos
La casa tiene una forma de hablar, de resolver diferencias, de compartir la mesa y de enfrentar los problemas. Todo eso enseña.
Si después de discutir con nuestro cónyuge descargamos la frustración sobre el niño, le estamos mostrando una forma de tratar a quien tiene menos poder. Él no causó la discusión, pero termina recibiendo sus consecuencias.
Necesitamos detenernos y reconocerlo. La autoridad no nos da permiso para hacer del hijo el lugar donde descargamos la rabia.
La incoherencia también comunica
Durante los años en que acompañé a jóvenes como pastor, escuché muchachos que sufrían por la distancia entre la conducta religiosa de sus padres y la vida privada de su familia.
Conocían las palabras que sus padres usaban en la iglesia. También conocían los engaños, los insultos o el trato injusto que aparecía en casa. Esa contradicción no era invisible para ellos.
No estoy diciendo que debamos fingir perfección. Nuestros hijos necesitan ver a personas que se toman en serio lo que creen, que reconocen el pecado y que buscan cambiar.
Si yo le enseño que mentir está mal, debo ser honesto. Si le hablo de perdón, debo estar dispuesto a pedirlo. Si le exijo respeto, necesito cuidar mis palabras cuando me enojo.
Educar con la Biblia comienza por dejar que la Escritura examine al padre y a la madre, además del hijo.
La Biblia es útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia
2 Timoteo 3:16-17 — Nueva Versión Internacional
«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra».
Este pasaje nos da un fundamento muy importante. La Escritura tiene utilidad para la vida. Nos enseña, confronta lo que está mal y nos orienta para actuar de otra manera.
Pensemos en esas cuatro funciones y en cómo pueden expresarse al educar a nuestros hijos.
Enseñar: mostrar el camino antes de exigir que lo recorran
No espere a que aparezca una falta para explicar todo. Hable de la verdad, del respeto y de la responsabilidad en los momentos cotidianos.
Si queremos que un hijo cuide lo que utiliza, debemos explicarle cómo hacerlo. Si esperamos que trate con respeto a sus hermanos, necesitamos mostrarle qué significa eso cuando están en desacuerdo.
La enseñanza requiere tiempo y repetición. No podemos dar por hecho que el niño comprendió algo solamente porque lo dijimos una vez.
Reprender: reconocer lo que está mal a la luz de la Palabra
La Escritura nos ayuda a examinar nuestras acciones e intenciones. Puede mostrar que detrás de una respuesta hay orgullo, detrás de una excusa hay engaño o detrás de una discusión hay egoísmo.
Pero ese examen también nos alcanza. ¿Estoy corrigiendo una conducta o intentando descargar mi enojo? ¿Estoy pidiendo honestidad mientras escondo mi propio error?
Usar la Biblia solamente para señalar al hijo y nunca para revisar nuestra vida es dejar incompleta la aplicación.
Corregir: ayudar a cambiar de dirección
Después de señalar el error necesitamos explicar qué debe hacerse de otra manera. Si el hijo mintió, acompañémoslo a decir la verdad. Si hizo daño, ayudémoslo a reconocerlo y a reparar lo que sea posible.
La corrección busca formar. No se agota en expresar lo molestos que estamos ni en repetir una acusación.
Yo también cometí errores mientras criaba a mis hijos. Hubo ocasiones en que fui demasiado severo y otras en que no actué con la firmeza que hacía falta. Reconocerlo me recuerda cuánto necesitaba que Dios guiara mi manera de corregir.
Instruir en justicia: aprender a tratar a cada uno de manera justa
Qué bueno que un hijo pueda recordar: «Mi papá fue un hombre justo. Mi mamá procuró tratarnos con justicia».
Eso incluye escuchar antes de decidir, no culpar a quien no hizo el daño y no aplicar una norma según nuestro humor del día.
La justicia necesita atención. Exige mirar lo ocurrido, considerar a la persona y preguntarnos qué respuesta ayuda realmente a formar.
Un hijo que pregunta necesita una explicación
Deuteronomio 6:20 contempla que un hijo pregunte por el significado de los mandatos recibidos. El texto abre paso a una respuesta que explica lo que Dios hizo y el sentido de obedecerlo.
Esa escena nos ayuda a recordar algo: preguntar no es automáticamente faltar al respeto.
Podemos enseñar al hijo a cuidar su tono y, al mismo tiempo, escuchar su inquietud. «¿Por qué tengo ese horario?» puede ser el comienzo de una conversación sobre cuidado, compromisos y responsabilidad.
«Porque soy su papá y punto» no explica el propósito de la norma
Hay momentos en que necesitamos dar una indicación inmediata. Pero no podemos hacer de la ausencia de explicaciones nuestro modelo permanente de crianza.
Si el hijo nunca comprende el sentido de lo que le pedimos, estamos perdiendo oportunidades para formar criterio. Necesita aprender a reconocer por qué una decisión es buena, además de saber que nosotros la exigimos.
Podemos decirle: «Esta es la norma, esta es la razón y esto es lo que buscamos cuidar». Después conviene preguntarle qué entendió y escuchar su respuesta.
Las reglas deben ser claras y adecuadas a la etapa del hijo
En una casa puede haber acuerdos sobre los horarios, el uso de pantallas o la manera de compartir la mesa. Esas decisiones necesitan explicarse con claridad y revisarse conforme los hijos crecen.
Por ejemplo, si acordamos dejar los dispositivos a un lado durante una comida para conversar, conviene que los adultos también cumplamos. Así el propósito se ve en la práctica.
Una regla doméstica es una forma de organizar la convivencia. No debemos presentarla como si su redacción exacta apareciera en la Biblia. Lo que hacemos es buscar una aplicación responsable de principios como el respeto, el cuidado y la consideración.
También aparecerán preguntas sobre contenidos, amistades y costumbres que no están nombrados directamente en las Escrituras. En lugar de inventar un versículo para cada situación, estudiemos los principios que nos ayudan a discernir.
Educar con justicia exige revisar los favoritismos
Hay personas que crecieron sintiendo que en casa había un hijo al que todo se le perdonaba y otro sobre el que siempre recaía la culpa. Ese recuerdo merece que revisemos cómo estamos tratando a nuestros propios hijos.
No podemos decidir que uno tiene razón siempre porque es el más tranquilo o que otro es culpable porque suele meterse en problemas. Cada situación necesita ser escuchada.
Atender una necesidad distinta no significa querer más a un hijo
Un hijo enfermo puede necesitar más atención durante un tiempo. Otro puede estar atravesando una dificultad que exige más conversación. Responder a esas necesidades no tiene que convertirse en una jerarquía de afectos.
Procuremos que todos sepan que son amados y escuchados. Que la atención particular que uno recibe no signifique desprecio hacia los demás.
Y si alguna vez fuimos injustos, podemos reconocerlo: «Te culpé sin escuchar. Me equivoqué». Ese acto de humildad también enseña justicia.
La autoridad de los padres no se compra con la comida
Muchos escuchamos frases como esta: «El día que usted dé para comer en esta casa, ese día opina».
Parece una manera de afirmar autoridad, pero termina relacionando la dignidad de la persona con el dinero que aporta. ¿Qué estamos enseñando si solamente merece ser escuchado quien paga las cuentas?
Los padres tenemos una responsabilidad de orientación y cuidado. No necesitamos humillar al hijo por depender de nosotros.
Ese principio también importa cuando envejecemos. Una persona no pierde su valor ni merece desprecio porque ya no puede trabajar. El respeto familiar no debería funcionar como un intercambio de dinero por derecho a ser escuchado.
Con los años, acompañamos desde otro lugar
Cuando los hijos crecen y forman su vida, cambia nuestra manera de participar. Ya no ejercemos la misma autoridad directa que cuando eran pequeños; podemos seguir ofreciendo experiencia, consejo y cercanía.
Como abuelos también tenemos algo que aportar. Podemos escuchar, compartir lo aprendido y reconocer errores, respetando la responsabilidad de los padres en la crianza de sus propios hijos.
Que nuestra palabra sea valiosa por la sabiduría y el amor con que hablamos, no por una amenaza repetida durante toda la vida.
La adolescencia es una oportunidad de formación
A veces alguien dice que tiene un hijo de catorce años y recibe enseguida la respuesta: «¡Eso sí es un problema!».
Yo prefiero verlo como un reto hermoso que, como padre, no quisiera perderme. Habrá conversaciones difíciles, diferencias y momentos en que necesitamos mucha paciencia. Pero también hay una oportunidad de acompañar una transición importante.
Al mirar la crianza de mis hijos, agradezco haber participado. No lo hice todo bien. Hubo errores que reconocer y cosas que podía haber hecho mejor. Pero valoro haber estado presente en esa tarea.
Si usted está comenzando, aprenda y pregunte. Si ya tiene adolescentes, siga buscando maneras de conversar. Y si sus hijos son adultos, todavía puede pedir perdón por algo pendiente y ofrecer un ejemplo distinto desde hoy.
Cómo empezar a aplicar la Biblia en la educación de los hijos
La lectura tiene que llegar a la práctica. Podemos comenzar con una situación concreta de la casa y preguntarnos cómo nos orienta la Escritura.
- Lea y comprenda antes de aplicar. Considere el contexto del pasaje y evite usar una frase aislada para justificar su reacción.
- Revise primero su conducta. Pregúntese qué necesita cambiar usted en el tono, la honestidad o el trato.
- Converse con su hijo. Escuche lo que ocurrió y lo que entendió, sin apresurarse a dictar una sentencia.
- Explique el principio. Muestre por qué la verdad, la justicia o el respeto importan en esa situación.
- Acuerde un paso concreto. Puede ser decir la verdad, pedir perdón, reparar un daño o cumplir una responsabilidad.
- Vuelva sobre lo aprendido. Acompañe el proceso y reconozca los avances sin exigir cambios instantáneos.
También examine lo que escucha en una predicación. No entregue su criterio solamente porque alguien habla con seguridad o afirma tener una palabra especial. Abra la Biblia y estudie si la enseñanza corresponde con el texto.
Lo mismo vale para este llamado: no se quede con una frase que le gustó. Busque el pasaje, compréndalo y permita que confronte su vida.
Confiamos en la Palabra de Dios y necesitamos Su Gracia
La crianza nos muestra nuestras limitaciones. Podemos amar a nuestros hijos y aun así reaccionar mal, omitir una conversación o equivocarnos al corregir.
Reconocerlo no significa renunciar a la tarea. Nos lleva a pedir la Ayuda de Dios, aprender y volver a actuar con responsabilidad. Necesitamos Su Gracia, no una apariencia de perfección.
Isaías 55:11 — Nueva Versión Internacional
«Así es también la Palabra que sale de Mi Boca: no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo deseo y cumplirá con Mis Propósitos».
Este pasaje nos invita a confiar en la eficacia de lo que Dios dice y en Sus Propósitos. No nos entrega el control de cada resultado ni convierte la crianza en una fórmula para conseguir que los hijos decidan siempre lo que nosotros queremos.
Nos anima a perseverar en la enseñanza y en la obediencia. A hacer nuestra parte con fidelidad, recordando que nosotros también estamos siendo formados por el Señor.
La diferencia de educar con la Biblia se vuelve visible cuando dejamos de usarla únicamente para exigir y comenzamos a vivir bajo su enseñanza: padres que escuchan, que corrigen con justicia y que reconocen cuando necesitan cambiar.
Si su hijo no pudiera oír los versículos que usted repite, pero pudiera observar cómo lo trata, ¿qué aprendería de Dios al mirar su vida?
Oremos para vivir lo que enseñamos
Señor, gracias por Tú Palabra. Permite que primero examine nuestro corazón y nuestra manera de educar. Perdónanos por las veces en que hemos hablado de Ti mientras tratábamos injustamente a nuestra familia.
Danos paciencia para escuchar, humildad para reconocer errores y sabiduría para enseñar con claridad. Ayúdanos a corregir sin descargar nuestra rabia y a vivir con la honestidad y el amor que pedimos a nuestros hijos. Confiamos en Tú Gracia y en Tú Dirección. En el Nombre de Jesús. Amén.
Citas bíblicas en Nueva Versión Internacional (NVI), con mayúsculas reverenciales ajustadas al criterio editorial de JOC.
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