El conflicto no destruye necesariamente un matrimonio. Lo que puede destruirlo es competir para vencer al cónyuge, reemplazar el arrepentimiento con regalos o dejar los problemas sin resolver. Aprendamos más sobre los errores más comunes del matrimonio.
Muchas personas llegan al matrimonio pensando que una discusión es un pulso. Creen que debe existir un vencedor y un vencido, alguien que tenga la razón y alguien que termine derrotado. Mientras pensemos así, siempre habrá una persona con la posibilidad de herir a la otra.
La meta de una conversación matrimonial no es ganar la partida. La meta es resolver el problema para que ambos ganen, aprendan y puedan seguir adelante. Hay ocasiones en las que debemos dejar de preguntar quién tuvo la culpa y comenzar a preguntar qué necesitamos hacer para reparar lo ocurrido.
En este devocional continuamos examinando los actos destructivos de una discusión. Después de hablar sobre la agresividad, aparecen otros errores frecuentes: no ceder jamás, comprar el perdón y evitar la confrontación. Parecen caminos diferentes, pero todos tienen algo en común: nos permiten escapar de la responsabilidad de escuchar, reconocer y cambiar.
Hay personas que se concentran más en tener la razón que en resolver el problema.
Primer error: convertir la discusión en una competencia
Algunas personas crecieron escuchando: «No se deje de nadie», «si le da ventaja a su marido, se aprovechará» o «usted tiene que aprender a defenderse». Quienes pronunciaban esas frases probablemente tenían una buena intención. No querían que sus hijos sufrieran como ellos habían sufrido.
El problema es que terminamos interpretando cada diferencia como un campo de guerra. Ceder parece debilidad. Reconocer una falta parece entregar las armas. Escuchar parece darle ventaja al enemigo. Entonces entramos a la conversación preparados para demostrar que tenemos la razón.
La Palabra de Dios propone algo distinto. Nos llama a no tomar venganza, a ofrecer una respuesta amable, a caminar en humildad y a mirar primero la viga en nuestro propio ojo antes de señalar la paja en el ojo ajeno. Esos principios permiten que dos personas entren desarmadas a una conversación.
La pregunta equivocada
«¿Cómo hago para ganar esta discusión?».
La pregunta correcta es: «¿Qué necesitamos reconocer y cambiar para que los dos podamos salir adelante?».
Cuando el problema se resuelve, ambos ganan. Tal vez uno de los dos deba reconocer que se equivocó más, pedir perdón o cambiar una conducta. Eso no lo convierte en el perdedor. El verdadero fracaso sería conservar el orgullo mientras la relación sigue herida.
Esta enseñanza forma parte de la serie sobre cómo resolver problemas matrimoniales. Cada conversación debe acercarnos a la verdad y la reconciliación, no a una ceremonia de premiación para decidir quién argumentó mejor.
Aprende a entrar vulnerable a la conversación
Ser vulnerable no significa permitir maltrato ni renunciar a expresar lo que pensamos. Significa entrar a la discusión sin la obligación de ganarla a cualquier precio. Es estar dispuestos a bajar la cabeza, escuchar y aceptar que existe una posibilidad real de que estemos equivocados.
En lugar de comenzar con una sentencia definitiva —«yo tengo la razón y ahora voy a demostrarlo»— podemos orar: «Señor, ayúdame a descubrir lo que no estoy viendo. Permíteme escuchar el dolor y la posición de mi cónyuge».
Escuchar atentamente no es permanecer en silencio mientras preparamos la siguiente defensa. Podemos parecer concentrados y, por dentro, estar organizando el próximo argumento. La escucha cristiana pregunta sinceramente: «¿Será verdad lo que me está diciendo? ¿He venido haciendo esto sin darme cuenta?».
Antes de responder, revisa
- ¿Estoy intentando comprender o solamente esperando mi turno para hablar?
- ¿Le he dado alguna posibilidad a que mi cónyuge tenga razón?
- ¿Puedo repetir lo que me dijo sin tergiversarlo?
- ¿Estoy defendiendo una conducta que sé que estuvo mal?
- ¿Qué parte de esta situación me corresponde reconocer?
No culpes al diablo por una decisión que tomaste tú
Una forma muy espiritual de escapar de la responsabilidad es decir: «El diablo me tentó», «Satanás se metió en la discusión» o «no pude aguantar». Esa explicación puede repetir la actitud de Adán cuando culpó a la mujer y, finalmente, a Dios por haberla puesto a su lado.
Primera de Corintios 10:13 enseña que Dios es fiel, que no permitirá una tentación superior a lo que podemos soportar y que junto con la tentación dará una salida. En medio de una discusión también existe una salida: callar antes de herir, pedir una pausa, orar, escuchar, reconocer la falta o abandonar el deseo de ganar.
«Dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Corintios 10:13).
Si gritamos, insultamos o mentimos, debemos reconocer nuestra decisión. El enemigo puede tentar, pero no puede obligarnos. Dios no nos pide algo imposible cuando nos llama a responder con dominio propio.
Hay personas que parecen tener el cuello de un boxeador: nunca inclinan la cabeza. Se justifican aun cuando la falta ha sido demostrada. Buscan un chivo expiatorio, una circunstancia o una frase del cónyuge que les permita evitar las palabras más sencillas y poderosas: «Me equivoqué».
Cómo pedir perdón sin comprarlo ni justificarlo
Cuando necesitamos pedir perdón, no debemos convertir la disculpa en otra argumentación. Una frase como «perdóname, pero tú también…» deja de ser un reconocimiento y vuelve a presentar la acusación.
Una disculpa que ayuda a reparar
«Me equivoqué. Lo que hice estuvo mal. Entiendo que te causó dolor. No tengo una excusa para justificarlo. Por favor, perdóname. Dime qué debo hacer para corregir esta falta».
También los padres necesitan decirlo. Los hijos, con el paso de los años, descubren que papá y mamá no eran invulnerables. Recuerdan nuestras reacciones y reconocen errores que quizá nunca admitimos. Decirle a un hijo «aquella vez me equivoqué y quiero pedirte perdón» no debilita la autoridad; muestra integridad.
La vulnerabilidad permite que la otra persona vea un corazón dispuesto a aprender. El orgullo levanta un muro para ocultar el miedo. El arrepentimiento abre una puerta para que comience la reparación.
Segundo error: comprar el perdón con regalos
Hay personas que después de fallar no se sientan a conversar. Pasan dos o tres días en silencio y luego aparecen con una joya, un viaje, un teléfono, una comida especial o cualquier cosa que saben que el cónyuge desea.
Al comienzo el gesto puede parecer romántico. Con el tiempo produce dolor porque la persona siente que quieren comprarla. El regalo se convierte en una preparación para la próxima falta: el agresor aprende que puede comportarse como quiera y compensarlo después con dinero.
Esta práctica no pertenece solamente a quienes tienen mucho poder adquisitivo. Puede aparecer en cualquier hogar. Para unos será un viaje costoso; para otros, una salida de fin de semana, una comida, unas sandalias o una ayuda económica a la familia del cónyuge. El valor cambia, pero la intención es la misma: entregar algo para no tener que reconocer lo ocurrido.
Un regalo puede acompañar una reconciliación, pero nunca puede reemplazar el arrepentimiento, la conversación y el cambio.
Hebreos 12:15 advierte sobre las raíces de amargura. Un problema tapado con regalos parece desaparecer por unos días, pero la raíz permanece. Más adelante vuelve a brotar porque nunca hubo una conversación verdadera ni una transformación de la conducta.
Cuando los padres sustituyen presencia con cosas
El mismo error puede aparecer en la crianza. Un padre ocupado paga el mejor colegio, compra la bicicleta, la moto o el teléfono y utiliza esas posesiones como prueba de que está cumpliendo bien su función. Sin embargo, el hijo quizá necesita compañía, conversación, ayuda con una tarea o escuchar una petición de perdón.
Comprar algo bueno para los hijos no es malo. El peligro está en usar la capacidad económica como sustituto de la presencia. Las cosas no llenan todos los vacíos y tampoco reparan por sí solas una relación.
Tercer error: evitar la confrontación y dejar el asunto así
Una de las prácticas más peligrosas parece, a primera vista, muy pacífica: evitar toda confrontación. La persona dice: «Dejemos así», «¿para qué le digo?», «ya sé que no va a cambiar» o «me cansé de hablar con él».
No debemos buscar peleas, pero tampoco huir de las conversaciones necesarias. El conflicto forma parte de un matrimonio dinámico. Dos personas distintas tendrán desacuerdos durante toda la vida. Aprender a resolverlos con respeto permite que la relación crezca.
Dejar el asunto sin resolver no lo elimina. La raíz queda en la tierra y vuelve a brotar. Por eso Hebreos 12:15 nos llama a cuidarnos de la amargura. Cuando el problema todavía es pequeño, podemos llegar hasta la raíz mediante una conversación sincera.
No confundas perseverancia con tolerar abuso
No cansarse de hacer el bien no significa soportar golpes, amenazas, coerción o peligro. Ante cualquier forma de violencia, priorice la seguridad propia y de los hijos, y busque ayuda pastoral, profesional y de las autoridades correspondientes.
Gálatas 6:9 dice que no debemos cansarnos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos si no desmayamos. La paciencia cansa. Volver a conversar cansa. Amar con perseverancia cansa. Por eso necesitamos pedirle fuerzas a Dios, no declarar que el cambio es imposible.
El cansancio y el miedo suelen trabajar juntos. Pensamos: «¿Para qué le hablo si se va a enojar, va a tirar la puerta o se va a ir?». Con el tiempo, el matrimonio se acomoda alrededor de lo que nunca se habla. Ya no existe una paz verdadera, sino una gelatina que tomó la forma de los problemas.
Unidad no significa pensar exactamente igual
Un matrimonio sano necesita conservar la esencia de cada persona. Los cónyuges pueden tener opiniones políticas distintas, gustos diferentes, maneras particulares de trabajar y posiciones que no siempre coinciden. El amor no exige que uno deje de pensar para repetir todo lo que el otro dice.
Cuando dos personas piensan exactamente igual en absolutamente todo, es posible que una de las dos haya dejado de expresar lo que realmente cree. La armonía no consiste en anular la contraparte, sino en aprender a debatir con ideas y respeto.
La imagen de dos bueyes bajo un mismo yugo ayuda a entenderlo: ambos necesitan empujar. Si uno carga todo el peso y el otro simplemente responde «lo que usted diga», el arado terminará torcido y uno de los dos se cansará.
Tampoco es correcto aparentar acuerdo y esperar a que el cónyuge se descuide para hacer lo que queríamos. Eso no es evitar una discusión; es actuar a espaldas de la persona con quien debíamos construir una decisión.
El objetivo es llegar a un acuerdo verdadero
Si uno piensa «arriba» y el otro piensa «abajo», deben sentarse, presentar sus razones, escuchar, negociar y buscar luz. No se trata de huir del problema, imponer una voluntad ni simular obediencia. Se trata de empujar juntos hasta encontrar una decisión que proteja a la familia.
Qué hacer frente a estos errores
- Entra a la conversación para resolver, no para vencer.
- Reconoce que existe una posibilidad real de que estés equivocado.
- Escucha sin preparar simultáneamente tu siguiente defensa.
- No culpes al diablo, al cónyuge o a las circunstancias por tus decisiones.
- Pide perdón sin añadir un «pero».
- No reemplaces el arrepentimiento con regalos, dinero o viajes.
- Habla de los asuntos pequeños antes de que produzcan una raíz de amargura.
- No evites una conversación solamente por cansancio o miedo a la reacción.
- Respeta la esencia, las ideas y los gustos diferentes de tu cónyuge.
- Busca un acuerdo real; no aparentes ceder para actuar después a escondidas.
Preguntas frecuentes
¿Ceder en una discusión significa que perdí?
No. Reconocer una falta, cambiar de opinión o aceptar una mejor propuesta puede ser una señal de madurez. Cuando el problema se resuelve y la relación es protegida, ambos ganan.
¿Está mal dar un regalo después de una discusión?
El regalo no es el problema. Puede acompañar una reconciliación sincera. Se vuelve dañino cuando sustituye la conversación, la petición de perdón y el cambio de conducta.
¿Todas las diferencias deben hablarse inmediatamente?
No siempre en el mismo instante. Una pausa puede ser necesaria para recuperar el dominio propio. Lo importante es acordar cuándo retomarán el tema y no utilizar la pausa para abandonar el problema.
¿Un buen matrimonio debe tener pocas discusiones?
No necesariamente. La ausencia de discusiones puede indicar paz, pero también miedo, indiferencia o anulación. Lo importante es que las diferencias se traten con verdad, respeto y disposición para llegar a acuerdos.
Oración para resolver los conflictos con humildad
Señor, perdóname por las veces en que he convertido una conversación con mi cónyuge en una competencia que necesito ganar.
Ayúdame a entrar desarmado y vulnerable. Permíteme escuchar lo que no quiero escuchar, reconocer lo que no he querido admitir y pedir perdón sin excusas.
No permitas que utilice regalos, dinero o atenciones para reemplazar un arrepentimiento verdadero. Dame valor para enfrentar las conversaciones necesarias y sabiduría para no dejar crecer raíces de amargura.
Enséñame a respetar la esencia y las diferencias de la persona que pusiste a mi lado. Que podamos empujar juntos, llegar a acuerdos y resolver cada problema de una manera que nos permita ganar a los dos. Amén.
El conflicto no es necesariamente enemigo del matrimonio. Puede ayudarnos a crecer, conocernos, corregirnos y aprender a amar mejor. Lo destructivo es la manera orgullosa, evasiva o manipuladora de resolverlo.
No le tengas miedo a las discusiones; aprende a tenerlas bien. Deja de competir, no compres el perdón y no abandones el asunto. Escucha, reconoce, cambia y busca una solución en la que el matrimonio —no el orgullo— sea el verdadero ganador.
Ayúdenos a continuar compartiendo estos devocionales
Si esta enseñanza ha sido útil para su matrimonio y su familia, puede apoyar la producción de nuevos contenidos cristianos.
José Ordóñez Cristiano · Devocionales para la familia