¿Conoce usted personas a las que nunca les es suficiente? Trabajan, producen, compran, acumulan. Y cuando parece que ya podrían detenerse un poquito a disfrutar lo que tienen, encuentran otra razón para seguir corriendo.
También hay personas que están sentadas con la familia un domingo por la tarde, pero su cabeza ya llegó al lunes. Todavía no empieza la semana y ya se echaron encima los problemas del martes, del miércoles y del jueves. El cuerpo está en la casa; la mente sigue trabajando.
Ahora piense en alguien que sabe cerrar su jornada y estar presente. Un hombre que puede pasar del modo trabajador al modo papá, esposo, amigo. Una mujer que termina sus responsabilidades laborales y tiene espacio para compartir con los suyos. Tienen mucho o tienen poco, pero saben disfrutar la vida que Dios les dio.
¿Qué recordarán nuestros hijos? ¿Solamente que había cosas en la casa, o también que había tiempo para ellos?
Hoy quiero que revisemos una pregunta que puede incomodarnos: ¿estamos trabajando para sostener la vida o estamos entregando la vida entera al propósito de tener más?
El hombre que siempre necesitaba un granero más grande
Jesús contó una parábola que nos ayuda a mirar el corazón detrás de nuestras decisiones económicas.
Lucas 12:16-21 — Reina-Valera 1909
«Y refirióles una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había llevado mucho; Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿qué haré, porque no tengo donde juntar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis alfolíes, y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis frutos y mis bienes; Y diré á mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate.
Y díjole Dios: Necio, esta noche vuelven á pedir tu alma; y lo que has prevenido, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico en Dios».
Los alfolíes son los graneros. A este hombre le había ido muy bien: la tierra produjo tanto que ya no tenía dónde almacenar la cosecha. Su respuesta fue derribar lo que tenía y construir algo más grande. Después, pensaba él, llegaría el momento de descansar y disfrutar.
Observe dónde puso su seguridad: en lo que había acumulado. Hizo planes para muchos años, pero no era dueño de la vida con la que contaba para disfrutarlos. Jesús termina señalando el problema de hacer tesoro para uno mismo sin ser rico en Dios.
En el devocional llevé esa escena a algo que conocemos por aquí: las fábricas y los almacenes de calzado de Bucaramanga. Usted comienza un negocio y la bodega le parece inmensa. Con el tiempo aumenta la producción, llegan los pedidos y lo que antes sobraba empieza a faltar.
Hasta ahí estamos hablando de crecimiento. La pregunta aparece cuando ese crecimiento empieza a exigirle todo: el tiempo con los hijos, la conversación con su esposa, la visita a su madre, el descanso y la relación con Dios.
Y entonces viene la promesa: «Cuando termine esta ampliación, ahí sí descanso». Pero termina una y aparece otra. Llega a la meta y mueve la meta un poquito más allá.
Esa repetición es una aplicación de la parábola a nuestra vida: podemos acostumbrarnos tanto a perseguir el siguiente granero que nunca llega el día de disfrutar lo que ya tenemos. La historia bíblica nos confronta con algo todavía más profundo: ninguna cantidad de bienes puede asegurar nuestra vida ni ocupar el lugar de Dios.
Aprender a decir: es suficiente
Hay una frase que necesitamos aprender a pronunciar con tranquilidad: «Es suficiente».
«¿Podría hacer más dinero?». Tal vez sí. «¿Podría aceptar otro negocio?». Puede ser. Pero también tengo una familia, unas responsabilidades delante de Dios y una vida que no puedo dejar siempre para después.
El asunto se vuelve serio cuando ya no puedo ir a ver jugar a mi hijo, sentarme a tomar un helado con él o conversar sin afán con mi esposa porque siempre hay algo que produce más plata. Cuando nunca encuentro tiempo para visitar a mi madre, pero sí para una nueva oportunidad de negocio, debo revisar mis prioridades.
No todas las jornadas largas nacen de la ambición. Hay personas haciendo grandes esfuerzos para cubrir lo necesario. La pregunta de este mensaje apunta al corazón que, aun teniendo suficiente, sigue sacrificando lo importante porque nunca consigue estar satisfecho.
También conozco la tentación de comparar. Durante el devocional miraba las personas conectadas y pensaba en cuántas más podrían estar escuchando. Uno puede estar hablando de los graneros ajenos y, al mismo tiempo, mirando el propio para ver cómo lo hace más grande. Por eso esta reflexión también me corresponde a mí.
Aprender a decir «es suficiente» requiere madurez. Implica reconocer que hay oportunidades buenas que no tenemos que aceptar todas, y ganancias que pueden costarnos demasiado en otras áreas.
Si para tener más tengo que dejar de cuidar lo que realmente importa, necesito detenerme y revisar qué estoy llamando prosperidad.
La fe también se expresa en nuestra economía
En el mensaje lo repetí varias veces: para el cristiano, la economía es un asunto de fe.
Las cuentas tienen su lugar. Hay que administrar, cumplir y cuidar los recursos. Pero una hoja de cálculo no puede decidir por nosotros cuánto vale acompañar a un hijo o actuar con integridad. Allí también se revela en quién estamos confiando.
Piense en el empresario al que le proponen un negocio torcido. Puede parecer muy rentable, pero exige mentir, maquillar las cuentas o dejar de pagar lo justo. La fe se vuelve concreta cuando esa persona dice: «Yo dependo de Dios. No voy a hacer esto».
Esa decisión puede cerrar una oportunidad. Y, aun así, sigue siendo la decisión correcta. Confiar en el Señor incluye obedecerlo cuando la desobediencia parece producir mejores resultados.
La fe también se expresa en la capacidad de compartir. Si todo lo que llega a nuestras manos tiene que quedarse allí, si la necesidad de otra persona siempre nos estorba, necesitamos examinar el lugar que el dinero está ocupando en nuestro corazón.
Trabajar con diligencia, administrar con responsabilidad, ser generosos y confiar en Dios pueden caminar juntos. La fe nos ayuda a darle a cada cosa su lugar y a reconocer que nuestra seguridad no descansa solamente en nuestra habilidad para producir.
Delegar para estar presentes
Hay un detalle precioso en la historia de David. Su padre le encargó llevar alimento a sus hermanos, y el relato cuenta qué hizo antes de salir.
1 Samuel 17:20 — Reina-Valera 1909
«Levantóse pues David de mañana, y dejando las ovejas al cuidado de un guarda, fuése con su carga, como Isaí le había mandado; y llegó al atrincheramiento del ejército, el cual había salido en ordenanza, y tocaba alarma para la pelea».
Antes de irse, dejó las ovejas al cuidado de alguien. No las abandonó. Atendió la responsabilidad que tenía y pudo responder a otra.
El pasaje forma parte del relato de David antes de enfrentar a Goliat. Ese detalle nos permite hacer una aplicación sencilla a nuestras ocupaciones: aprender a delegar puede ayudarnos a estar presentes sin actuar con descuido.
Su niña tiene una presentación en el colegio. Su hijo juega un partido. Su esposa necesita un rato de conversación. ¿Puede organizarse, dejar a alguien encargado y estar allí?
De pronto ese día vende menos. De pronto la persona encargada no hace todo exactamente como usted. Pero acompañar a su familia también merece un espacio en la agenda.
Yo guardo fotos y videos de mis hijos: cuando estaban pequeños, sus disfraces, sus presentaciones, esos momentos que después uno vuelve a mirar con tanto cariño. Hay una riqueza en esos recuerdos que no aparece en la contabilidad.
Para tenerlos hubo que estar. Hubo que sacar tiempo, dejar otras cosas por un rato y acompañarlos.
La vida es dinámica. Los hijos crecen, llegan nuevas etapas y cambian las necesidades de la familia. Por eso también necesitamos revisar nuestra manera de trabajar. Lo que ayer funcionaba puede requerir ajustes hoy.
No deje todas las conversaciones, todos los paseos y todos los abrazos para cuando el negocio ya no lo necesite. Aprenda a organizarlo de una manera que le permita vivir también las otras responsabilidades que Dios le ha confiado.
La bendición de Dios no se mide por el carro
Entre los cristianos a veces caemos en dos extremos. Unos hablan como si tener dinero fuera malo en sí mismo. Otros presentan la riqueza como la prueba indiscutible de que Dios está bendiciendo a una persona.
Ambas maneras de mirar la vida necesitan ser revisadas.
Vemos a alguien que antes tenía un carrito viejo y ahora maneja una camioneta, y rápidamente decimos: «¡Mire cuánto lo ha bendecido Dios!». Podemos agradecer una mejora material, claro. Pero un cambio de vehículo no nos cuenta toda la historia espiritual de una persona.
Yo tuve un Renault 12. En el devocional bromeaba diciendo que era modelo Luis XV: Luis manejaba y quince empujaban. Nos reímos del carrito, pero pensemos seriamente: ¿el amor de Dios por una persona aumenta cuando cambia de carro?
¿Y disminuye cuando tiene que venderlo?
El apóstol Pablo nos enseña a mirar de otra manera la abundancia y la necesidad.
Filipenses 4:11-13 — Reina-Valera 1909
«No lo digo en razón de indigencia, pues he aprendido á contentarme con lo que tengo.
Sé estar humillado, y sé tener abundancia: en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura como para hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».
La última frase se cita muchísimo, pero debemos escuchar también las anteriores. Pablo habla de aprender a vivir en circunstancias distintas, sostenido por Cristo. Habla de abundancia y también de necesidad.
Hay días de vacas flacas. Pasar por ellos no significa que Dios nos ame menos. Y hay temporadas de abundancia que también requieren madurez para que lo recibido no se convierta en el centro de nuestra existencia.
Necesitamos aprender ambas cosas: tener sin volvernos esclavos de lo que tenemos, y atravesar la escasez sin concluir que hemos dejado de ser amados por Dios.
Por eso necesitamos una enseñanza cristiana que nos llame a obedecer, a examinar nuestro pecado y a mirar a Cristo. Si solamente queremos escuchar promesas de dinero, podemos terminar buscando mensajes que alimenten nuestra ambición en vez de permitir que Dios transforme nuestro corazón.
Lo que Jesús enseña sobre nuestras preocupaciones
En el devocional utilicé una imagen: la cadena de las bendiciones. Muchas veces ponemos los bienes materiales en el primer eslabón y organizamos todo lo demás alrededor de ellos. Jesús nos invita a revisar ese orden.
Escuchemos el pasaje que desarrollamos:
Mateo 6:25-34 — Reina-Valera 1909
25 «Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué habéis de comer, ó que habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?
27 Mas ¿quién de vosotros podrá, congojándose, añadir á su estatura un codo?
28 Y por el vestido ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan;
29 Mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fué vestido así como uno de ellos.
30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más á vosotros, hombres de poca fe?
31 No os congojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, ó qué beberemos, ó con qué nos cubriremos?
32 Porque los Gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
34 Así que, no os congojéis por el día de mañana; que el día de mañana traerá su fatiga: basta al día su afán».
Jesús habla de necesidades reales: comer, beber, vestirse. Y nos recuerda que nuestro Padre sabe que las tenemos. Su enseñanza nos invita a confiar en él y a darle a nuestra vida un propósito que vaya más allá de conseguir esas cosas.
A veces abrimos la nevera y, aunque hay alimento para hoy, sentimos que no tenemos suficiente porque no está llena como quisiéramos. Hemos perdido la capacidad de agradecer por la provisión que sí está allí.
Por eso les he repetido en los devocionales: no pierdan la capacidad de sorprenderse con las cosas sencillas.
Jesús nos dice que miremos las aves. Aquí en la finca me gusta observarlas y fotografiarlas. Hay de distintos colores; algunas parecen vestidas de verde y amarillo, como para ir a apoyar al Bucaramanga. Uno puede detenerse un rato y recordar lo que el Señor está enseñando acerca del cuidado del Padre.
También nos habla de los lirios. Durante el mensaje les mostré las flores del jardín en el que había estado trabajando. Ese color, esa belleza que uno tiene tan cerca… y a veces sale tan afanado que ni siquiera la ve.
Podemos pasar la vida buscando algo más y dejar de apreciar lo que Dios ya ha puesto delante de nosotros.
Luego aparece la preocupación por la ropa. En nuestra vida cotidiana también podemos pensar en las marcas. Esa es una aplicación del mensaje, no una palabra añadida al versículo: la marca de una camisa no determina el valor de quien la lleva.
Cuando Yasmin me conoció, yo también llevaba camiseta de marca: decía Pintuco. Nos podemos reír, pero detrás del chiste hay una pregunta seria. ¿Qué lugar le hemos dado a la apariencia?
Comprar una prenda que nos gusta no es el problema que estoy señalando. El problema aparece cuando, por lucirla, dejamos de atender lo necesario en casa. Cuando hay plata para aparentar, pero las responsabilidades familiares quedan esperando.
Disfrute la ropa, agradezca lo que puede tener y examine lo que está sacrificando por conseguirlo. Que las cosas estén a su servicio, en el lugar que les corresponde.
Buscar primero el reino de Dios
El centro de esta enseñanza está en el orden que Jesús establece: buscar primero el reino de Dios y su justicia.
En el devocional lo expresé con una palabra muy nuestra: la ñapa. Hemos puesto tanto interés en la añadidura que olvidamos aquello que debe ocupar el primer lugar.
Dentro del pasaje, «todas estas cosas» se refiere a las necesidades de las que Jesús viene hablando. No es una promesa de que todos tendremos una camioneta, varias casas o riqueza sin límite. El énfasis está en confiar en el Padre y buscar primero su reino.
Por eso, si alguien escucha este mensaje y piensa: «Entonces voy a dejar de buscar dinero para que Dios me haga rico», todavía tiene el dinero sentado en el primer puesto.
Necesitamos una transformación más profunda: amar al Señor cuando tenemos mucho y también cuando tenemos poco. Obedecerlo en una casa sencilla y en una casa grande. Agradecer con el carrito viejo y con el vehículo nuevo. Que nuestra relación con él no quede condicionada a lo que nos entregue.
¿Es malo tener varias propiedades? El número por sí solo no responde la pregunta. Revisemos el costo que esa búsqueda está teniendo en nuestra vida. Una casa puede servir para cuidar a una familia; la obsesión por conseguir la siguiente puede terminar quitándonos el tiempo para cuidar a esa misma familia.
Además, la esclavitud al dinero no requiere una cuenta llena. También se puede tener poco y vivir dominado por el deseo de poseer más, comparándose y midiendo a los demás por lo que tienen.
Es una actitud del corazón. Por eso esta reflexión nos alcanza a todos.
Y se nota en la casa. Se nota cuando cada conversación termina en una pelea por plata. Cuando un padre pretende que sus hijos lo valoren solamente por lo que produce. Cuando el cansancio y el afán se convierten en gritos y humillaciones.
Claro que debemos enseñar a cuidar el agua, los servicios y los recursos del hogar. Podemos hacerlo con firmeza y respeto. Ser quienes pagamos las cuentas no nos autoriza a maltratar a los demás.
Su familia necesita provisión, pero también necesita su presencia, su cuidado y una manera de relacionarse que refleje lo que usted cree.
Pregúntese a cuántas cosas importantes está diciendo que no para seguir persiguiendo algo que nunca le parece suficiente.
Una decisión para poner en práctica hoy
No quisiera que termináramos esta reflexión pensando únicamente en un empresario conocido, en el vecino o en nuestro cónyuge. Hagamos el ejercicio en primera persona.
- Revise qué ha dejado para después. Una visita, una conversación, un tiempo con sus hijos, un espacio para su vida espiritual. Identifique algo concreto que el trabajo ha desplazado una y otra vez.
- Distinga la necesidad del deseo de acumular. Pregúntese para qué quiere lo siguiente que está persiguiendo y qué está entregando a cambio.
- Organice un espacio para estar presente. Si puede delegar, hágalo con responsabilidad. Si necesita ajustar una tarea o un horario, empiece por una posibilidad real.
- Examine su integridad. Ninguna ganancia justifica mentir, hacer un torcido o dejar de cumplir lo que es justo.
- Agradezca y comparta. Reconozca lo que hoy tiene, disfrute las cosas sencillas y mantenga los ojos abiertos a las necesidades de otras personas.
- Revise cómo está tratando a su familia. Si el afán lo ha llevado a herir con sus palabras, reconózcalo, pida perdón y cambie esa manera de actuar.
Entonces, ¿es malo perseguir la riqueza? Trabajar y procurar el sustento tienen un lugar legítimo en nuestra vida. El peligro es convertir la riqueza en la prioridad que dirige todo, desplaza a Dios y se lleva por delante lo que él nos ha confiado.
Aprenda a disfrutar lo que tiene. Aprenda a agradecer en las diferentes temporadas. Lleve sus necesidades al Señor y camine con responsabilidad, sin hacer del dinero la medida de su valor ni del amor de Dios.
En el cierre del devocional volví a mirar la cruz de Cristo. Allí está el centro de nuestra esperanza. Podemos descansar en su obra y aprender a vivir sin tener que demostrar, por medio de nuestras posesiones, que somos amados.
Hoy puede comenzar con una decisión sencilla: poner en su lugar aquello que se le subió al primer puesto. Tal vez descubra que ya tiene mucho por agradecer y algunas personas a quienes necesita volver a dedicarles tiempo.
Oración para ordenar nuestras prioridades
Señor Jesús, ayúdanos a mirar nuestra vida con honestidad. Muéstranos si hemos puesto el corazón en la riqueza y hemos dejado para después nuestra relación contigo y el cuidado de nuestra familia.
Enséñanos a trabajar con responsabilidad, a actuar con integridad y a confiar en ti. Danos sabiduría para administrar, compartir y reconocer cuándo es suficiente.
Que aprendamos a agradecer en la abundancia y a seguir confiando en los tiempos de necesidad. Que lo que tenemos no se convierta en nuestro dueño ni lo que nos falta nos haga olvidar tu amor.
Ayúdanos a buscar primero tu reino y tu justicia. Abre nuestros ojos para disfrutar lo sencillo y estar presentes en la vida de quienes nos has confiado. En tu nombre, Jesús. Amén.
Textos bíblicos: Reina-Valera 1909, de dominio público. La oración final es una adaptación editorial de las enseñanzas del devocional.
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