¿Te ha pasado que siempre eres tú quien propone? Tú dices que hay que hablar, que deben organizar las cuentas, que necesitan atender algo de los hijos, que sería bueno salir juntos o buscar ayuda para el matrimonio.
La iniciativa parece tener siempre el mismo nombre: el tuyo.
A veces te quedas esperando que la otra persona dé el primer paso. Que tenga un detalle, que haga una propuesta, que se levante a resolver algo sin que tengas que recordárselo. Pero pasa el tiempo y vuelves a sentir que, si tú no empujas, nada se mueve.
Hoy quiero hablarle a esa mujer y a ese hombre que están cansados. A quienes aman a su familia, pero sienten que llevan solos una responsabilidad que debería ser compartida.
En el devocional usé una imagen fuerte: sentir que uno se casó con una carretilla, que tiene que levantarla y llevarla a todas partes. No para reducir a la persona a un objeto, sino para describir el desgaste de quien siente que toda la iniciativa depende de él.
Estar cansado no significa necesariamente que hayas dejado de amar. Puede significar que la manera como están viviendo necesita una conversación seria y cambios reales.
Cuando solo un cónyuge lucha por el matrimonio, el cansancio se acumula
Este problema puede aparecer en diferentes áreas. En la economía, cuando uno tiene que insistir para que el otro asuma sus compromisos. En la crianza, cuando siempre es la misma persona quien conversa con los hijos y atiende lo que necesitan. En el afecto, cuando los detalles y los encuentros dependen de una sola iniciativa.
También puede ocurrir en la vida espiritual de la familia. Hay esposas que dicen: «Siempre soy yo quien propone orar, leer la Biblia y acompañar a los niños. Él dice que está bien, pero no participa».
Y hay hombres que viven un desgaste parecido: trabajan, procuran acercarse a su esposa, hacen propuestas para la familia y sienten que no encuentran una respuesta.
No se trata solamente de que la otra persona no tenga un vicio visible o no esté siendo infiel. El matrimonio también necesita presencia, participación y disposición para construir.
Uno puede estar físicamente en la casa y pasar gran parte del tiempo desconectado de lo que allí sucede, pendiente del teléfono y dejando que el otro resuelva.
Entonces aparece una pregunta dolorosa: «¿Por qué quieres seguir conmigo si no quieres construir conmigo?».
No sobrecargues a quien también necesitas
En el devocional les hablé a los esposos de la importancia de asumir responsabilidades y procurar alivio para su esposa. Les conté cuánto necesito el cariño, la compañía y la tranquilidad que encuentro en Yasmin.
No sería justo descargar todo sobre ella y después esperar que conserve la misma energía para escucharme, acompañarme y animarme.
También les hablé a las mujeres: hay hombres sobrecargados, intentando responder por muchas áreas de la familia mientras su esposa se mantiene al margen. La invitación a colaborar nos corresponde a ambos.
Pregúntate qué responsabilidades estás dejando sobre la otra persona. ¿Estás viendo su cansancio? ¿Has dado por hecho que siempre podrá seguir resolviendo?
El cónyuge puede ser una fuente de ánimo y compañía. Pero necesitamos cuidar esa relación con acciones, no solamente reclamar lo que queremos recibir de ella.
No todos tienen los brazos caídos por la misma razón
Antes de concluir que tu esposo o tu esposa no quiere hacer nada, necesitamos mirar qué ha ocurrido.
En el mensaje distinguí dos situaciones. Una persona puede estar agotada porque lleva mucho tiempo tomando la iniciativa. Otra puede tener capacidad para actuar, pero haber perdido el ánimo después de una experiencia dolorosa.
Hablé, por ejemplo, de la infidelidad. Hay personas que antes proponían, trabajaban por la relación y soñaban con su familia, pero una traición las dejó profundamente desmotivadas.
Después el otro pregunta: «¿No me habías perdonado?». Sin embargo, haber hablado del perdón no significa que toda la confianza, la ilusión y la disposición se recuperen de inmediato.
También mencioné el duelo y otros acontecimientos que pueden detener a una persona en su camino. Por eso conviene preguntar: «¿Qué pasó? ¿Desde cuándo te sientes así? ¿Qué ha cambiado entre nosotros?».
Hay una diferencia entre comprender una herida y dejar que todo permanezca sin atender. La comprensión nos ayuda a buscar una respuesta adecuada, en lugar de añadir un reproche a una situación que todavía no hemos entendido.
Tampoco podemos decidir desde afuera que toda falta de iniciativa es pereza. Una conversación seria y, cuando haga falta, acompañamiento adecuado permiten conocer mejor lo que está ocurriendo.
Hacer sendas para las manos débiles y las rodillas temblorosas
«Por tanto, renueven las fuerzas de sus manos débiles y de sus rodillas temblorosas».
«“Hagan sendas derechas para sus pies” para que la pierna coja no se disloque, sino que se sane».
Hebreos anima a perseverar en el camino de la fe. En el devocional apliqué esa imagen al cansancio que algunas personas están viviendo en su matrimonio: manos caídas, rodillas debilitadas, dificultad para dar otro paso.
Hay momentos en que uno se siente detenido. Sigue viviendo bajo el mismo techo, cumple lo indispensable, pero ya no sabe hacia dónde va la relación.
La invitación a hacer sendas nos ayuda a pensar en una dirección. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Qué conversación hemos aplazado? ¿Qué ayuda necesitamos buscar? ¿Qué compromiso concreto podemos asumir?
No estamos diciendo que organizar un proyecto resuelva por sí solo una herida profunda. Estamos hablando de dejar de vivir indefinidamente esperando que algo cambie sin atenderlo.
Un paso puede ser pedir una cita de orientación. Otro, acordar un tiempo para conversar. Otro, revisar una responsabilidad que no se está cumpliendo.
Mi querido, no necesitas resolver toda tu vida esta mañana. Pero sí vale la pena reconocer dónde estás y buscar con Dios una dirección para avanzar.
El matrimonio necesita un esfuerzo compartido
2 Corintios 6:14-15 · NVI
«No formen alianza con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad? ¿Qué armonía tiene Cristo con Belial? ¿Qué tiene en común un creyente con un incrédulo?».
En otras versiones encontramos la expresión «yugo desigual». Pablo está hablando de la fidelidad a Dios y de alianzas incompatibles con esa fe. En el mensaje tomé la imagen del yugo para explicar también la importancia de compartir dirección y compromiso al formar una familia.
Imagínate dos animales unidos para trabajar la tierra. Si uno hace el esfuerzo mientras el otro se limita a dejarse llevar, el trabajo se desequilibra y uno termina soportando más carga.
Usé las expresiones «misma altura» y «mismo empuje» como una ilustración. En el matrimonio necesitamos conversar sobre la manera como entendemos la vida, los compromisos que estamos dispuestos a asumir y el futuro que queremos construir.
No significa que los esposos tengan que ser idénticos, ganar lo mismo o aportar exactamente de la misma manera. En el audio aclaré que las diferencias económicas o sociales no impiden por sí mismas una relación.
Lo que importa revisar es si ambos están dispuestos a participar. Si pueden acordar una dirección, reconocer sus responsabilidades y sostener con hechos lo que prometen.
También habrá etapas en las que uno necesite más apoyo que el otro. El problema que estamos tratando es el abandono persistente del compromiso, no llevar temporalmente una carga mayor porque nuestro cónyuge atraviesa una dificultad.
Durante el noviazgo, observa más allá de la ilusión
Una parte importante de este devocional estuvo dirigida a los jóvenes. Porque el tiempo de conocerse también sirve para observar cómo vive la persona con quien uno piensa casarse.
El enamoramiento puede llevarnos a idealizar. Nos ilusionamos con lo que imaginamos y dejamos de mirar lo que realmente está ocurriendo.
Por eso les dije que se tomaran tiempo. Que escucharan, observaran y conversaran. No decidir solamente por miedo a quedarse solos ni por la presión de quienes tienen una opinión sobre con quién deberían casarse.
¿Cómo responde esa persona cuando algo no sale como quiere? ¿Cómo trata a sus padres y a los demás? ¿Cumple sus compromisos? ¿Puede reconocer una equivocación? ¿Tiene disposición para trabajar y aprender?
En el mensaje puse el ejemplo de alguien que reacciona con agresividad en el tránsito. Ese comportamiento merece atención. No basta con que sea cariñoso contigo cuando todo le sale bien; también necesitas observar cómo enfrenta una frustración.
Mirar estas señales es una invitación a decidir con prudencia. No convierte a quien sufre maltrato en responsable de la agresión que recibe: cada persona responde por sus propios actos.
Conocer a alguien en la iglesia no sustituye conocer su carácter
También hice una aclaración: una iglesia no entrega un certificado de que alguien será un buen esposo o una buena esposa por el solo hecho de servir allí.
Una persona puede cantar, recibir a los asistentes o hablar de la Biblia, y todavía tener aspectos de su carácter que necesitan ser tratados.
La fe compartida importa, pero necesitamos observar cómo se vive. Cómo trata a los suyos, cómo maneja sus responsabilidades y cómo responde cuando se le señala algo que necesita cambiar.
El consejo de un pastor o de la familia puede ayudar. No debe sustituir el discernimiento ni la decisión responsable de quienes van a casarse.
Escucha el proyecto de vida y mira los hechos
En el devocional conté que, desde nuestro noviazgo, yo hablaba con Yasmin de mis proyectos. Venía de trabajar como vendedor ambulante y soñaba con lo que quería desarrollar en el humor, en la televisión y más adelante en otros espacios.
Conversar sobre el futuro ayuda a conocer a una persona. Pero junto a lo que dice hay que mirar cómo actúa: si trabaja, cumple, se prepara y da pasos para realizar lo que propone.
No basta con una conversación hermosa sobre lo que algún día vamos a hacer. La disposición para construir también se reconoce en los compromisos pequeños.
Si ya estás casado, el siguiente paso es hablar de lo que está pasando
«¿Pueden dos caminar juntos sin antes ponerse de acuerdo?».
Esta pregunta aparece en el mensaje profético de Amós. En el devocional la llevé como una reflexión a la vida matrimonial: necesitamos hablar de la dirección en la que estamos caminando.
Si sientes que solamente tú estás empujando, no te quedes únicamente repasando lo que debiste haber visto hace años. Hay una situación presente que necesita atención.
Mi primera recomendación fue volver a lo que hemos aprendido sobre el conflicto: no tenerle miedo a una conversación necesaria y cuidar la manera como la planteamos.
No tienes que empezar con una amenaza. Puedes decir:
Te amo, pero estoy cansado de sentir que llevo solo la iniciativa. No quiero perder nuestra relación. Necesito que hablemos de lo que nos está pasando y de lo que cada uno va a hacer para atenderlo.
Habla de situaciones concretas. De las cuentas, de la atención a los hijos, de los acuerdos pendientes o de las veces que has pedido un espacio para conversar.
Y escucha también. ¿Qué le está pasando a la otra persona? ¿Qué cambió? ¿Hay una herida, una dificultad o una responsabilidad que está evitando?
En el mensaje propuse incluso preguntarnos: «¿Qué se hizo esa persona que antes tenía tanta iniciativa? ¿He contribuido yo a apagar algo? ¿Qué necesitamos reconocer?».
Examinar nuestra parte no significa asumir culpas que no nos corresponden. Significa entrar en la conversación dispuestos a decir la verdad y también a escucharla.
No esperes a que la otra persona se vaya para aceptar ayuda
En la consejería he escuchado a hombres lamentar que no atendieron las veces en que su esposa les pidió orientación para el matrimonio. Después llegan diciendo: «Si la hubiera escuchado, tal vez no estaría aquí solo».
Buscar ayuda no debería ser una decisión que tomamos únicamente cuando todo parece haber llegado al límite.
Una frase como «usted exagera» puede cerrar una conversación que necesitamos tener. Si tu cónyuge te está diciendo que se siente agotado, merece que lo escuches, aunque no estés de acuerdo con cada una de sus conclusiones.
La orientación puede ayudar a poner en palabras lo que está ocurriendo, revisar responsabilidades y establecer acuerdos. En el devocional mencioné la consejería y los espacios de formación para matrimonios como posibilidades de trabajo.
Lo importante no es asistir para demostrar que el otro está equivocado. Es estar dispuestos a aprender y actuar.
Si tu esposo o esposa se niega a participar, tú puedes buscar acompañamiento para comprender tu situación y decidir con mayor claridad. Pero tu disposición no reemplaza la responsabilidad de la otra persona.
Un cónyuge puede iniciar una conversación, cambiar su propia conducta y pedir ayuda. No puede garantizar por sí solo la reconstrucción de toda la relación.
El distanciamiento y las decisiones difíciles necesitan ser tratados con seriedad
Durante el mensaje hablé de situaciones en las que el desgaste ha llegado a un punto grave y una persona necesita tomar distancia. Después aclaré que no estaba proponiendo ese camino como primera respuesta a cualquier dificultad.
Mi llamado fue a buscar ayuda y atender los problemas antes de llegar allí. Muchas parejas necesitan comenzar con una conversación honesta, no con un ultimátum.
También compartí una parte de nuestra historia: cuando Yasmin se fue con nuestros dos hijos, ese distanciamiento marcó un momento decisivo para afrontar el problema de mi infidelidad.
Lo conté como testimonio de lo que ocurrió en nuestro matrimonio. No como una fórmula que garantice que, si alguien se va, la otra persona va a cambiar.
Una distancia temporal y un divorcio son decisiones diferentes. No deben manejarse como amenazas para producir miedo ni recomendarse automáticamente desde una reflexión general.
Las circunstancias, los riesgos y la necesidad de acompañamiento importan. Si hay violencia o peligro, la protección no debe aplazarse esperando que se agoten todas las conversaciones o que ambos acepten ayuda.
El deseo de restaurar un matrimonio no exige vivir bajo agresiones. Tampoco convierte a una persona en responsable de lograr que el otro deje de causar daño.
Al cerrar el devocional oré para que las parejas encontraran caminos de ayuda y no llegaran a la ruptura. Ese deseo necesita expresarse con verdad, responsabilidad y cuidado por las personas.
No sostengas una apariencia a costa de ocultar lo que necesitas atender
Hay matrimonios que están pasando por una situación dolorosa, pero temen reconocerlo. ¿Qué dirá la familia? ¿Qué pensarán en la iglesia? ¿Cómo vamos a admitir que necesitamos ayuda después de hablar tanto de la vida cristiana?
En el mensaje insistí en algo: los cristianos estamos vestidos de piel. Tenemos dificultades, pecamos, nos equivocamos y necesitamos la gracia de Dios.
Ese mismo día el devocional comenzó entre problemas técnicos y contratiempos de la casa. Yo estaba frustrado, tratando de resolver varias cosas, y Yasmin se acercó a darme un beso y a ayudarme a tranquilizarme.
No somos una familia que vive por fuera de las dificultades. La fe tiene que acompañarnos en medio de ellas.
Reconocer «tenemos un problema» no destruye el testimonio. Puede ser el comienzo de una respuesta honesta.
Tampoco se trata de divulgar la intimidad a todo el mundo. Se trata de dejar de representar que todo está bien ante las personas que podrían ayudarnos a atender lo que está mal.
Que la preocupación por las apariencias no nos impida buscar orientación, reconocer una falta o tomar una decisión necesaria.
Pasos concretos para salir de la inmovilidad
Si te identificaste con este devocional, no quiero que te quedes solamente con la sensación de que alguien describió tu cansancio. Quiero invitarte a un paso posible.
- Nombra lo que está ocurriendo. Identifica en qué áreas sientes que toda la iniciativa recae sobre ti y desde cuándo sucede.
- Distingue la causa. Pregunta si hay agotamiento, una herida sin atender o una responsabilidad que se está evitando, sin darlo por hecho.
- Busca una conversación clara. Explica cómo estás viviendo la relación y escucha la respuesta. Si temes una reacción violenta, busca apoyo seguro antes de plantearla.
- Pasen de las intenciones a los acuerdos. Definan qué va a asumir cada uno, cuándo empezará y cómo revisarán lo acordado.
- Pidan ayuda a tiempo. No esperen a estar separados o completamente agotados para reconocer que necesitan acompañamiento.
- Cuida también tu vida espiritual. Lleva tu dolor delante de Dios y busca sabiduría para actuar, sin usar la oración como motivo para dejar todo sin atender.
En el cierre del mensaje lo expresé de esta manera: «Mi cansancio no anula el amor que tengo por ti». Esa frase puede abrir una conversación que llevas tiempo posponiendo.
Te amo y por eso quiero que atendamos lo que ocurre. Estoy cansado y necesito que lo tomes en serio. Quiero construir contigo, pero necesitamos participar los dos.
Pon tu esperanza en Dios. Pídele fuerzas y dirección. Y da el siguiente paso con honestidad, sabiendo que la responsabilidad de un matrimonio no puede descansar indefinidamente sobre una sola persona.
Oración
Espíritu Santo, hoy oramos por la mujer y por el hombre que se sienten agotados. Por quienes escuchan este mensaje y reconocen que llevan mucho tiempo intentando avanzar solos.
Fortalece sus manos débiles y sus rodillas temblorosas. Dales claridad para reconocer lo que está pasando, palabras para expresarlo y sabiduría para buscar ayuda.
Muéstranos la responsabilidad que nos corresponde. Perdónanos cuando hemos dejado sobre nuestro cónyuge una carga que debíamos compartir. Ayúdanos a acompañar a quien está herido y a corregir lo que necesita cambiar.
Abre caminos de verdad, cuidado y restauración. Protege a quienes están en peligro y acompaña a quienes deben tomar decisiones difíciles. Que el temor a las apariencias no nos impida pedir ayuda.
Enséñanos a construir con hechos, a escucharnos y a caminar con responsabilidad delante de ti. En el nombre de Jesús. Amén.
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Artículo basado en el devocional «Cuando solo un cónyuge lucha por el matrimonio», de José Ordóñez.