Quiero ser libre del gota a gota

Una reflexión cristiana para quienes quieren salir del gota a gota: el clamor del que sufre, la responsabilidad de quien debe y el llamado de Dios a tratar con misericordia al necesitado. Quiero ser libre del gota a gota, te ayudará a resolver la agónica situación de deudas en la que te encuentras.

Hay personas que trabajan desde muy temprano y, cuando termina el día, sienten que todo lo que produjeron ya tiene dueño. Llega el cobrador, se lleva la plata y mañana toca volver a empezar. Trabajan, se cansan, se angustian, pero no sienten que estén avanzando.

En el devocional comparé esa situación con una trotadora: usted corre, se desgasta y sigue en el mismo lugar. Así se siente mucha gente atrapada en el gota a gota.

Y a la deuda se le suma el miedo. Miedo de que llamen. Miedo de que lleguen a la casa. Miedo por los hijos. Miedo de que el esposo o la esposa se enteren de algo que lleva meses tratando de resolver a escondidas.

Si ese es su caso, quiero que hoy escuche esto: su sufrimiento no es invisible para Dios, y una deuda no le quita su dignidad. Necesita ayuda, necesita dirección y también necesita examinar qué decisiones debe cambiar. Pero no tiene que enfrentar todo esto en silencio.

Vamos a hablarle al que debe y al que presta. Porque Dios ve los dos lados de esta historia: conoce al que se aprovecha de la necesidad ajena y conoce al que recibió ayuda y ahora se esconde para no responder.

Cuando alguien necesita comer

En este tema tenemos que hacer una distinción. Una cosa es una operación para desarrollar un negocio, con condiciones claras y capacidad para responder, y otra es tener enfrente a una persona que no tiene qué darles de comer a sus hijos.

¿Con qué corazón escucha usted a esa persona? ¿Ve a un ser humano que necesita ayuda o ve una oportunidad para quedarse con lo poco que todavía tiene?

La legislación que Dios dio a Israel protegía al pobre de su propio pueblo frente al aprovechamiento de su necesidad:

Éxodo 22:25 — Reina-Valera 1909

«Si dieres á mi pueblo dinero emprestado, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura».

Observe a quién se está refiriendo: al pobre que está contigo. A alguien cuya necesidad usted tiene cerca, delante de los ojos. El dinero entregado para ayudarle no debía convertirse en una manera de hundirlo más.

El pasaje pertenece a la vida y al pacto del antiguo Israel. Para aplicarlo hoy necesitamos conservar su preocupación por el necesitado, sin convertirlo apresuradamente en una afirmación de que todo crédito moderno funciona de la misma manera.

El llamado a nuestra conciencia es muy concreto: no aproveche el hambre del otro para enriquecerse. No use su desesperación para imponerle condiciones que usted sabe que lo van a destruir.

Ahora, también le hablo a quien pide prestado. En el audio hice una advertencia sobre las deudas que se adquieren para un paseo, un teléfono o un gusto que no se puede pagar. Hay necesidades urgentes y hay deseos que debemos aprender a aplazar. No comprometa la tranquilidad de su casa por algo que podía esperar.

Reconocer esa diferencia nos ayuda a examinar nuestras decisiones. También nos impide juzgar a todo el que tiene deudas como si hubiera llegado a ellas por la misma razón. Hay desempleo, falta de ingresos y necesidades reales que merecen ser escuchadas.

Quiero ser libre del gota a gotaDios también mira al que presta

A veces pensamos que hablar de dinero es hablar solamente de números. Pero detrás de los números hay intenciones. Usted puede entregar un dinero aparentando que ayuda y, por dentro, estar esperando que el otro fracase para quedarse con su propiedad.

Quizá nadie más conoce esa intención. Dios sí la conoce.

Levítico 25:35–37 — Reina-Valera 1909

«Y cuando tu hermano empobreciere, y se acogiere á ti, tú lo ampararás: como peregrino y extranjero vivirá contigo. No tomarás usura de él, ni aumento; mas tendrás temor de tu Dios, y tu hermano vivirá contigo. No le darás tu dinero á usura, ni tu vitualla á ganancia:».

Mire esa expresión: «tendrás temor de tu Dios». La manera como trato al necesitado también tiene que ver con mi relación con el Señor. No puedo separar mi vida espiritual de lo que hago con una persona cuando tengo poder económico sobre ella.

¿Mi deseo es que pueda levantarse o que siga dependiendo de mí? ¿Estoy dispuesto a escuchar su situación? ¿Estoy cobrando con justicia o estoy disfrutando verla sometida?

Esto también se refleja en el trabajo. En el devocional recordé una ocasión en que necesitaba mi salario para alimentar a mi esposa y a mi hija pequeña. El pago se aplazó del viernes al miércoles porque mi jefe había destinado el dinero a sus vacaciones. Para él era un aplazamiento; para nosotros era una necesidad que no podía esperar.

Cuando usted retiene injustamente un salario, detrás de ese dinero hay una casa, una comida y una familia. La Biblia toma muy en serio ese sufrimiento:

Santiago 5:4 — Reina-Valera 1909

«He aquí, el jornal de los obreros que han segado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado de vosotros, clama; y los clamores de los que habían segado, han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos».

El texto habla del salario retenido por engaño. La aplicación que quiero que examinemos es esta: Dios escucha a quienes están sufriendo una injusticia económica. Que una persona no tenga cómo defenderse frente a usted no significa que Dios sea indiferente a lo que le está haciendo.

En Colombia, además, la usura está tipificada en el artículo 305 del Código Penal. El límite debe revisarse según la certificación y las condiciones aplicables; no existe un margen adicional que cada prestamista pueda sumar a voluntad por encima del límite legal. Consultar el artículo 305.

Pero el examen del cristiano también llega al corazón: aun cuando revisa lo permitido por la ley, necesita preguntarse si está actuando con verdad, justicia y misericordia.

Deber dinero no significa perder la dignidad

Escuche esto, por favor: que alguien le deba no le da derecho a hacer con esa persona lo que le provoque. No le da permiso para amenazar a sus hijos, entrar violentamente a su casa o humillarla.

La ley de Israel incluía instrucciones muy concretas sobre las prendas que se recibían como garantía:

Éxodo 22:26–27 — Reina-Valera 1909

«Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, á puestas del sol se lo volverás: Porque sólo aquello es su cubierta, es aquel el vestido para cubrir sus carnes, en el que ha de dormir: y será que cuando él á mí clamare, yo entonces le oiré, porque soy misericordioso».

Imagine la escena. El hombre necesita ayuda y entrega su vestido como prenda. Llega la noche. ¿Con qué se va a cubrir? Dios ordena devolverlo. La garantía no podía administrarse con indiferencia hacia una necesidad tan básica.

Y hay otra instrucción que vale la pena leer completa:

Deuteronomio 24:10–13 — Reina-Valera 1909

«Cuando dieres á tu prójimo alguna cosa emprestada, no entrarás en su casa para tomarle prenda: Fuera estarás, y el hombre á quien prestaste, te sacará afuera la prenda. Y si fuere hombre pobre, no duermas con su prenda: Precisamente le devolverás la prenda cuando el sol se ponga, para que duerma en su ropa, y te bendiga: y te será justicia delante de Jehová tu Dios».

El acreedor debía quedarse afuera. Tener un dinero por cobrar no lo convertía en dueño de la casa ni de la vida del deudor. Había límites en su manera de actuar.

Estas disposiciones antiguas nos enseñan a mirar la condición de la persona y a respetarla. La deuda necesita atenderse; la dignidad también necesita respetarse. Las dos cosas pueden sostenerse al mismo tiempo.

Si está sufriendo amenazas, busque la orientación indicada al comienzo de este artículo. Pedir protección no es falta de fe ni una excusa para evadir una obligación legítima. Es atender una situación de peligro por los medios correspondientes.

Dios escucha el clamor del que sufre

Quiero volver a la última parte del pasaje sobre el vestido: Dios dice que escuchará al que clama, porque es misericordioso. Esa afirmación es central en este devocional.

Tal vez usted piensa: «Pero, José, yo me metí en esto. Yo tomé una mala decisión. Yo oculté la deuda». Si hubo una mala decisión, reconózcala. Si hubo mentira, confiésela. Pero no use la vergüenza como razón para seguir lejos del Señor.

Acérquese y ore con verdad: «Padre, necesito ayuda. Me equivoqué. Tengo miedo. No sé cómo organizar lo que debo ni cómo hablar con mi familia. Dame sabiduría y ayúdame a cambiar».

También hay personas que están en dificultades sin haber actuado con engaño o irresponsabilidad. Su necesidad merece compasión. No necesitamos atribuir toda crisis a un pecado particular para acompañar a quien está sufriendo.

Clamar a Dios puede ir acompañado de una llamada para buscar protección, una conversación con alguien confiable y una consulta para entender las opciones disponibles. La oración nos dispone a recibir dirección y a actuar con responsabilidad.

No le estoy prometiendo que mañana desaparecerán todas sus deudas. Estoy invitándolo a dejar de vivir esta angustia aislado y a poner delante del Señor tanto su necesidad como su disposición a obedecer.

Que usted haya tomado una mala decisión no significa que deba quedarse para siempre escondido dentro de ella.

Arrepentirse también implica reparar

Ahora tenemos que mirar el otro lado. Porque hay personas que recibieron un préstamo, tuvieron cómo responder y decidieron no hacerlo. Cambiaron el número, se mudaron o dejaron que otro pagara por ellas.

Y un día llegan a la iglesia, empiezan a cantar y dicen: «Ahora soy una nueva criatura».

Ey, nueva criatura: ¿y la señora que le fió? ¿Y la persona que salió de fiadora y tuvo que pagar? ¿Y el familiar que confió en usted?

La fe necesita verse también en esas relaciones. El arrepentimiento nos lleva a reconocer el daño y a buscar cómo repararlo. En el encuentro de Jesús con Zaqueo aparece una respuesta muy concreta:

Lucas 19:8 — Reina-Valera 1909

«Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy á los pobres; y si en algo he defraudado á alguno, lo vuelvo con el cuatro tanto».

Zaqueo habla de sus bienes, de los pobres y de las personas a las que ha defraudado. Su respuesta toca precisamente aquello que había marcado su conducta. El relato nos ayuda a pensar en la restitución; no establece que cualquier deuda actual deba pagarse multiplicada por cuatro.

Quizá usted no tiene hoy con qué pagar todo. Pero puede dejar de mentir. Puede reconocer una obligación legítima, explicar su situación y buscar, con orientación, un acuerdo que realmente pueda cumplir. Prometer lo imposible para salir del paso solamente aplaza el problema.

Esta invitación a responder con honestidad se refiere a obligaciones legítimas. Cuando hay amenazas o exigencias extorsivas, busque primero acompañamiento del GAULA y orientación jurídica; no vaya a exponerse ante un agresor intentando demostrar que tiene fe.

La justicia de Dios también confronta al que se aprovecha de la buena voluntad ajena. Haber recibido compasión no nos autoriza a engañar al que nos ayudó.

Ayudar a una persona a empezar de nuevo

También hay quienes quieren pagar y atraviesan una imposibilidad real. El acreedor necesita mirar esa diferencia con un corazón dispuesto a escuchar.

En el devocional hablamos de las disposiciones de Israel sobre la pobreza y el servicio por deudas. En ese contexto antiguo, la salida de una condición de dependencia debía ir acompañada de ayuda:

Deuteronomio 15:12–14 — Reina-Valera 1909

«Cuando se vendiere á ti tu hermano Hebreo ó Hebrea, y te hubiere servido seis años, al séptimo año le despedirás libre de ti. Y cuando lo despidieres libre de ti, no lo enviarás vacío: Le abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era, y de tu lagar; le darás de aquello en que Jehová te hubiere bendecido».

Observe: no debía salir con las manos vacías. Había una preocupación por su futuro, por darle recursos para continuar. La enseñanza pastoral que recogemos es el valor de ayudar a alguien a recuperarse, en lugar de mantenerlo atrapado en su necesidad.

Conviene precisar los tiempos de estas disposiciones. La liberación mencionada aquí ocurría después de seis años de servicio. El jubileo era otra disposición, correspondiente al año cincuenta:

Levítico 25:10 — Reina-Valera 1909

«Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra á todos sus moradores: este os será jubileo; y volveréis cada uno á su posesión, y cada cual volverá á su familia».

Son disposiciones del antiguo Israel. No significan que las deudas modernas desaparezcan automáticamente al cumplirse siete o cincuenta años, ni autorizan la servidumbre hoy.

Al traerlas a nuestra reflexión, quiero detenerme en la misericordia. Si alguien está arruinado, ¿estoy dispuesto a considerar su situación? ¿Puedo facilitarle un acuerdo? ¿Podría incluso perdonar voluntariamente una deuda?

En el audio hablé de esa decisión del corazón. Hay momentos en que debemos preguntarle al Señor si estamos aferrados a cobrar hasta lo último, aun viendo la calamidad de una familia. La compasión puede llevarnos a renunciar voluntariamente a lo que podríamos reclamar.

Eso no permite que el deudor le imponga al acreedor el perdón, ni convierte la generosidad en una fórmula para recibir más dinero de Dios. Es un llamado a examinar qué lugar ocupan las personas en nuestra manera de administrar.

Una economía que la familia pueda conocer

Al responder preguntas en el devocional, volvimos a la transparencia matrimonial. Una deuda escondida puede terminar afectando a toda la casa, aunque una sola persona la haya contraído.

En mi matrimonio, Yasmin conoce nuestra economía y participa en su administración. Conversamos sobre lo que entra, lo que sale, lo que debemos y lo que falta por producir. Ella organiza esa información y me la presenta. No tendría sentido ofenderme porque me pregunta por un gasto.

La confianza crece cuando podemos decirnos la verdad. Si algo compromete el bienestar de los dos, necesitamos conocerlo y enfrentarlo juntos.

Cada pareja debe acordar cómo administra sus recursos. Lo que estoy señalando es la importancia de no mantener una vida económica oculta. Esa transparencia debe ser recíproca y respetuosa; no justifica controlar, humillar o privar al otro de lo necesario.

También hablé de mirar la historia económica de nuestra familia. Podemos reconocer prácticas que aprendimos de nuestros padres, corregir las nuestras y procurar que nuestros hijos reciban mejores herramientas.

Conté que en una etapa de mi vida procuré responder por deudas que mi padre había dejado. Lo compartí como una decisión personal de reparación y honra, no como una afirmación de que todo hijo tenga que asumir legalmente las deudas de sus padres ni como un requisito para que Dios lo bendiga.

Yasmin y yo también trabajamos para que nuestros cuatro hijos pudieran salir de casa con su educación pagada. Era un propósito nuestro. Cada familia tiene posibilidades diferentes, pero todas podemos preguntarnos qué estamos transmitiendo: ¿honestidad, prudencia y responsabilidad, o secretos y compromisos que nadie entiende?

No reduzca la herencia que deja a una cantidad de dinero. Sus hijos también están aprendiendo cómo se pide ayuda, cómo se cumple una promesa y cómo se trata a alguien que pasa necesidad.

Comenzar a salir con verdad, ayuda y responsabilidad

Querer ser libre del gota a gota necesita traducirse en decisiones. Estas aplicaciones recogen el llamado del devocional y lo llevan a pasos que usted puede comenzar a examinar:

  • Atienda primero cualquier peligro. Si hay amenazas, comuníquese con las autoridades y busque acompañamiento seguro. No enfrente esa situación solo.
  • Reconozca la realidad. Reúna la información de lo recibido, lo pagado, lo que le cobran y los compromisos existentes. Busque orientación para aclarar cobros que no entiende.
  • Rompa el silencio con alguien confiable. La vergüenza puede hacer que siga tomando decisiones a escondidas. Si teme una reacción violenta en casa, busque primero apoyo para conversar de manera segura.
  • Examine cómo llegó a esta situación. Identifique lo que puede corregir: gastos por apariencia, mentiras, promesas sin respaldo o decisiones tomadas sin consultar. Si hubo una dificultad de ingresos, reconozca también esa necesidad.
  • Busque alternativas formales y comprensibles. En el audio respondí una pregunta sobre compra de cartera. Una opción de reorganización debe evaluarse según sus condiciones y su capacidad de pago, con orientación adecuada.
  • Responda por las obligaciones legítimas. Evite nuevas promesas que no podrá cumplir. Si perjudicó a alguien, comience por reconocerlo y buscar una reparación posible.
  • Ore y permita que lo acompañen. La consejería pastoral puede ayudar con la culpa, los hábitos y la vida familiar. Para las condiciones de una deuda o un cobro, busque también orientación financiera o jurídica.

Como complemento práctico, al comparar una propuesta de crédito revise la tasa expresada en la misma periodicidad, el plazo, los cargos y el total a pagar. Una cuota menor puede venir de un plazo más largo. La Superintendencia Financiera ofrece herramientas para consultar costos y convertir tasas: costos de productos financieros y conversión de tasas.

Y si usted es quien presta, también tiene una tarea: revise sus condiciones, su manera de cobrar y su disposición a escuchar. La necesidad del otro nunca debería convertirse en algo que usted desea prolongar.

Hoy podemos pedirle al Señor sabiduría para empezar a actuar de otra manera. Podemos reconocer el error sin resignarnos a repetirlo. Podemos buscar ayuda sin sentir que por eso hemos dejado de confiar en Dios.

Antes de terminar, piense en esto: usted le está pidiendo a Dios que lo saque de esta situación. ¿Qué decisión está dispuesto a cambiar para no seguir entrando en ella?

Oración para quien quiere ser libre del gota a gota

Padre, tú conoces la angustia de la madre que no sabe cómo pagar y del padre que trabaja sin sentir que avanza. Conoces el miedo, las noches sin descanso y las lágrimas que otros no ven.

Te pedimos sabiduría para manejar nuestra economía. Perdónanos cuando hemos actuado con vanidad, cuando hemos mentido o cuando comprometimos el bienestar de nuestra familia sin pensar en las consecuencias. Danos humildad para reconocerlo y voluntad para cambiar.

Escucha el clamor de quienes están sufriendo abuso. Protégelos, abre caminos de ayuda y rodéalos de personas que puedan acompañarlos. Dales valor para buscar protección y orientación.

Fortalece al que ha perdido la esperanza. Que encuentre consuelo en ti y compañía en medio de su dolor. Ayúdanos a estar atentos al que está sufriendo y a no dejarlo solo.

Enséñanos a responder por nuestras obligaciones legítimas, a reparar el daño que hemos causado y a hablar con verdad dentro de nuestra casa. Que nuestra fe se refleje también en nuestra manera de administrar.

Guarda del abuso y de la codicia el corazón de quienes prestan. Danos compasión para escuchar al necesitado y generosidad para ayudarlo a levantarse.

Señor, queremos aprender de esta situación. Danos paz para enfrentarla, prudencia para decidir y perseverancia para sostener los cambios. En el nombre de Jesús. Amén.

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