¿Alguna vez su hijo le ha dicho: «Eso era en su época, papá»? ¿O ha llegado del colegio reclamando una libertad porque a sus compañeros sí se la permiten?
Son conversaciones que nos ponen a pensar. Queremos cuidar a nuestros hijos y enseñarles a vivir, pero también necesitamos revisar cómo estamos ejerciendo nuestra autoridad. Podemos ser firmes y, al mismo tiempo, estar dispuestos a escuchar.
A veces parece que pasamos de un extremo al otro: del padre que no permitía ninguna pregunta al padre que ya no se atreve a poner una norma. En medio de esos extremos está una tarea que exige sabiduría: respetar la dignidad del hijo mientras lo formamos para asumir sus responsabilidades.
La educación cristiana nos invita a examinar ambas cosas. El hijo tiene valor delante de Dios. El padre tiene una responsabilidad delante de Dios. Ninguno de esos principios puede desaparecer cuando llega una discusión.
La dignidad del hijo comienza en su valor delante de Dios
Los cristianos partimos de un fundamento: el ser humano fue creado a Imagen de Dios. Ese valor no comienza cuando la persona tiene dinero, alcanza un cargo importante o aprende a comportarse como nosotros esperamos.
Génesis 1:27 — Nueva Versión Internacional
«Y Dios creó al ser humano a Su Imagen; lo creó a Imagen de Dios; hombre y mujer los creó».
Reconocemos que somos pecadores y que necesitamos al Señor. Sin embargo, esa condición no nos autoriza a tratar a otra persona como si no tuviera valor. Tampoco nos autoriza a hacerlo con un niño que se equivocó.
Si vamos a enseñar dignidad, comencemos por ahí: «Hijo, tú tienes valor delante de Dios. Y la persona que está a tu lado también».
Su hijo depende de usted, pero no es una propiedad
Un niño necesita que sus padres lo alimenten, lo protejan, lo orienten y tomen decisiones que todavía no puede asumir por sí mismo. Esa dependencia nos da responsabilidades; no nos concede permiso para hacer con él lo que nos dé la gana.
Decir «es mi hijo» no justifica humillarlo. Tener autoridad no nos coloca por encima de la obligación de tratarlo con respeto.
Cuando comprendemos esto, dejamos de mirar la crianza como una lucha para demostrar quién manda y comenzamos a preguntarnos cómo estamos formando a la persona que Dios puso bajo nuestro cuidado.
Los hijos aprenden el respeto escuchando cómo hablamos
Podemos enseñarles que no deben insultar a sus compañeros y, unos minutos después, descalificar a alguien delante de ellos. Yo mismo tengo que revisar lo que digo cuando me molesto, por ejemplo, al conducir. El Espíritu Santo me confronta y mi esposa también me ayuda a reconocerlo.
A veces mi nieta me corrige: «Nono, eso no se hace». Y qué bueno poder escucharla. Ser el adulto no significa que siempre esté dando el mejor ejemplo.
Los niños oyen cómo discutimos con nuestro cónyuge, cómo hablamos de un vecino y cómo tratamos a quien trabaja en nuestra casa. El respeto que enseñamos necesita aparecer también en esas conversaciones.
La dignidad no depende del dinero ni de la posición
Santiago 2:1 — Nueva Versión Internacional
«Hermanos míos, la fe que tienen en nuestro Glorioso Señor Jesucristo no debe dar lugar a favoritismos».
En los versículos siguientes, Santiago presenta una escena muy concreta: llega una persona con ropa elegante y también llega una persona pobre. A una la reciben con atención; a la otra la relegan. Esa diferencia de trato deja al descubierto una manera equivocada de valorar a las personas.
Pensemos en nuestra vida cotidiana. ¿Tenemos una voz amable para el doctor que vive en el edificio y otra despectiva para el vigilante que pasa la madrugada cuidando la entrada? ¿Tratamos mejor al familiar que tiene dinero que al que necesita ayuda?
Los hijos se dan cuenta. Por eso necesitamos enseñarles, con palabras y hechos, que un compañero no vale menos porque su familia tenga menos recursos. Tampoco vale más por su apariencia, sus pertenencias o su popularidad.
También respetamos a quien cree distinto
Las convicciones cristianas no nos dan permiso para despreciar a quienes no comparten nuestra fe. Podemos expresar una diferencia y explicar lo que creemos sin convertir a la otra persona en objeto de burla.
Enseñemos a nuestros hijos a conversar con respeto. Que puedan defender una convicción sin insultar. Que vean en nosotros amor por las personas y disposición para escucharlas.
La dignidad que reconocemos en alguien no desaparece cuando deja de estar de acuerdo con nosotros.
Cómo corregir a los hijos sin humillarlos
Uno de los momentos en que más debemos cuidar la dignidad es el de la disciplina. Llegamos cansados, aparece una conducta que nos molesta y podemos terminar hablando desde la rabia.
Hay una diferencia enorme entre decir: «Eso que hiciste estuvo mal y necesitamos corregirlo», y decir: «Usted no sirve para nada; qué habré hecho yo para merecer un hijo así».
La primera expresión señala una conducta. La segunda hiere a la persona y convierte la conversación en un ataque contra su valor.
Efesios 6:4 — Nueva Versión Internacional
«Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la Disciplina e Instrucción del Señor».
Este llamado nos obliga a revisar nuestra manera de ejercer autoridad. La disciplina y la instrucción siguen presentes, pero los padres también tenemos que rendir cuentas por nuestro trato.
Señale lo que debe cambiar sin destruir al hijo
Al hablar con mis hijos, procuraba recordarles quiénes eran y señalar que determinada conducta no correspondía con lo que estábamos formando en ellos. Podía expresar mi extrañeza por lo ocurrido y, al mismo tiempo, decirles que me sentía agradecido por el hijo o la hija que Dios me había dado.
Eso no significaba pasar por alto lo sucedido. Significaba abordar el error sin reducir toda su persona a ese error.
Podemos hablar con claridad: qué hizo, por qué estuvo mal, a quién afectó y qué necesita reparar. Para hacerlo no necesitamos insultar, ridiculizar ni anunciarle que es una decepción para la familia.
Y si somos nosotros quienes hemos hablado de esa manera, necesitamos reconocerlo y pedir perdón. La autoridad también se ejerce admitiendo los propios errores.
La alimentación y la protección no se retiran como castigo
Hay prácticas que algunas familias heredaron y que necesitan ser revisadas. Una de ellas era mandar a un niño a dormir sin comer como forma de castigo.
El alimento no debe convertirse en una herramienta para someterlo. Su necesidad de cuidado permanece incluso cuando se ha portado mal.
Lo mismo ocurre con la protección. Amenazarlo con abandonarlo, encerrarlo para atemorizarlo o decirle que alguien vendrá a llevárselo son formas de buscar obediencia mediante el miedo.
Que el niño sepa que será corregido y seguirá siendo cuidado
Una cosa es establecer una consecuencia por una conducta y otra hacerle sentir que puede perder a su mamá o a su papá si no obedece.
Frases como «me voy y lo dejo solo» pueden salir en medio de la frustración. Por eso necesitamos cuidar lo que decimos y abandonar las amenazas de desamparo como recurso para educar.
El niño necesita aprender: «Lo que hice tiene consecuencias, mis padres me van a corregir y siguen siendo responsables de cuidarme».
También debemos cuidar su formación. Quitarle la oportunidad de estudiar para castigarlo, o imponerle trabajos humillantes, no debe confundirse con enseñarle responsabilidad. Colaborar en casa puede formar parte de su aprendizaje; hacerlo sufrir para descargar nuestra rabia es otra cosa.
Corrija de manera personal, sin convertir el error en un espectáculo
Algunos recordarán aquella frase: «Si no aparece el que hizo el daño, les doy a todos». Pero corregir exige conocer lo ocurrido y tratar con la persona responsable. No tiene sentido castigar a todos para ahorrarnos la tarea de averiguar.
También necesitamos revisar la costumbre de regañar al hijo delante de sus amigos, sus hermanos o toda la familia. Podemos detener una conducta que necesita atención inmediata y después buscar un espacio adecuado para conversar.
Firmeza y respeto pueden estar en la misma conversación
Una corrección privada permite explicar, escuchar y acordar qué debe cambiar sin someter al niño a la vergüenza pública. Hacerlo con calma no significa renunciar a la autoridad.
Recuerdo a un jefe de personal de mi época en la radio. Llamaba a las personas a su oficina y trataba los asuntos con formalidad, sin necesidad de gritar ni insultar. Su manera de proceder me sirve para recordar que la seriedad de una conversación no depende del volumen de la voz.
En casa también podemos aprenderlo. No hace falta exhibir los errores de un hijo para demostrar que estamos corrigiéndolo. Lo que buscamos es que comprenda, asuma responsabilidad y aprenda a proceder mejor.
La privacidad debe proteger su dignidad; nunca convertirse en una excusa para maltratarlo a escondidas.
Los hijos pueden preguntar y disentir con respeto
«Porque lo digo yo y punto». Muchos crecimos escuchando esa frase. A veces cerraba una conversación que necesitaba una explicación.
Un hijo puede preguntar por qué existe una norma. Podemos enseñarle a hacerlo con respeto y tomarnos el tiempo para responder. Escucharlo no significa que él vaya a decidirlo todo.
En Deuteronomio 6:20-25 se contempla que los hijos pregunten por el significado de los mandatos recibidos. La respuesta lleva a los padres a explicar la historia de lo que Dios hizo por Su Pueblo y el sentido de la obediencia.
Esa escena nos recuerda que las preguntas pueden abrir una oportunidad de formación. El hijo necesita comprender lo que le estamos enseñando.
Explique la norma y escuche la inquietud
Si su hijo pregunta por un horario o una decisión, trate de entender qué quiere saber. ¿No comprende la razón? ¿Le parece injusta? ¿Está comparando lo que sucede en casa con lo que viven sus amigos?
Podemos explicar lo que buscamos proteger, escuchar su punto de vista y mantener una decisión cuando corresponde. También podemos reconocer que alguna regla necesita revisarse. No toda costumbre familiar es un mandato de Dios.
En el colegio y en la iglesia también conviene que los niños puedan hacer preguntas respetuosas. Aprender a pensar y a examinar una enseñanza forma parte de su educación.
Y si un compañero los menosprecia, necesitan saber que esa burla no determina su valor. Acompañémoslos, escuchemos lo sucedido y enseñémosles a pedir ayuda. Al mismo tiempo, formémoslos para que ellos tampoco se conviertan en quienes humillan a otros.
La libertad del hijo debe crecer junto con su responsabilidad
Hemos hablado de dignidad, cuidado y respeto. Ahora necesitamos hablar de los deberes. En una familia también se aprende a colaborar, a cuidar lo que se recibe y a considerar a los demás.
El hijo necesita comprender que la comida no aparece sola en la nevera. Hay trabajo y esfuerzo detrás de lo que usamos. Que otros compañeros tengan un aparato costoso no significa que nuestra familia deba comprarlo.
Enseñar gratitud incluye ayudarlo a reconocer ese esfuerzo y a cuidar los recursos que tiene a su disposición.
Los deberes no son el precio de su dignidad
Un niño sigue mereciendo alimento, protección y buen trato cuando incumple una tarea. Es importante mantener claras las dos cosas: su valor permanece y su conducta puede necesitar corrección.
Podemos asignar responsabilidades apropiadas para su edad: ordenar lo que utiliza, colaborar con una tarea del hogar, cumplir compromisos escolares y hablar respetuosamente a quienes viven con él.
La familia no puede funcionar como si los deseos de uno fueran la única consideración. También están el descanso de los padres, las necesidades de los hermanos y las posibilidades de la casa.
Escoger alguna cosa que le gusta puede ser una oportunidad para aprender. Convertirlo en quien gobierna todas las decisiones familiares es entregar una responsabilidad que todavía debemos ejercer nosotros.
Los padres también tenemos deberes
Este llamado no va solamente dirigido a los hijos. Nosotros debemos escuchar, proveer cuidado, cumplir lo que prometemos y ejercer autoridad con justicia.
Si exigimos respeto, necesitamos hablar con respeto. Si pedimos que el hijo reconozca sus errores, debemos hacerlo cuando nos equivocamos. Si enseñamos responsabilidad, no podemos evadir la nuestra.
Así la libertad se acompaña de una pregunta que conviene aprender desde pequeños: «¿Cómo afecta a los demás lo que yo decido?».
Formar la fe del hijo exige acompañar sus convicciones
Como padres cristianos, queremos compartir nuestra fe y enseñarles a nuestros hijos a conocer al Señor. Cuando son pequeños, organizamos la vida familiar, compartimos la lectura bíblica y los acompañamos a la iglesia.
Pero debemos recordar que una convicción personal no se produce simplemente porque papá la ordene. Necesitamos dar espacio para las preguntas y acompañar el proceso de comprender lo que creen.
Con mis hijos he querido dejar clara esa diferencia: yo tengo la responsabilidad de enseñarles y orientarlos; ellos necesitan llegar a asumir su fe por convicción propia.
También debemos evitar dar por hecho que un hijo tiene que ejercer el mismo ministerio de su padre. El parentesco no reemplaza la convicción ni el llamado.
Que puedan conversar con nosotros sobre sus inquietudes. Que no tengan que fingir que entienden todo para evitar un regaño. Nuestro ejemplo, nuestra enseñanza y nuestra disposición para escucharlos también forman parte de ese acompañamiento.
Qué podemos cambiar hoy en nuestra manera de educar
No necesitamos esperar a la próxima discusión para revisar nuestra crianza. Podemos comenzar por decisiones concretas:
- Revise su lenguaje. Retire los insultos y las frases que atacan el valor de su hijo. Señale la conducta que necesita cambiar.
- Cuide su ejemplo. Observe cómo trata a quienes tienen menos recursos, piensan distinto o prestan un servicio a su familia.
- Corrija con justicia. Averigüe qué ocurrió, escuche y converse sin humillar ni amenazar con retirar el cuidado.
- Explique las normas. Permita preguntas respetuosas y distinga los principios bíblicos de sus preferencias personales.
- Enseñe responsabilidades. Asigne tareas adecuadas para su edad y ayúdelo a comprender cómo su conducta afecta a los demás.
Podemos reconocer que nuestros padres intentaron hacer lo mejor que sabían y, al mismo tiempo, dejar de repetir prácticas que hicieron daño. La gratitud por lo recibido no nos obliga a conservar cada forma de corrección.
Hoy tenemos la oportunidad de abrir la Biblia, examinar nuestro trato y cambiar lo que necesita cambiar. La autoridad que recibimos también debe ser guiada por el Señor.
Cuando su hijo recuerde la manera en que usted lo educó, ¿podrá reconocer que hubo límites, que aprendió a responder por sus actos y que nunca tuvo que ganarse el derecho a ser tratado con dignidad?
Oremos por una autoridad que cuide y forme
Señor, ayúdanos a reconocer el valor de nuestros hijos y a tratarlos conforme a Tú Palabra. Perdónanos por las veces en que hemos usado nuestra autoridad para herir, humillar o imponer desde la rabia.
Danos paciencia para escuchar, humildad para corregir nuestros errores y firmeza para enseñar lo que es bueno. Que nuestros hijos aprendan a respetar a los demás, a asumir sus responsabilidades y a conocerte por convicción. Guía nuestra casa con Tú Sabiduría. En el Nombre de Jesús. Amén.
Citas bíblicas en Nueva Versión Internacional (NVI), con mayúsculas reverenciales ajustadas al criterio editorial de JOC.
Ayúdenos a continuar compartiendo estos devocionales
Si esta enseñanza ha sido útil para usted y su familia, puede apoyar la producción de nuevos contenidos cristianos.