Una discusión puede terminar por fuera y continuar durante horas dentro de la cabeza. Allí levantamos un tribunal, presentamos pruebas, llenamos los vacíos con conjeturas y casi siempre dictamos una sentencia a nuestro favor. La argumentación en el conflicto matrimonial mal llevada puede terminar en dolorosos fracasos. Aquí te vamos a ayudar.
Hoy vamos a continuar hablando acerca del conflicto matrimonial y, particularmente, acerca de la argumentación. Cuando tenemos una discusión, cada uno posee sus ideas, sus razones y su punto de vista. Utilizamos argumentos para atacar, defendernos, fijar una posición y explicar lo que, desde nuestra perspectiva, está sucediendo.
Hay personas que son muy buenas para argumentar. Saben hablar, debatir, mezclar ideas y encontrarle la vuelta a cada frase. El problema es que alguien puede argumentar maravillosamente y aun así estar equivocado. Saber defender una posición no convierte esa posición en verdadera.
Yo soy bueno para argumentar. Sé debatir ideas y buscar explicaciones. Pero precisamente por eso debo tener cuidado: una buena capacidad para hablar puede convertirse en un arma peligrosa cuando el orgullo la utiliza para aplastar al cónyuge. La meta de una conversación matrimonial no puede ser demostrar quién sabe hablar mejor, sino encontrar la verdad y resolver el problema.
La argumentación interior nos da la sensación de estar resolviendo el problema, cuando en realidad podemos estar ensayando la próxima pelea.
El tribunal que levantamos en la mente
Romanos 2:15 dice que la conciencia da testimonio y que nuestros pensamientos unas veces nos acusan y otras veces nos defienden. El apóstol Pablo se está refiriendo allí a la ley, la conciencia y el juicio de Dios. Sin embargo, la descripción nos permite reconocer algo que sucede después de una discusión: dentro de la mente levantamos una especie de estrado.
«Su propia conciencia da testimonio, y sus pensamientos unas veces los acusan y otras veces los excusan» (Romanos 2:15).
Si el problema no se resuelve y queda en pausa, la mente sigue trabajando. El esposo se va, la esposa permanece en casa o cada uno continúa con sus responsabilidades, pero la discusión quedó flotando en el silencio. Uno se baña pensando en el problema, desayuna pensando en el problema, conduce pensando en el problema y vuelve al mismo asunto cada vez que encuentra un espacio libre.
Entonces llamamos al cónyuge al banquillo de los acusados. El pensamiento presenta las pruebas. La memoria trae testigos del pasado. La imaginación llena lo que no sabemos. Y nosotros desempeñamos todos los cargos importantes:
- Somos el fiscal que acusa.
- Somos el abogado que defiende nuestra conducta.
- Somos el juez que decide qué vale como prueba.
- Somos el jurado que finalmente dicta la sentencia.
¿Y quién gana en ese tribunal? Casi siempre nosotros. En mi mente es muy difícil que yo pierda. El tribunal está parcializado a mi favor. Mi cónyuge ni siquiera está presente, no conoce el juicio que estoy realizando y no tiene derecho a explicar qué quiso decir.
Un juicio sin derecho a réplica
Mientras más tiempo permanezca el conflicto solamente dentro de mi cabeza, más fácil será convertir una interpretación en prueba y una suposición en sentencia.
La imaginación completa lo que no sabemos
En toda discusión hay espacios vacíos. No sabemos exactamente por qué la otra persona habló así, qué estaba sintiendo, quién le dijo algo o cuál era su intención. Cuando no preguntamos, la mente llena esos espacios con conjeturas.
Empezamos a decirnos: «A la fija habló con la hermana», «seguro la mamá le dio ese consejo», «lo hizo porque quiere controlarme», «se gastó ese dinero porque no le importa la familia» o «me respondió así porque quiere hacerme sentir mal». No tenemos la información completa, pero la imaginación termina el relato.
El peligro es que, conforme pasan las horas o los días, comenzamos a creer nuestras propias conjeturas. Cuando por fin hablamos con el cónyuge, ya no presentamos una pregunta; presentamos una acusación. La otra persona se cierra porque la estamos responsabilizando por una historia que quizá nunca sucedió.
Además, las conjeturas trabajan en doble vía. Mientras yo estoy fabricando mi versión de lo ocurrido, mi cónyuge probablemente está construyendo la suya. Al cabo de varios días tenemos dos mentes, dos tribunales y dos colecciones de razones inflando el mismo problema.
Por eso conviene resolver pronto
Efesios 4:26 enseña: «Si se enojan, no pequen. No dejen que el sol se ponga estando aún enojados». Esta expresión no es una invitación a mirar el reloj con angustia. Es una advertencia: corre a resolver el problema antes de que la mente lo llene de supuestos, orgullo y recuerdos antiguos.
Cuando alguien intenta resolver una discusión después de varias semanas, buena parte de la conversación puede terminar dedicada a cosas que nunca ocurrieron. El conflicto original quedó sepultado debajo de interpretaciones, sospechas y asuntos del pasado.
Por eso tampoco ayuda decir: «¿Se acuerda de lo que hizo aquella vez?». Si un asunto fue perdonado y resuelto, no debemos convertirlo en testigo permanente de todas las discusiones futuras. Hay personas que no solamente son histéricas; también son históricas: llevan un archivo completo para abrirlo cada vez que necesitan ganar.
Destruimos argumentos y llevamos cautivo el pensamiento
En 2 Corintios 10:3-5, Pablo estaba defendiendo su ministerio y enfrentando razonamientos que se levantaban contra el conocimiento de Dios. No escribió ese pasaje como un manual matrimonial, pero el principio nos ayuda a examinar lo que hacemos con nuestros pensamientos durante un conflicto.
«Aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo» (2 Corintios 10:3-5).
Tenemos matrimonios como los demás, problemas como los demás y emociones como los demás. Sin embargo, no estamos llamados a resolver nuestras batallas como las resuelve el mundo. No tenemos que repetir la forma en que peleaban nuestros padres, nuestros amigos o la familia en la que crecimos. Debemos resolver el conflicto como lo enseña la Palabra de Dios.
Mientras argumentamos dentro de la mente podemos levantar fortalezas: estructuras hechas de orgullo, acusación, deseos de venganza, recuerdos dolorosos y conclusiones que ya no queremos revisar. Por eso el texto no dice que alimentemos los argumentos, sino que los destruyamos; no dice que le demos rienda suelta a cada pensamiento, sino que lo llevemos cautivo a la obediencia de Cristo.
¿A dónde te lleva la mente cuando estás muy enojado? ¿A huir, abandonar, insultar, vengarte, tirar la puerta o desearle el mal a la otra persona? El hecho de que un pensamiento aparezca no significa que deba quedarse, convertirse en plan o salir por la boca.
No todo pensamiento que llega a mi mente merece convertirse en argumento, y no todo argumento merece salir por mi boca.
Rumiar no es lo mismo que reflexionar
La rumiación toma una idea dolorosa, la repite y la hace circular una y otra vez. La imagen viene de la manera como la vaca devuelve el alimento y vuelve a masticarlo. En la mente ocurre algo semejante: traemos el problema, lo repasamos, lo guardamos por un momento y después lo devolvemos para seguirlo pensando.
No se trata de eliminar el problema ni de fingir que nada sucedió. Tenemos que pensar en lo ocurrido, pero debemos aprender a distinguir entre rumiar y reflexionar.
Rumiar
- Busca culpables.
- Repite las palabras que dolieron.
- Ensaya cómo atacar o defenderse.
- Llena los vacíos con conjeturas.
- Trae asuntos antiguos.
- Aumenta la amargura.
- Quiere ganar la discusión.
Reflexionar
- Busca comprender lo ocurrido.
- Pregunta qué pudo sentir el otro.
- Reconoce la responsabilidad propia.
- Separa los hechos de las suposiciones.
- Piensa cómo reparar el daño.
- Busca una conversación sensata.
- Quiere resolver el problema.
Reflexionar es preguntarme: «¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué respondí de esa manera? ¿Qué estaba viviendo mi esposa? ¿Qué estaba pasando conmigo? ¿Cómo pude haber dado una respuesta blanda en lugar de responder una piedra con otras tres?».
La reflexión incluye un mea culpa. Me permite reconocer que quizá el otro habló mal, pero yo también reaccioné mal. El pensamiento se vuelve constructivo, elimina lo abstracto y se concentra en una salida.
Rumiar hace lo contrario. Mientras más repito el problema, más ácido se vuelve. Pierdo la centralidad, la objetividad y la capacidad de recordar las muchas cosas buenas que mi cónyuge también ha hecho. Al final no estoy preparando una solución; estoy preparando otro barril tóxico para lanzarlo en la siguiente conversación.
El ciclo mental que agranda una discusión
La argumentación interior suele avanzar por varias etapas. Reconocerlas nos permite detener el proceso antes de que llegue a la destrucción.
- El hecho: el cónyuge dijo o hizo algo concreto.
- La interpretación: decido qué significa para mí lo que sucedió.
- La atribución: concluyo por qué lo hizo y qué intención tenía.
- La argumentación: reúno recuerdos y razones que favorecen mi versión.
- La emoción: el enojo, el dolor y la amargura aumentan.
- El ensayo: preparo lo que voy a decir para ganar la conversación.
- La confrontación: regreso a hablar, no para escuchar, sino para presentar mi caso.
Pensemos en un ejemplo sencillo. El cónyuge realiza un gasto sin hablarlo antes. Ese es el hecho. Después aparece la interpretación: «No respeta nuestros acuerdos». Luego llega la atribución: «Lo hizo porque no le importa lo que yo piense». La argumentación busca otras ocasiones parecidas, trae a la familia política y completa la historia. Finalmente, la persona no pregunta por el gasto; llega a juzgar toda la identidad del cónyuge.
La madurez empieza cuando separamos estas partes. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué estoy interpretando? ¿Qué intención estoy atribuyendo sin haber preguntado? ¿Qué pruebas pertenecen al presente y cuáles estoy trayendo de otro conflicto?
Cómo llevar un pensamiento a la obediencia de Cristo
El primer tribunal que debo aprender a dominar es el mío. Cuando alguien llega a consejería suele decir: «Necesito que mi esposa cambie» o «dígame cómo hago para que mi marido cambie». Pero el comienzo correcto es otro: yo tengo que cambiar. Dios se encargará de trabajar con la otra persona.
Cuando descubras que llevas horas argumentando, detente. Háblate por tu nombre si es necesario: «José Bernardo Ordóñez López, esa no es manera de pensar». No se trata de insultarte, sino de recuperar el dominio propio y reconocer que tu mente le pertenece a Cristo.
Examina el pensamiento antes de creerlo
- ¿Esto es un hecho o una conjetura?
- ¿Estoy intentando comprender o solamente acusar?
- ¿Estoy recordando el bien que mi cónyuge también ha hecho?
- ¿Quiero solucionar el problema o quiero que el otro muerda el polvo?
- ¿Este pensamiento obedece a Cristo?
- ¿Puedo convertir esta acusación en una pregunta honesta?
- ¿Qué debo reconocer y pedir perdón?
Pide el dominio propio que produce el Espíritu Santo, según Gálatas 5:22-23. Ora, repasa la Palabra, escucha música que te ayude a cambiar la dirección del pensamiento y decide bendecir en lugar de maldecir. No continúes alimentando una conversación imaginaria que solamente aumenta el enojo.
Después, regresa a resolver. No esperes necesariamente a sentir ganas. La madurez consiste en hacer lo correcto aunque el momento sea incómodo. Quizá tengas que bajar la cabeza, reconocer que hablaste mal, pedir perdón y perdonar lo que la otra persona hizo.
Llevar cautivo el pensamiento no significa negar el dolor ni fingir que nada pasó. Significa impedir que el dolor se convierta en dueño de la mente. Reflexiona para comprender, habla para aclarar y conversa para resolver.
Los conflictos sin resolver frenan la vida
Los matrimonios que viven de problema en problema, resolviendo todo de mala manera, avanzan a menos de la velocidad que podrían. La energía que debería utilizarse para criar a los hijos, organizar la economía, trabajar en proyectos y disfrutar la vida queda atrapada en discusiones interminables.
Cuando Yasmith y yo estamos bien podemos pensar juntos, distribuir tareas, tomar decisiones y avanzar. Cuando la relación se queda plantada en una discusión, todo parece demorarse y hacerse de mala gana. Una casa dividida contra sí misma no puede prosperar.
Resolver no significa que nunca volverá a presentarse otro problema. Significa cerrar correctamente este asunto para poder enfrentar el siguiente sin cargar toda la historia anterior. Se resuelve, se perdona, se aprende y se continúa caminando.
Si quieres repasar el comienzo de esta enseñanza, también puedes leer Cómo dejar de pelear en el matrimonio.
Preguntas frecuentes sobre la argumentación matrimonial
¿Pensar en el conflicto siempre es rumiar?
No. Pensar puede ayudarnos si buscamos comprender los hechos, reconocer nuestra responsabilidad y preparar una solución. Se convierte en rumiación cuando repetimos el agravio, alimentamos acusaciones y no avanzamos hacia una acción constructiva.
¿Llevar cautivo el pensamiento significa ignorar lo sucedido?
No. Significa examinar el pensamiento y someterlo a la verdad y al carácter de Cristo. El problema debe hablarse, pero sin permitir que las conjeturas, la venganza o el orgullo gobiernen la conversación.
¿Por qué es peligroso dejar pasar demasiado tiempo?
Porque la mente empieza a completar lo desconocido, ensaya argumentos y mezcla el problema presente con heridas antiguas. Resolver pronto reduce el espacio disponible para esas conjeturas.
¿Cómo sé si quiero resolver o solamente tener la razón?
Pregúntate si estás dispuesto a escuchar, reconocer un error y aceptar una solución en la que no quedes como ganador. Si necesitas que el otro sea derrotado, probablemente el orgullo ya se apoderó de la conversación.
Oración para ordenar los pensamientos durante un conflicto
La próxima vez que descubras el estrado levantándose en tu mente, detén el juicio. No permitas que la imaginación presente pruebas falsas ni que el orgullo dicte la sentencia. Destruye el argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios y lleva ese pensamiento a la obediencia de Cristo.
No rumies: reflexiona. No ensayes la próxima pelea: prepara una conversación. No busques derrotar a tu cónyuge: busca resolver el problema para que el matrimonio pueda continuar avanzando.
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