¿Debemos obligar a los hijos a asistir a la iglesia?

Podemos enseñarles a nuestros hijos la Biblia, acompañarlos a la iglesia y mostrarles una vida de fe. Pero hay una respuesta a Dios que no podemos dar en lugar de ellos.

¿Debemos obligar a los hijos a asistir a la iglesia? Antes de responder, necesitamos distinguir dos cosas: la responsabilidad de formar espiritualmente a un niño y la pretensión de decidir por él lo que va a creer durante toda su vida.

Cuando mis hijos eran pequeños, ir a la iglesia formaba parte de nuestra vida familiar. Nos preparábamos y salíamos juntos. También orábamos y leíamos la Biblia en casa. Yo tenía una responsabilidad como padre y quería ejercerla.

Pero eso no significaba que pudiera producir fe en sus corazones mediante una orden. Podemos formar hábitos y enseñar el Evangelio; no podemos creer en Cristo por nuestros hijos.

Esta diferencia importa especialmente cuando un padre o una madre ve que su hijo se aleja. He conocido familias que sufren profundamente por esa decisión y se preguntan: «¿Qué hicimos mal? ¿No le enseñamos? ¿No oramos? ¿Por qué dejó de congregarse?».

Necesitamos revisar nuestra responsabilidad con honestidad, pero también reconocer sus límites. La crianza merece todo nuestro esfuerzo; la respuesta personal del hijo a Dios no está bajo nuestro control.

Llevar a un hijo a la iglesia no equivale a decidir su fe

Los padres tomamos decisiones mientras los hijos crecen. Organizamos horarios, elegimos espacios de formación y establecemos hábitos familiares. Para una familia cristiana, la participación en la iglesia puede formar parte de ese acompañamiento desde la infancia.

Sin embargo, estar sentado en una reunión no es lo mismo que reconocer a Jesús como Señor de la vida. Podemos conseguir presencia física y todavía necesitar muchas conversaciones sobre lo que el hijo entiende, cree o cuestiona.

Juan 1:12-13 — Nueva Versión Internacional

«Mas a cuantos Lo recibieron, a los que creen en Su Nombre, les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios».

La relación con Dios no se transmite por el apellido. Un hijo necesita a Cristo aunque sus padres lleven muchos años sirviendo en una iglesia.

La autoridad directa cambia y la influencia sigue importando

Conforme los hijos crecen y asumen decisiones propias, nuestra manera de acompañarlos también cambia. Hay órdenes que podíamos dar cuando eran pequeños y que no corresponden de la misma manera cuando ya son adultos.

Por eso debemos cuidar la influencia que construimos: la confianza, el ejemplo, las conversaciones y la disposición para escuchar. Si toda nuestra relación espiritual depende de exigir asistencia, nos quedaremos sin mucho que decir cuando ya no podamos imponerla.

Preguntémonos qué está viendo nuestro hijo en nosotros. ¿Hay una fe que se vive en casa? ¿Puede acercarse con una duda sin que lo tratemos como enemigo? ¿Conoce algo del Amor de Cristo a través de nuestro trato?

Lo que sí podemos transmitir en la formación espiritual de los hijos

Reconocer que no podemos decidir por ellos no significa cruzarnos de brazos. Hay mucho que sí nos corresponde hacer, y conviene hacerlo desde temprano.

El conocimiento de la Biblia y el lenguaje de la oración

Lea con sus hijos. Explique un pasaje de acuerdo con su edad, escuche sus preguntas y ayúdelos a relacionar lo que aprenden con la vida cotidiana.

Deuteronomio 6 nos presenta la enseñanza de la Palabra de Dios como parte de la vida de la familia: en casa, en el camino, al acostarse y al levantarse. No tenemos que esperar a que aparezca un problema para hablar de Dios.

También podemos enseñarles a orar. Que aprendan a dar gracias, a reconocer sus faltas, a pedir ayuda y a presentar delante del Señor lo que les preocupa.

En nuestra familia teníamos momentos para reunirnos, leer la Biblia, conversar y orar unos por otros. Escuchábamos las necesidades de cada uno y las presentábamos delante de Dios. Lo importante era hacer un espacio real para compartir la fe y escucharnos.

¿Debemos obligar a los hijos a asistir a la iglesia?Una memoria familiar de gratitud, servicio y coherencia

Todos llevamos recuerdos de la casa donde crecimos. Qué bueno que los hijos puedan recordar gratitud por los alimentos, disposición para ayudar y un trato respetuoso entre sus padres.

No significa que deban recordar una familia perfecta. Significa que puedan reconocer una familia que buscaba hacer lo correcto y que sabía admitir cuando se equivocaba.

El testimonio importa. Hablar de amor en la iglesia y tratarse con desprecio durante la semana deja una contradicción delante de los hijos. Necesitamos que lo que enseñamos encuentre expresión en lo que hacemos.

Ejemplos de arrepentimiento, perdón y fidelidad

Una de las enseñanzas que podemos dejarles es saber pedir perdón. Acercarnos y decir: «Hijo, eso que hice estuvo mal. Me equivoqué. Perdóname».

La humildad no nos quita autoridad. Les permite ver que nosotros también necesitamos corregir nuestro camino delante de Dios.

Y la fidelidad no se limita a la relación de pareja. También se ve en cumplir nuestras responsabilidades con los hijos: trabajar, cuidar, acompañar y atender sus necesidades. No podemos hablar de servicio mientras gastamos en nuestros caprichos lo que hacía falta para el sustento de la casa.

Todo esto ayuda a que el hijo vea una expresión concreta del Evangelio. Es parte de lo que sí podemos sembrar.

Mi abuela me recibió y me acercó a una comunidad de fe

Cuando mis padres se separaron, yo tenía dieciséis años y era un muchacho difícil. Había problemas en mi conducta y parecía que nadie quería hacerse cargo de mí. Terminé viviendo con mi abuela.

Ella ya había criado a sus hijos. Podía haber dicho que había terminado su tarea y que no quería otro problema. Pero me recibió.

Una de las cosas que dejó claras fue: «En esta casa se va a la iglesia».

Allí encontré una comunidad y amigos que fueron muy importantes en mi vida. Recuerdo con mucho cariño a Omar y a Edgar. Me acompañaron, me confrontaron y me ayudaron a reconocer conductas que necesitaba cambiar.

La enseñanza que permanece aun después de un alejamiento

Con el tiempo yo también me aparté. Pero no desapareció todo lo que había aprendido. Quedaron palabras, oraciones, canciones, recuerdos y convicciones que siguieron teniendo peso en mi vida.

Por eso valoro tanto aquella etapa. Mi abuela no podía vivir mi relación con Dios por mí, pero sí pudo recibirme, enseñarme, orar y acercarme a personas que me ayudaran.

Si usted está formando a sus hijos, no desprecie lo que hace cada día. Una conversación, una oración y un ejemplo de humildad pueden quedarse en su memoria mucho tiempo. Si hoy no ve el resultado que quisiera, eso no significa que todo lo sembrado haya desaparecido.

«Instruye al niño» y «serás salvo tú y tu casa»: leamos el contexto

A veces cargamos sobre un versículo una expectativa que no hemos examinado con cuidado. Después, cuando la vida no sucede como esperábamos, pensamos que Dios falló o que toda la culpa es nuestra.

Proverbios 22:6 no es una fórmula para controlar el futuro

Proverbios 22:6 enseña el valor duradero de instruir al niño en el camino correcto. Es una enseñanza de sabiduría que nos llama a tomar en serio la formación.

Debemos leerla teniendo presente el género del libro. No la entiendo como una garantía mecánica que elimina toda decisión posterior del hijo o que nos permite asegurar que jamás se apartará.

La aplicación es comprometernos con la enseñanza. No convertir el resultado de la vida de otra persona en una prueba automática de que fuimos buenos o malos padres.

Hechos 16 incluye la predicación a toda la casa

En Hechos 16:31-34, Pablo y Silas responden al carcelero y luego anuncian la Palabra del Señor tanto a él como a quienes estaban en su casa.

El relato no termina en una frase aislada. La familia también recibe el anuncio del Evangelio. Por eso no podemos usar ese pasaje para afirmar que basta con que una persona crea y todos sus familiares quedan salvos independientemente de su respuesta a Cristo.

Si fuera así, necesitaríamos solamente un creyente por familia y los demás no tendrían que responder al Señor. Pero la fe del padre no reemplaza la fe del hijo.

Podemos confiar en Dios y orar por nuestra familia sin atribuirnos el poder de asegurar la conversión de cada uno de sus integrantes.

Qué hacer cuando un hijo se aleja de Dios

El dolor de unos padres en esta situación merece respeto. No se resuelve diciéndoles que dejen de sentir ni acusándolos inmediatamente de haber hecho todo mal.

Necesitamos distinguir entre reconocer errores reales y asumir la responsabilidad por todas las decisiones del hijo.

Si hubo daño, reconózcalo y busque repararlo

Si hemos sido incoherentes, si hubo maltrato, abandono o palabras que hicieron daño, debemos reconocerlo. No sirve exigir que el hijo escuche nuestra enseñanza mientras nosotros nos negamos a examinar nuestra conducta.

Podemos pedir perdón sin poner condiciones: «Hice esto y te lastimé. Estuvo mal». Después necesitamos mostrar cambios, no solamente explicar nuestras buenas intenciones.

Ese arrepentimiento importa aunque el hijo no responda de inmediato como esperamos. No es una negociación para conseguir que vuelva a la iglesia.

Si ha procurado formar con amor, no se condene por cada decisión ajena

También hay padres que han enseñado, acompañado, corregido y amado, y aun así ven que sus hijos escogen otro camino.

Haber hecho lo que les correspondía no elimina el dolor. Pero sí les permite reconocer que existe una respuesta personal que no pueden dar en lugar de ellos.

Siga orando. Mantenga abierta una conversación respetuosa. No confunda acompañar con perseguir cada decisión para intentar controlarla.

Yo les he hablado a mis hijos de acudir a Jesús cuando la vida se vuelve difícil. Las pérdidas y las crisis nos recuerdan que no podemos resolverlo todo con nuestras fuerzas. Eso nunca significa provocarles sufrimiento ni negarles ayuda para que crean. Significa enseñarles que pueden buscar al Señor también cuando no encuentran una salida.

«Sabrás que Jesús es lo único que necesitas cuando Jesús sea lo único que te quede».

La fe no se compra con premios ni se consigue con humillaciones

Debemos revisar las formas de presión que pueden aparecer en casa. Una de ellas consiste en ofrecer ventajas para conseguir asistencia: «Si va a la iglesia, entonces sí le doy permiso para todo lo demás».

El hijo puede aprender a cumplir externamente para obtener lo que quiere. Eso no nos dice qué está pasando en su corazón.

También podemos cometer el error contrario: cambiar nuestro trato, retirar el afecto o descalificarlo porque no está asistiendo. Llamarlo hijo del diablo, insultarlo o avergonzarlo no le ayuda a conocer el Amor de Dios.

No hable de Dios solamente para reprender

De niño yo escuchaba hablar de Dios principalmente para advertirme que me iba a castigar. Eso fue formando en mí una idea muy limitada de Quién era Él.

Si en casa solamente mencionamos al Señor cuando hay una falta o cuando queremos imponer algo, estamos dejando fuera mucho de lo que necesitamos enseñar.

Hablemos también de Su Amor, Su Gracia, Su Perdón y Su Fidelidad. Que la oración aparezca en la gratitud y en las alegrías, además de las necesidades. Que nuestros hijos conozcan una vida con Dios que alcanza todos los momentos de la familia.

Un hijo no hereda un ministerio por llevar el apellido del pastor

Hay familias que soportan otra presión: la idea de que, porque el padre sirve en la iglesia, su esposa y sus hijos deben asumir determinados cargos.

En una etapa de nuestra vida tuve que explicar que Yasmith estaba dedicada al cuidado y la formación de nuestros hijos. Yo viajaba mucho por trabajo y ella tenía una responsabilidad enorme en casa.

Ese servicio a la familia no podía ignorarse para llenar una agenda de actividades de la iglesia. Cada etapa tiene responsabilidades que debemos atender.

Servir requiere convicción y preparación

Un hijo de pastor puede tener un llamado al ministerio. Claro que sí. Pero el parentesco no demuestra por sí solo ese llamado ni reemplaza la formación, el carácter y el reconocimiento de una comunidad responsable.

No debemos cargar a los hijos con una función simplemente porque pertenece a la historia familiar. Tampoco tratar una iglesia como si fuera una propiedad que se entrega automáticamente a la siguiente generación.

Algo parecido sucede con la congregación a la que asisten. Cuando mis hijos crecieron en Estados Unidos, encontraron en otra comunidad vínculos, pastores y amistades que los acompañaban. No necesitaban asistir exactamente al lugar donde yo servía para demostrar que amaban a Dios.

Cambiar de congregación no equivale, por sí mismo, a abandonar a Cristo. Necesitamos escuchar y comprender antes de juzgar.

Loida y Eunice: una enseñanza que dejó huella en Timoteo

2 Timoteo 1:5 — Nueva Versión Internacional

«Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida, a tu madre Eunice y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido».

Pablo reconoce la fe de una abuela, de una madre y de Timoteo. Hay un legado hermoso que merece nuestra atención. La enseñanza y el ejemplo de esas mujeres tuvieron un lugar importante en su vida.

Este pasaje también puede animar a las madres y abuelas que están criando con poco apoyo. Su tarea importa. Pidan al Señor personas maduras y confiables que acompañen a sus hijos, como Pablo acompañó a Timoteo.

2 Timoteo 3:14-15 — Nueva Versión Internacional

«Pero tú permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús».

Observe cómo se unen la enseñanza recibida desde la niñez y la fe en Cristo Jesús. Timoteo había aprendido de otras personas, pero ahora era llamado a permanecer en aquello de lo que estaba convencido.

Ese es un propósito precioso para nuestra crianza: enseñar con fidelidad y acompañar el crecimiento de una convicción propia.

Cómo acompañar la fe de sus hijos sin manipularlos

Si hoy esta pregunta está presente en su casa, comience por escuchar lo que realmente está ocurriendo. No todas las dificultades para asistir a una iglesia tienen la misma explicación.

  • Converse sobre sus razones. Pregunte qué entiende, qué le inquieta y qué experiencias ha tenido. Escuche antes de responder.
  • Revise el ejemplo de casa. Procure que la gratitud, el respeto y el perdón acompañen lo que enseña.
  • Comparta la Biblia de acuerdo con su edad. Permita preguntas y reconozca cuando necesitan estudiar algo juntos.
  • Distinga las etapas de la vida. Formar hábitos en la infancia y acompañar las decisiones de un hijo adulto requieren formas diferentes de ejercer influencia.
  • Mantenga el amor fuera de la negociación. No condicione el afecto, el cuidado o el buen trato a una declaración de fe.
  • Ore y asuma su responsabilidad. Haga lo que le corresponde sin pretender ocupar el lugar de Dios en el corazón de su hijo.

Queremos que nuestros hijos conozcan y amen a Jesús. Ese deseo nos mueve a enseñar, dar ejemplo y perseverar en oración. Pero necesitamos recordar que la obediencia externa no nos permite asegurar lo que hay dentro.

Si mañana su hijo pudiera decidir sin temor a perder su cariño, ¿qué habría visto en su casa que lo invitara a seguir a Cristo? Esa pregunta también nos llama a examinar nuestra propia fe.

Oremos por nuestros hijos y por nuestro ejemplo

Señor Jesús, ten Misericordia de nuestros hijos, de nuestros nietos y de nosotros. Ayúdanos a vivir una fe sincera, sin una doble vida que contradiga lo que enseñamos.

Danos humildad para reconocer nuestros errores, paciencia para escuchar y fidelidad para compartir Tú Palabra. Que nuestro trato les permita conocer algo de Tú Amor y de Tú Gracia. Acompaña a los padres que hoy sufren y enséñanos a confiar en Ti mientras hacemos lo que nos corresponde. En el Nombre de Jesús. Amén.

Citas bíblicas en Nueva Versión Internacional (NVI), con mayúsculas reverenciales ajustadas al criterio editorial de JOC.

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