El reto de ser mamá

Ser mamá implica mucho más que atender necesidades y corregir conductas. Una conversación sobre el cansancio, la presencia emocional, la crianza con fe y la responsabilidad de acompañarnos como padres. En El reto de ser mamá encontrarás consejos prácticos para la crianza de tus hijos.

Hace unos días le hice una pregunta a mi esposa: ¿cuál es una de las mayores preocupaciones que encuentra hoy entre las mujeres a las que escucha y aconseja?

Yo pensé que iba a hablarme solamente de dificultades matrimoniales. Pero su respuesta nos llevó a los hijos: muchas mujeres se sienten solas en su trabajo como mamás. Aman a sus hijos, quieren hacer las cosas bien y, al mismo tiempo, están cansadas, preocupadas y necesitadas de apoyo.

De esa conversación nació este devocional. Lo compartimos con Yasmith desde nuestra experiencia como padres de cuatro hijos, con aprendizajes, momentos difíciles y cosas que todavía seguimos comprendiendo.

Ella insistió en una idea que quiero que atraviese todo este artículo: nuestros hijos necesitan que estemos emocionalmente disponibles para ellos. Necesitan orientación, sí. Necesitan cuidado y corrección. Pero también necesitan sentirse escuchados, vistos y comprendidos.

Y esa tarea no puede quedar abandonada sobre los hombros de una mamá que ya está haciendo esfuerzos para sostenerlo todo.

El cansancio cambia con las etapas

Yasmith comenzó recordando que la familia es dinámica. No se viven los mismos retos con un niño pequeño que con un adolescente, y la relación vuelve a cambiar cuando los hijos llegan a la adultez.

Cuando están pequeños, hay noches sin dormir, enfermedades, juegos, comidas y una vigilancia constante. La mamá puede terminar el día físicamente agotada. A medida que crecen, aparecen preocupaciones por sus amistades, sus decisiones y aquello que está pasando en su corazón.

En la conversación ella lo resumió distinguiendo el cansancio físico de los primeros años y el desgaste emocional que puede sentirse después. No significa que uno excluya al otro; es una manera de reconocer que las necesidades cambian y nosotros también necesitamos aprender a acompañarlas.

Con los pequeños vamos construyendo confianza y enseñando límites. Después los acompañamos a practicar lo aprendido. Durante la adolescencia necesitamos seguir presentes, escuchar y orientar mientras van asumiendo más decisiones. Con los hijos adultos, la relación requiere reconocer su autonomía.

No podemos tratar todas esas etapas de la misma manera. Tampoco podemos dar por terminada nuestra relación porque el hijo ya sabe vestirse solo o porque ahora tiene su propia casa.

Tal vez usted está atravesando un momento difícil y piensa: «Yo creía que cuando creciera iba a descansar». Hay nuevos retos, sí. Por eso necesitamos sabiduría, apoyo y disposición para aprender, en lugar de exigirnos tener todas las respuestas desde el comienzo.

Estar cerca y estar disponible

Uno puede estar sentado al lado de su hijo y tener toda la atención en otra parte. Está en la casa, pero está pensando en los pendientes, mirando el teléfono o resolviendo mentalmente lo que viene después.

Yasmith habló de esa presencia que parece estar, pero no termina de llegar al encuentro con el niño. Él intenta contar algo; nosotros respondemos sin escucharlo realmente.

Por eso la pregunta no es solamente cuánto tiempo coincidimos bajo el mismo techo. También necesitamos preguntarnos qué sucede durante ese tiempo.

¿Sé qué le está preocupando? ¿Conozco algo que ahora le gusta? ¿He escuchado cómo le fue con sus amigos? ¿Puede acercarse a contarme una dificultad sin sentir que siempre está interrumpiendo?

En el devocional recordé una expresión de Yasmith: no deberíamos aparecer en la vida de los hijos únicamente para dar órdenes y volver a salir. Necesitamos cultivar una relación que nos permita conocerlos y acompañarlos desde la cercanía.

Esa cercanía no significa invadir cada espacio ni exigir que un hijo adulto nos cuente todo. Significa procurar que exista una puerta abierta, una relación de confianza y un interés sincero por su vida.

Yasmith también hizo una precisión necesaria: estar distraídos o cansados no significa que no amemos a nuestros hijos. Pero sí nos invita a revisar cómo estamos expresando ese amor y qué necesitamos cambiar para poder atenderlos mejor.

Su hijo necesita saber que usted quiere conocerlo, además de saber que quiere corregirlo.

El reto de ser mamáNormas claras y un ejemplo que las respalde

Durante la conversación insistí en algo: ¿cómo va a obedecer un niño una norma que no ha entendido?

A veces damos una instrucción a medias, suponemos que quedó clarísima y después reaccionamos como si la desobediencia fuera la única explicación posible. Vale la pena detenernos y comprobar qué entendió.

También necesitamos mirar nuestro ejemplo. Si pedimos que no grite, ¿cómo nos escucha hablar cuando estamos molestos? Si le enseñamos a respetar, ¿qué trato observa entre papá y mamá?

Educar incluye explicar, repetir, acompañar y mostrar con la conducta aquello que queremos enseñar. En el devocional recordamos este pasaje:

Deuteronomio 6:6–7 — Reina-Valera 1909

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: Y las repetirás á tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes:».

El texto se refiere a las palabras que Dios mandó a su pueblo. Observe el orden: primero están sobre el corazón de quien enseña, y luego se comparten con los hijos en la vida diaria.

La aplicación que recogemos es que la formación espiritual necesita continuidad y ejemplo. Hablar de Dios puede formar parte de una caminata, una conversación antes de dormir o una pregunta que el niño hace al comenzar el día.

En nuestras escuelas para padres hablamos de pastorear el corazón. Con esa expresión nos referimos a ir más allá de conseguir que una conducta se detenga: escuchar qué ocurrió, ayudar al hijo a comprender y acompañarlo a actuar mejor.

La firmeza puede ejercerse con respeto. No necesita golpes, amenazas ni humillaciones para sostener una norma.

Escuchar antes de corregir

Cuando descubrimos una falta, es fácil comenzar por la acusación: «¿Por qué hizo eso? ¡Yo ya le había dicho!». A veces la conversación termina antes de que el hijo alcance a explicar.

En el devocional recordé a jóvenes que, durante mi trabajo pastoral, me decían que no podían contarles sus problemas a sus padres porque esperaban juicio, castigo o golpes. Ese temor nos obliga a revisar cómo estamos recibiendo lo que nuestros hijos intentan decir.

Santiago 1:19 — Reina-Valera 1909

«Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oir, tardío para hablar, tardío para airarse».

Escuchar primero no significa aprobar todo lo que pasó. Significa no apresurarnos a responder desde el enojo antes de comprender la situación.

Yasmith señaló dos extremos que debemos cuidar: una relación concentrada solamente en confrontar y una relación que consuela, pero nunca ayuda a corregir lo que está mal. En su reflexión, la crianza necesita combinar cercanía y orientación.

Un hijo puede saber que ciertas conductas tienen consecuencias y, al mismo tiempo, saber que puede acercarse a sus padres para hablar. Ese es el tipo de confianza que queremos cultivar.

Podemos comenzar preguntando: «Cuéntame qué pasó. ¿Cómo llegaste a esa decisión? ¿Qué necesitas que yo entienda?». Después habrá espacio para señalar lo que estuvo mal y pensar cómo repararlo.

También podemos reconocer nuestro propio tono. Si entramos gritando, quizá necesitamos detenernos, calmarnos y volver a la conversación de una manera que permita escuchar y ser escuchados.

Darle valor a lo que siente su hijo

Hay expresiones que salen casi automáticamente: «No llore por esa bobada». «Otra vez con lo mismo». «Yo también pasé por eso y aquí estoy».

Pero lo que a usted le parece pequeño puede ser muy importante para su hijo. Usted lo está mirando desde su edad y su experiencia; él lo está viviendo con las herramientas que tiene hoy.

Yasmith compartió preguntas que ha usado con sus hijos y que sigue usando cuando conversa con ellos: «¿Cómo te sientes?», «Cuéntame más», «¿Cómo está tu corazón?».

Detrás de esas preguntas hay una disposición: quiero entender lo que te pasa. No voy a ridiculizarte por sentirlo.

Darle valor a una emoción no obliga a aceptar cualquier comportamiento. Podemos escuchar el enojo y seguir enseñando que no se agrede. Podemos comprender la frustración y ayudar a buscar una respuesta distinta.

Yo añadí algo que me parece importante: reconozcamos también los esfuerzos que hacen los hijos. Si están intentando resolver una dificultad, podemos preguntar qué han hecho y animarlos a continuar de una manera adecuada.

Incluso en una tarea cotidiana podemos expresar gratitud. Si el hijo lavó los platos, no hace falta responder: «Eso es lo menos que podía hacer». También podemos decirle: «Gracias por ayudar. Me alegra ver que estás asumiendo tu responsabilidad».

La exigencia y el reconocimiento pueden estar presentes en una misma casa. Corregir lo que falta no debería impedirnos ver lo que el niño está aprendiendo a hacer.

La relación se construye en lo cotidiano

Mientras Yasmith hablaba de conexión, yo le pedía ejemplos. Quería que quien nos escuchara pudiera llevar la enseñanza a la vida diaria.

Recordamos las salidas a jugar voleibol en la playa cuando vivíamos en Estados Unidos. Después del juego venían las caminatas y las conversaciones. En esos momentos hablábamos de distintas cosas con nuestros hijos.

También conté que yo buscaba espacios para conversar con mis hijas sobre relaciones sentimentales y sexualidad. Una cena podía convertirse en una oportunidad para hablar con tranquilidad, escuchar y orientar.

Y estaban las cosas pequeñas: llevarlos a la cama, hacerlos reír al despertarlos, participar en sus juegos. Hasta dejarme pintar las uñas o hacerme peinados cuando todavía tenía pelo.

Con Tatiana hacía un juego: llevaba una bolsa con papelitos y le decía que sacara un nombre. A la persona que saliera le iba a decir cuánto la amaba y le iba a dar besos. Todos los papelitos tenían el nombre de ella.

No cuento esto para que todas las familias hagan exactamente lo mismo. Lo importante es que encontremos maneras de expresar cariño y compartir de verdad. No hace falta un restaurante costoso ni un viaje para tener una conversación significativa.

Puede ser durante la comida, mientras caminan, al jugar juntos o antes de dormir. La pregunta es si estamos disponibles para ese encuentro o si el teléfono y los pendientes se llevan siempre nuestra atención.

En el audio aprovechamos el tema del receso escolar para preguntar cómo habíamos usado las oportunidades de compartir. Esa reflexión puede hacerse en cualquier momento: durante un fin de semana, una tarde o el espacio que la familia logre organizar.

¿Qué descubrí de mi hijo? ¿Qué me contó que yo no sabía? ¿En qué momento disfrutamos estar juntos? Esas preguntas nos ayudan a mirar la calidad del encuentro.

También los padres necesitamos pedir perdón

Durante la conversación compartí algo reciente. Tatiana me había enviado un video de cuando era pequeña: se acercaba a mí con un muñeco mientras yo conversaba con un adulto. Ella intentaba llamar mi atención y yo seguía en lo mío.

Al verlo, le pedí perdón. Me hizo pensar en las veces que quiso jugar, contar algo o acercarse y yo estaba demasiado ocupado para atenderla.

No lo cuento para presentarnos como padres perfectos. Lo cuento porque también nosotros seguimos mirando hacia atrás y reconociendo cosas que pudimos hacer mejor.

Si usted descubre algo así, no tiene que defenderse de inmediato. Puede reconocerlo: «Me doy cuenta de que no te escuché como necesitabas. Lo lamento. Quiero aprender a hacerlo mejor».

Yasmith advirtió que la distancia emocional puede ir construyéndose poco a poco. Si una y otra vez el hijo encuentra desinterés, puede dejar de intentar conversar. Tomemos esa observación como una invitación a examinarnos, sin asumir que conocemos la causa de todo silencio.

Un hijo puede callar por distintas razones. Lo que sí podemos revisar es nuestra parte: ¿lo escucho?, ¿me burlo?, ¿interrumpo?, ¿uso después lo que me contó para avergonzarlo?

Pedir perdón puede abrir una conversación. La confianza, cuando se ha lastimado, necesita además cambios sostenidos y respeto por el tiempo que la otra persona requiera.

Detenerse intencionalmente y buscar a Dios

Yasmith propuso una expresión muy concreta: detenerse intencionalmente. En medio de tantas tareas, hace falta decidir que vamos a prestar atención.

No podemos atender todo al mismo tiempo con la misma disposición. A veces necesitamos dejar el teléfono, interrumpir un pendiente que puede esperar y mirar a la persona que tenemos enfrente.

Ella relacionó esa pausa con nuestra dependencia de Dios y recordó este versículo:

Salmos 46:10 — Reina-Valera 1909

«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios: Ensalzado he de ser entre las gentes, ensalzado seré en la tierra».

El salmo proclama la soberanía de Dios en medio de la agitación de las naciones. En nuestra reflexión pastoral, lo recordamos para volver la mirada al Señor y reconocer que no tenemos que vivir como si todo dependiera de nuestras fuerzas.

También leímos una promesa sobre la sabiduría que necesitamos:

Santiago 1:5 — Reina-Valera 1909

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela á Dios, el cual da á todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada».

Hay situaciones en las que una mamá puede decir con sinceridad: «Señor, no sé cómo hablarle. No sé cómo ayudarlo. Esto me está quedando grande».

Yasmith insistió en que hay batallas que no se resuelven aumentando la discusión. Orar nos lleva a reconocer nuestra necesidad, pedir dirección y examinar la actitud con la que vamos a acercarnos al hijo.

La oración acompaña nuestra responsabilidad: escuchar, establecer límites, buscar apoyo cuando hace falta y hacer los cambios que nos corresponden. No exige que ignoremos un problema ni que dejemos de atender una situación que requiere ayuda.

Y si está agotada, no convierta su cansancio en una acusación contra su fe. En esta conversación también hablamos de cargas reales. Necesitamos acudir a Dios y atender esas cargas con descanso, compañía y apoyo concreto.

Mamá necesita apoyo: somos un equipo

Aquí quiero hablarles a los esposos y a los papás. No podemos pedirle a una mujer que esté tranquila y disponible para sus hijos mientras la dejamos sola con todo.

En el devocional describí una jornada que muchas conocen: levantarse, preparar comida, organizar a los niños, salir a trabajar, volver, atender pendientes de la casa y seguir respondiendo por todos. Al final del día puede quedar muy poca energía.

Antes de decirle que le falta paciencia, revisemos qué estamos haciendo nosotros para acompañarla.

En nuestra familia acordamos una organización en la que yo asumí la provisión económica y Yasmith pudo dedicarse de manera muy cercana a la crianza. Ella habló de esa etapa como una decisión que quiso vivir y por la que está agradecida.

También recordamos que no comenzamos con todo resuelto. Hubo trabajo, dificultades y etapas económicamente duras. La responsabilidad de sostener el hogar necesitó compromiso.

Pero Yasmith fue clara en algo: la conversación no se reduce a si una mujer está dentro o fuera de la casa. Una mamá puede trabajar y cuidar una relación cercana con sus hijos. Su responsabilidad y su presencia no se miden únicamente por el lugar donde pasa parte del día.

Cada familia tiene circunstancias distintas. No todas pueden organizarse con un solo ingreso, y hay madres que crían sin una pareja que las acompañe. Nuestro testimonio no debe usarse para menospreciar esas realidades ni para juzgar el amor de una mamá por su situación laboral.

El llamado es a revisar cómo compartimos la responsabilidad y qué apoyo necesita quien está sobrecargado. Proveer es importante, y también lo es participar en el cuidado, escuchar a los hijos y estar presentes en su formación.

Valoremos el trabajo de crianza. No vale menos porque no venga acompañado de un cargo o un salario. Y ayudemos a que la persona que cuida tenga tiempo y fuerzas para cuidar bien.

Cuando los hijos crecen

Una parte especial de la conversación fue escuchar a Yasmith hablar de la relación que hoy tiene con nuestros hijos adultos.

Ella usó la palabra amistad para describir esa cercanía: conversar, compartir luchas y pedir oración. Yo hice una salvedad sobre no confundir cercanía con permisividad durante la crianza, y ella precisó que se refería a la relación con hijos que ya crecieron y formaron sus hogares.

Esa diferencia importa. Cuando los hijos son pequeños, necesitan que asumamos nuestra responsabilidad como padres. Al llegar a la adultez, podemos cultivar una relación cálida y cercana sin pretender seguir dirigiendo todas sus decisiones.

Yasmith disfruta esa confianza que se ha construido con los años. También reconocimos que hubo momentos tensos y retos. La relación que hoy agradecemos tiene una historia de aprendizaje.

Gálatas 6:9 — Reina-Valera 1909

«No nos cansemos, pues, de hacer bien; que á su tiempo segaremos, si no hubiéremos desmayado».

Esta exhortación a perseverar en el bien también nos anima en la crianza. No es una fórmula que garantice que nuestros hijos tomarán siempre las decisiones que esperamos. Nos llama a continuar haciendo lo que es bueno, aun cuando el resultado no sea inmediato.

Si hoy la relación está difícil, busque qué puede comenzar a reparar. Una conversación humilde, una escucha distinta o un cambio en la manera de tratarse pueden ser pasos importantes. No podemos decidir por el otro, pero sí podemos asumir nuestra parte.

Tres preguntas para comenzar hoy

Yasmith cerró el devocional dejando tres preguntas para examinarnos. Aunque habló especialmente a las mamás, también nos corresponden a los papás:

  1. ¿He descuidado a mis hijos porque el trabajo u otras ocupaciones se han llevado toda mi atención? Revise qué puede reorganizar y qué ayuda necesita, sin desconocer sus responsabilidades reales.
  2. ¿Estoy emocionalmente disponible para ellos? Si hoy su hijo se acerca y dice que necesita hablar, piense cómo suele recibirlo.
  3. ¿Estoy dando prioridad a lo que Dios me ha confiado? Mire si sus decisiones están dejando espacio para escuchar, orientar y compartir.

No se quede solamente con la culpa por lo que faltó. Identifique una acción posible: apartar el teléfono durante una conversación, pedir perdón, compartir una tarea de cuidado, revisar una norma o buscar un momento para jugar y escuchar.

Mamá, usted también necesita ser escuchada y acompañada. Pedir ayuda no borra su amor por sus hijos. Papá, examine cómo puede estar más presente y aliviar las cargas que hoy se están llevando en soledad.

La enseñanza que Yasmith quiso dejarnos es sencilla y profunda: nuestros hijos necesitan dirección, provisión y corrección, y necesitan sentir que los vemos, los escuchamos y queremos comprenderlos.

Si hoy su hijo quisiera abrirle el corazón, ¿encontraría en usted tiempo y disposición para escucharlo?

Una oración para acompañar esta reflexión

Señor, gracias por nuestros hijos y por la oportunidad de amarlos y acompañarlos. Reconocemos que necesitamos tu sabiduría para entender cada etapa y responder con paciencia.

Ayúdanos a escuchar antes de hablar, a corregir con respeto y a mostrar con nuestra vida lo que queremos enseñar. Danos humildad para pedir perdón cuando hemos fallado y constancia para cambiar.

Sostén a las mamás que se sienten cansadas o solas. Ayúdanos como padres a asumir nuestras responsabilidades y a ofrecer apoyo concreto. Rodea de compañía a quienes están criando sin el respaldo que necesitan.

Enséñanos a detenernos, a cuidar la relación con nuestros hijos y a buscarte en medio de nuestros retos. Que en nuestra casa haya espacio para la verdad, la escucha y el cariño. En el nombre de Jesús. Amén.

Ayúdenos a continuar compartiendo estos devocionales

Si esta enseñanza ha sido útil para usted y su familia, puede apoyar la producción de nuevos contenidos cristianos.


❤️ Hacer una donación

Quizá quieras escuchar El reto de ser mamá en formato podcast: