Esposa, respete a su esposo

Respetar al esposo también se expresa en la manera de discutir, escuchar y hablar de él delante de otras personas. Una reflexión bíblica sobre el trato digno, las palabras que hieren y la responsabilidad de construir el matrimonio con nuestras acciones.

¿Alguna vez has terminado una discusión deseando devolver el tiempo? Volver unos minutos atrás para no decir lo que dijiste, para no levantar la voz, para no hacer ese comentario delante de la familia.

En la consejería escuchamos a esposos que dicen: «Ella no me respeta». Hablan del tono, de las palabras, de las comparaciones y de la manera como se sienten tratados. Y también escuchamos a mujeres heridas, frustradas, que no saben cómo conversar sobre lo que está ocurriendo en su matrimonio.

Hoy quiero hablar especialmente a las esposas. Este devocional se llama «Esposa, respete a su esposo». Eso no significa que los hombres queden por fuera de la responsabilidad de amar y respetar. A ellos también les voy a hablar.

Mi deseo es que al terminar podamos reconocer una actitud que necesita cambiar y llevarla delante de Dios. Que esta enseñanza se note en la próxima conversación, en el próximo desacuerdo y en las palabras que escojamos.

Esposa, respete a su esposo: el punto de partida es la dignidad

Quiero empezar por una enseñanza básica de nuestra fe: la otra persona lleva la imagen de Dios. Antes de pensar en lo que hizo bien o mal, tenemos delante a un ser humano al que no debemos tratar como si careciera de valor.

Este principio nos confronta en todas las relaciones. En la calle, en el trabajo, con los vecinos y también dentro del matrimonio. No podemos hablar del amor de Dios mientras nos acostumbramos a llamar a otra persona «inútil», «porquería» o «usted no debió nacer».

Juan 13:34 · NVI

«Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros».

Jesús nos da una medida para el amor: como él nos ha amado. Por eso, cuando digo que el respeto hay que darlo, estoy hablando de ese trato digno que no podemos reservar únicamente para los momentos en que estamos contentos con alguien.

Una persona puede equivocarse y necesitar corrección. Puede tener que responder por sus actos. Pero el desacuerdo no nos da permiso para humillarla.

Respetar no equivale a aprobar todo, confiar sin reservas ni renunciar a poner límites. Podemos hablar con claridad de lo que está mal sin destruir con nuestras palabras a quien tenemos enfrente.

Esta enseñanza tampoco exige permanecer en peligro o guardar silencio ante la violencia. Buscar protección y ayuda no es una falta de respeto.

Esposa, respete a su esposoNo dejes que la ofensa decida la manera en que vas a responder

Hay una frase que he repetido en estos devocionales: Dios habrá de juzgar a cada persona por lo que hace, y nosotros también respondemos delante de él por nuestra propia conducta.

Si tu esposo se está comportando mal, eso no convierte en buena cualquier respuesta que tú le des. Y, caballero, si tu esposa está enojada, tampoco tienes permiso para responderle con una agresión mayor.

En el mensaje les conté que yo también necesito recordarlo en mi relación con Yasmin. Hay momentos en que, desde una reacción puramente humana, uno quisiera devolver un grito más fuerte. Pero la presencia del Espíritu Santo nos llama a responder de otra manera.

La pregunta deja de ser solamente «¿qué me hizo?» y también pasa a ser «¿qué voy a hacer yo con esto que estoy sintiendo?».

Querida esposa, no necesitas bajar al terreno de la grosería porque la otra persona haya empezado por ahí. Puedes decir: «Me estás faltando al respeto. No me hables así. ¿Podemos conversar cuando estemos más tranquilos?».

Eso también es una respuesta firme. Estás señalando lo que ocurre y proponiendo otra manera de hablar. No estás diciendo que el comportamiento de él sea correcto.

Proverbios 15:1 · NVI

«La respuesta amable calma la ira, pero la agresiva provoca el enojo».

En el devocional les propuse ponerse en «modo Proverbios 15:1». Llevar este versículo a la discusión real, a ese instante en el que ya tenemos preparada la frase con la que queremos devolver la ofensa.

Una respuesta amable no es una garantía de que el otro vaya a calmarse de inmediato. Es una orientación para nuestra conducta: no seguir alimentando el conflicto con una agresión adicional.

Importa lo que reclamas y también cómo lo planteas

No es lo mismo decir «necesito hablar contigo» que comenzar descalificando a la otra persona. Desde la primera frase podemos abrir una conversación o llenarla de hostilidad.

He dicho muchas veces: no le tengan miedo a los desacuerdos del matrimonio. Hay cosas que necesitan hablarse. Si algo está haciendo daño, debemos buscar cómo corregirlo.

Pero no hagamos que cada conversación sea más difícil que la anterior. Aprendamos a discutir de una manera que nos permita entendernos y resolver, sin ir dejando nuevas heridas en el camino.

Antes de comenzar un reclamo, puedes orar: «Espíritu Santo, estoy enojada. Ayúdame a explicar lo que me pasa y a escoger las palabras adecuadas».

También necesitamos revisar las frases que aprendimos en nuestra casa: «Usted sabe cómo soy yo», «a mí nadie me grita», «si me habla duro, yo le hablo más duro». Haberlas escuchado durante años no significa que deban seguir gobernando nuestra vida.

La fe nos llama a revisar nuestras costumbres. A veces la transformación empieza por reconocer que esa manera de hablar, aunque nos resulte familiar, está haciendo daño.

No te enojes antes de escuchar la explicación

En casa he usado una expresión: «Te estás enojando gratis». Me refiero a esas ocasiones en que ya estamos muy molestos, hemos dado por cierta una interpretación y todavía no hemos escuchado lo que pasó.

También me ha ocurrido a mí. Uno se precipita y después descubre que estaba equivocado. Entonces toca pedir perdón por el grito, por la puerta que cerró o por el comentario que hizo.

Qué distinto sería detenernos a tiempo. Preguntar antes de acusar. Escuchar antes de concluir. Darle a la otra persona la oportunidad de explicar.

Pronta para escuchar, sin apresurarte para hablar

Santiago 1:19 · NVI

«Mis queridos hermanos, tengan presente esto: todos deben estar listos para escuchar, pero no apresurarse para hablar ni para enojarse».

Este es uno de los pasajes que continuamente recordamos en el devocional. Me gusta llevarlo a una frase breve para acordarme de él en medio de una dificultad: pronto para oír, tardo para hablar.

Pero, mi querida, no le cambies el orden. No te vuelvas pronta para responder y demasiado lenta para escuchar.

¿Cuántas discusiones hemos empeorado porque decidimos que ya sabíamos lo que la otra persona iba a decir? ¿Cuántas veces interrumpimos para defendernos cuando todavía no entendemos qué está tratando de explicarnos?

En el audio recordé errores que también he cometido como padre por no escuchar primero. Esa misma lección tiene lugar en el matrimonio: reaccionar con rapidez no significa estar haciendo justicia.

Escuchar requiere atención. Permitir que el esposo termine una frase. Preguntar qué quiso decir. Reconocer si hay algo que no entendimos. Después podremos expresar lo que pensamos y lo que necesitamos.

Y si él suele guardar silencio, la invitación es a ofrecer un espacio donde pueda hablar sin esperar una burla o una descalificación. Él también tendrá que aprender a comunicarse; no se trata de que una sola persona haga todo el trabajo.

Mientras escuchas, puedes pedirle a Dios sabiduría y dominio propio. No para preparar una respuesta que gane la discusión, sino para comprender y hablar con verdad.

Caballero, viva de una manera digna del respeto que pide

Ahora voy con los hombres. Que este mensaje esté dirigido principalmente a las esposas no es una excusa para acomodarse y decir: «¿Ya oyó? Me tiene que respetar».

Caballero, haga su parte. Cuide su trato. Sea responsable. Trabaje en su manera de amar, de acompañar a los hijos y de participar en su casa.

Qué bueno que una esposa pueda reconocer en su esposo a un hombre considerado, dispuesto a escuchar y a responder por sus errores. Que el respeto no sea una palabra que él exige mientras se niega a revisar su propia vida.

Proverbios 31:23 · NVI

«Su esposo es respetado en la comunidad; ocupa un puesto entre las autoridades del lugar».

Durante la enseñanza relacioné este retrato de Proverbios con el respeto dentro del hogar. La manera como nos tratamos también se hace visible para quienes nos rodean.

El texto presenta a un esposo respetado; no debemos usarlo para hacer a la mujer responsable de todo lo que él haga ni de su reputación. El hombre también tiene que cuidar su conducta.

Si usted falló, reconózcalo. Si habló mal, pida perdón. Si tiene algo por corregir, trabaje en ello. No use una posición dentro de la familia para justificar un comportamiento que está lastimando a los suyos.

No conviertas una corrección en una humillación delante de todos

Una de las quejas que escuchamos es esta: «Mi esposa no tiene problema en tratarme mal delante de mi mamá, de mis hermanos o de mis amigos».

Las personas pueden llegar a una reunión pendientes de no cometer ningún error, porque temen que su pareja las avergüence. Eso deteriora la confianza.

En el devocional les conté cómo Yasmin me ha llamado la atención cuando hago un comentario que no estuvo bien. A veces basta una mirada o un toque suave en el brazo para que yo entienda que debo detenerme.

Con humor les dije que esa mirada parece una inyección: donde mira, deja la marca. Yo sé que algo de lo que dije necesita una conversación.

Después hablamos. Ella puede decirme con claridad: «José, eso no estuvo bien». No necesita insultarme para señalar el error, y a mí me corresponde escuchar y hacerme cargo.

La lección no es disimular todo ni sonreír mientras algo grave sucede. Es aprender a distinguir cuándo podemos corregir de una manera discreta y conversar en privado, sin convertir a los demás en espectadores de nuestra pelea.

Tampoco confundamos la discreción con el aislamiento. Hablar con una persona confiable para pedir ayuda es distinto de hacer del esposo el motivo de burla de una reunión.

Deja las indirectas y protege la intimidad del matrimonio

Hay comentarios que parecen pequeños, pero están cargados de intención. Alguien cuenta algo bueno de su esposo y enseguida sale la indirecta: «¿Sí ve cómo él sí puede? A este hay que rogarle para todo».

Lo que pudo ser una conversación agradable termina convertido en un reclamo público. Tal vez los demás se ríen, pero el esposo sabe que la frase iba dirigida a herirlo.

Si necesitas hablar de la colaboración en casa, habla de eso. Explica qué está pasando y qué cambio necesitas. La indirecta añade vergüenza y deja el problema sin resolver.

También hay reuniones en las que parece que se compitiera para ver quién cuenta algo peor de su pareja. «El mío es peor». «Usted no sabe lo que me hizo». Y vamos acostumbrándonos a despreciar públicamente a la persona con la que compartimos la vida.

Dentro de ese cuidado hay un tema especialmente delicado: la intimidad sexual. No conviertas las dificultades íntimas de tu esposo en un comentario para divertir a otras personas.

Si existe una dificultad, pueden buscar orientación con alguien preparado para acompañarlos. Eso fue lo que aclaré en el mensaje: pedir ayuda es diferente de exponer, ridiculizar o desacreditar al otro.

El respeto se nota tanto cuando estamos hablando con nuestra pareja como cuando estamos hablando de ella.

No uses a otros hombres para hacer sentir menos a tu esposo

«Su hermano sí pudo». «Mire lo que logró mi cuñado». «Mi anterior pareja era diferente». Esas frases pueden lastimar profundamente y desviar la conversación de lo que realmente necesita atenderse.

En el devocional anterior hablamos de los hombres que hacen un balance duro de su vida y sienten que no han logrado suficiente. Una comparación usada como reproche puede aumentar esa sensación de fracaso.

Si necesitas conversar sobre un problema económico, una responsabilidad o un proyecto, hazlo de manera concreta. No hace falta presentar a otra persona como la prueba de que tu esposo vale menos.

Y nosotros los hombres también necesitamos revisar cómo nos miramos. Ni despreciarnos ni usar nuestras capacidades para sentirnos superiores a los demás.

Romanos 12:3 · NVI

«Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado». Esposa, respete a su esposo es un artículo instructivo sobre el comportamiento de la mujer sabia que edifica su casa.

Pablo nos llama a mirarnos con sensatez. Reconocer una capacidad no es lo mismo que presumir de ella para rebajar a otros. Podemos agradecer lo que Dios nos ha dado y reconocer también nuestras limitaciones.

Yo puedo decir que sé contar historias y que he desarrollado esa habilidad. Lo que no puedo hacer es usarla para mirar a mi esposa o a cualquier otra persona por debajo del hombro.

Todos tenemos algo que aprender. En el matrimonio necesitamos espacio para reconocer los dones del otro y también para acompañar su crecimiento, sin vivir midiendo quién queda por encima.

Que tu comportamiento acompañe las palabras de tu fe

1 Pedro 3:1-2 · NVI

«Así mismo, esposas, sométanse a sus esposos, de modo que si algunos de ellos no creen en la palabra, puedan ser ganados más por el comportamiento de ustedes que por sus palabras, al observar su conducta pura y respetuosa».

Pedro destaca el testimonio de la conducta de una esposa creyente. La enseñanza nos invita a revisar si nuestra manera de vivir acompaña lo que decimos creer.

En el mensaje insistí en que repetir un reclamo una y otra vez no reemplaza una conducta coherente. Si hablamos de la obra de Dios, pero tratamos a los demás con desprecio, hay algo que necesita cambiar en nosotros.

Eso no quiere decir que la esposa deba dejar de expresar lo que necesita, ni que tenga bajo su control la decisión del esposo de cambiar. Cada persona responde por su conducta. El pasaje nos llama a la coherencia, no a cargar sobre una mujer toda la responsabilidad por su matrimonio.

La pregunta que propuse fue muy personal: cuando recuerdas las últimas discusiones, ¿qué dijiste? ¿Cómo lo miraste? ¿Con quién lo comparaste? ¿Qué asunto privado expusiste para herir?

No hagas ese examen únicamente para justificarte con lo que él hizo primero. Reconoce lo que te corresponde corregir. Si él también actuó mal, tendrá que asumir su parte.

El arrepentimiento puede empezar con una frase sencilla: «Lo que dije estuvo mal. Te falté al respeto y necesito cambiar esa manera de hablar».

Si la ofensa ocurrió delante de la familia, puede ser necesario reconocerla también delante de quienes la escucharon. No basta con pedirle al tiempo que haga olvidar lo que nosotros no hemos querido reparar.

Una tarea para la próxima conversación

Quiero que esta reflexión tenga una aplicación concreta. No hace falta esperar una gran discusión para empezar a practicar.

  • Escucha la explicación completa. Antes de responder, procura entender qué está diciendo tu esposo.
  • Ora antes de soltar la frase que hiere. Pide sabiduría, dominio propio y palabras que ayuden a conversar.
  • Habla del problema sin descalificar a la persona. Expresa lo que pasó y lo que necesitas, sin insultos ni comparaciones.
  • Cuida el lugar y el momento. Si es posible hablar en privado, no conviertas a la familia en público de la discusión.
  • Pon límites con claridad. Puedes pedir que baje el tono o proponer una pausa para retomar la conversación.
  • Reconoce y repara tu parte. Si ofendiste, pide perdón sin añadir inmediatamente una excusa que borre lo que acabas de reconocer.

Querida esposa, que tu fe se vea también en cómo hablas cuando estás herida. Que el respeto se convierta en una práctica y que puedas expresar la verdad con firmeza y dignidad.

Y, querido esposo, recibe esta enseñanza como una invitación a revisar tu vida, no como un recurso para ganar una pelea. El matrimonio necesita que ambos aprendamos a escuchar, a reconocer nuestros errores y a tratarnos con amor.

Oración

Espíritu Santo, ayúdame a escuchar antes de hablar y a no apresurarme para enojarme. Enséñame a comprender lo que mi esposo quiere expresar y a decir con claridad lo que yo necesito.

Perdóname por las palabras con las que he herido, por las comparaciones y por las veces que he expuesto algo privado para avergonzarlo. Dame humildad para reconocerlo y disposición para reparar el daño.

Que mi boca contribuya a edificar. Ayúdame a poner límites sin insultar, a conversar sin humillar y a actuar con sabiduría. Que mi conducta sea coherente con la fe que profeso.

Trabaja en nosotros como matrimonio. Que ambos asumamos nuestras responsabilidades y aprendamos a tratarnos con dignidad, verdad y amor. En el nombre de Jesús. Amén.

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