Vivimos rodeados de personas que pueden fallarnos y nosotros también podemos fallarles. Por eso aprender a dar y pedir perdón no es un detalle opcional: es una práctica indispensable para vivir en paz y conservar nuestras relaciones. Entonces, ¿Por qué es importante perdonar?
Desde que comienza el día aparecen situaciones capaces de poner a prueba nuestra paciencia. Algo no funciona, un hijo desobedece, el cónyuge responde con un tono desagradable o una preocupación ocupa nuestra mente. Si no caminamos en dominio propio, podemos terminar hiriendo precisamente a quienes más amamos.
Vivimos en un mundo de pecadores. Estamos rodeados de personas que nos van a fallar y nosotros también les fallaremos. Por esa razón tendremos que aprender dos movimientos: ofrecer perdón y pedir que nos perdonen.
Jesús mostró la grandeza del perdón durante toda su vida. Incluso en la cruz, mientras sufría la injusticia y la violencia de quienes lo crucificaban, oró: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». El cristianismo nace del perdón que Dios extiende hacia un mundo que no podía salvarse a sí mismo.
Dar y recibir perdón es una de las prácticas esenciales para vivir entre personas imperfectas.
Necesitamos perdonar porque todos podemos fallar
El perdón no es una práctica reservada para situaciones extraordinarias. Forma parte de la mecánica cotidiana de las relaciones humanas. Si vivimos con otras personas, tarde o temprano recibiremos una palabra injusta, una desconsideración o una conducta que nos cause dolor.
También nosotros nos levantaremos algunos días frustrados, distraídos o irritables. Podemos responder con dos piedras en la mano a una pregunta sencilla y después descubrir que la persona que recibió nuestra descarga no tenía la culpa de nada.
Gálatas 5:22-23 incluye la paciencia y el dominio propio dentro del fruto del Espíritu. En los días difíciles necesitamos pedirle al Señor que gobierne nuestras reacciones para no derramar sobre la familia el barril tóxico de nuestra frustración.
Dos aprendizajes inseparables
- Aprender a perdonar cuando alguien nos ofende.
- Aprender a pedir perdón cuando nosotros causamos el daño.
Quien solamente quiere recibir disculpas nunca examina su propia conducta. Quien solamente pide disculpas, pero se niega a perdonar, conserva otra forma de orgullo. La madurez necesita ambos movimientos.
El perdón está en el corazón del evangelio
La cruz es la manifestación más grande del amor y el perdón de Dios. Allí Jesús asumió el castigo del pecado y ofreció gracia. Cada vez que nos resulte imposible imaginar cómo perdonar, necesitamos volver a mirar esa escena.
El Señor no nos pide algo que él mismo se haya negado a hacer. Nos perdonó cuando no lo merecíamos y continúa formando en nosotros el carácter de Cristo. Por eso el perdón no es una simple técnica para mejorar la convivencia; es una expresión del evangelio en la vida diaria.
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Pedir perdón tampoco es un acto de debilidad. La cultura puede enseñarnos que bajar la cabeza nos hace vulnerables y permitirá que otros se aprovechen. La Palabra muestra lo contrario: reconocer una falta requiere valor, humildad y un carácter dispuesto a crecer.
El perdón protege las relaciones que más nos importan
Las ofensas de las personas cercanas pueden doler más porque con ellas hemos abierto el alma. Una palabra del cónyuge puede afectarnos de una manera distinta a la misma palabra pronunciada por un desconocido. También duele profundamente cuando un hijo actúa con ingratitud o cuando un padre deja heridas que permanecen durante años.
El final del Antiguo Testamento habla de volver el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres. Malaquías 4:6 muestra la importancia que Dios concede a la reconciliación entre generaciones.
Sin perdón, la familia se convierte en un archivo de deudas. Cada conversación nueva abre expedientes antiguos. El hijo recuerda lo que el padre hizo; el padre cobra la ingratitud del hijo; el esposo conserva las faltas de la esposa y ella guarda las de él.
Perdonar no afirma que el daño fue insignificante. Impide que la ofensa continúe gobernando todas las conversaciones y decidiendo el futuro de la relación.
Perdonar también es una asignatura que se aprende
Muchos padres dijeron a sus hijos que debían perdonar, pero no les mostraron cómo hacerlo. Quizá ellos mismos nunca aprendieron. En algunos hogares no existía la costumbre de reconocer una falta, mirar a los ojos y decir: «Me equivoqué. ¿Me perdonas?».
Cuando una persona llega al matrimonio con esa asignatura pendiente, la relación se convierte en un nuevo espacio de aprendizaje. El cónyuge puede ayudarle a entender que la reconciliación necesita una petición de perdón clara y que no basta con esperar que el tiempo borre lo ocurrido.
Dios sigue completando la buena obra que comenzó en nosotros. Utiliza su Palabra, las circunstancias y las personas cercanas para mostrarnos áreas del carácter que necesitan ser pulidas.
Una práctica que debe comenzar en casa
Los padres pueden enseñar a sus hijos a pedir perdón entre hermanos, a recibir una disculpa y a no conservar una deuda para utilizarla después. Ese entrenamiento los prepara para sus futuras amistades, familias y matrimonios.
Dios relaciona el perdón que pedimos con el que ofrecemos
En el Padre Nuestro, Jesús nos enseñó a orar: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». La oración une el perdón que deseamos recibir con la disposición de extenderlo.
«Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6:12).
No podemos acercarnos a Dios reclamando misericordia mientras nos aferramos con orgullo a las deudas de los demás. La parábola del siervo que recibió el perdón de una gran deuda y luego se negó a perdonar una mucho menor muestra esa contradicción.
Hacer del perdón un ejercicio frecuente no significa tratarlo como algo superficial. Significa practicarlo tantas veces que darlo y pedirlo se conviertan en respuestas naturales de una persona que comprende cuánto ha sido perdonada.
Quien vive consciente del perdón de Dios encuentra razones para ofrecer perdón a los demás.
La paciencia nos ayuda a dejar pasar las ofensas pequeñas
No todos los incidentes requieren una larga discusión. A veces un hijo dejó el uniforme arrugado, olvidó una tarea o no comió el desayuno que preparamos. El cónyuge pudo levantarse impaciente o responder mal porque estaba cansado.
Proverbios 19:11 enseña que el buen juicio hace paciente a la persona y que su honra consiste en pasar por alto la ofensa. Hay gloria y avance en decidir que una falta menor no se transformará en una batalla familiar.
«La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa» (Proverbios 19:11).
Pasar por alto no significa guardar el incidente para cobrarlo más adelante. Significa dejarlo pasar de verdad. Para hacerlo necesitamos revisar nuestro enojo y preguntarnos si estamos molestos por las razones correctas.
Antes de reaccionar, examina
- ¿Esta persona realmente causó mi enojo o estoy descargando otra frustración?
- ¿Estoy reaccionando a un hecho o a una preocupación que todavía no ha ocurrido?
- ¿Se trata de una conducta grave o de una ofensa pequeña que puedo soltar?
- ¿Mi respuesta ayudará a corregir o solamente añadirá otro problema?
- ¿Estoy permitiendo que el Espíritu Santo gobierne mi tono y mis palabras?
Primera de Pedro 4:8 nos llama a amarnos profundamente porque el amor cubre multitud de pecados. El amor no niega el mal ni elimina la necesidad de corregir. Evita que convirtamos cada imperfección en una acusación destinada a destruir la relación.
Es importante perdonar sin esperar indefinidamente
En muchos conflictos, ambas personas se sientan a esperar quién dará el primer paso. El ofendido considera que le corresponde al ofensor acercarse. El ofensor se defiende, siente vergüenza o se niega a reconocer lo que hizo. Mientras tanto, los días pasan y la herida crece.
El primer paso debería darlo quien causó la ofensa. Sin embargo, cuando no lo hace, la persona agraviada también puede iniciar una conversación. Eso no significa aceptar la culpa por lo que el otro hizo. Significa actuar como pacificador y buscar la claridad que la relación necesita.
En el Sermón del Monte, Jesús llamó bienaventurados a los pacificadores. Dar el primer paso no nos convierte en la persona débil o tonta de la relación. Delante de Dios demuestra grandeza, humildad y disposición para obedecer.
El ánimo conciliador no debe recaer siempre en una sola persona
En una relación madura, ambos necesitan ejercitarse en buscar la paz. No es sano que una sola persona deba iniciar todas las conversaciones, pedir siempre la reconciliación y cargar permanentemente con la responsabilidad de acercarse.
Efesios 4:26 enseña que no debemos permitir que el sol se ponga mientras permanecemos enojados. No alimentemos durante días un conflicto que podemos comenzar a resolver hoy.
Pedir perdón sin esperas, excusas ni condiciones
Cuando reconocemos que causamos el daño, necesitamos hablar primero con Dios. Podemos pedirle que nos permita ver nuestro pecado con claridad, que quite la defensa del ego y que nos dé palabras honestas.
El Espíritu Santo convence de pecado. Nuestra mente, en cambio, suele minimizar la culpa y fabricar explicaciones para que no nos sintamos tan responsables. Por eso no debemos engañarnos a nosotros mismos.
Una petición de perdón pierde su fuerza cuando empieza con una condición: «Si en algo pude ofenderte». También queda vacía cuando añadimos una excusa: «Perdóname, pero venía enojado por el trabajo» o «el diablo me tentó».
Las circunstancias pueden explicar parte del contexto, pero no sustituyen la responsabilidad. Tampoco debemos buscar un chivo expiatorio en la familia, los compañeros, el temperamento o los consejos recibidos.
Una manera directa de pedir perdón
«Perdóname. Lo que dije estuvo mal y no debí hacerlo. Reconozco que te causé dolor. Estoy arrepentido y he venido a pedirte que me perdones».
Es natural que la carne se resista. Podemos sentir un nudo en la garganta, tensión o temor a quedar vulnerables. También podemos recordar voces que nos enseñaron a no dar nunca el brazo a torcer. En ese momento necesitamos prestar más atención a la voz del Espíritu Santo que al orgullo.
Por qué el perdón no debe seguir esperando
- Porque todos fallaremos y necesitaremos tanto dar como recibir perdón.
- Porque la cruz muestra que el perdón está en el centro de la vida cristiana.
- Porque el rencor convierte las relaciones en archivos de deudas.
- Porque los conflictos sin resolver contaminan al matrimonio y a la familia.
- Porque Dios desea reconciliar el corazón de padres e hijos.
- Porque el perdón que pedimos está relacionado con el que ofrecemos.
- Porque pasar por alto ciertas ofensas demuestra paciencia y buen juicio.
- Porque dar el primer paso es una obra de pacificación, no una derrota.
- Porque reconocer una falta nos hace crecer en humildad y carácter.
- Porque esperar indefinidamente permite que el enojo y la amargura echen raíces.
Preguntas frecuentes
¿Por qué debo perdonar si yo no tuve la culpa?
Perdonar no significa asumir la culpa ajena. Significa renunciar a la venganza, entregar la deuda en manos de Dios y evitar que la ofensa continúe gobernando tu corazón.
¿Dar el primer paso significa aceptar que el otro tenía razón?
No. Puedes iniciar una conversación sin negar lo ocurrido. Dar el primer paso significa buscar la paz y crear un espacio donde ambos puedan reconocer sus responsabilidades.
¿Siempre debo pasar por alto una ofensa?
No todas las faltas son iguales. Algunas pueden soltarse con paciencia. Las conductas graves, repetidas o destructivas necesitan conversación, corrección y rendición de cuentas.
¿Cómo sé si estoy pidiendo perdón correctamente?
Una petición sincera reconoce la conducta específica, no utiliza condiciones, no presenta excusas, no culpa a terceros y expresa arrepentimiento por el daño causado.
Oración para dar y pedir perdón
Padre, gracias porque en Cristo me mostraste la expresión más grande del perdón. Ayúdame a recordar cuánto he sido perdonado cuando alguien me cause dolor.
Dame paciencia y dominio propio para no convertir cada ofensa en una batalla. Muéstrame si mi enojo tiene una razón correcta o si estoy derramando sobre otros una frustración que no les corresponde.
Concédeme valor para dar el primer paso. Si yo he causado el daño, quita mis excusas y condiciones. Permíteme reconocer mi falta, mirar a la persona y pedir perdón con humildad.
Que el perdón sea parte de mi vida, mi matrimonio y mi familia. Hazme un pacificador que sabe recibir misericordia y también ofrecerla. Amén.
Hoy volverán a aparecer oportunidades para perder la paciencia, herir o conservar una ofensa. También aparecerán oportunidades para hacer algo diferente: dejar pasar, conversar, pedir perdón y perdonar.
No esperes a sentirte completamente preparado. Haz lo que te corresponde. Mira nuevamente la cruz, escucha la dirección del Espíritu Santo y comienza la conversación que puede devolver paz a una relación importante.
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