La mitad de la vida en el hombre

La mitad de la vida en el hombre puede traer preguntas sobre los logros, el trabajo, el matrimonio y lo que todavía falta por hacer. La Palabra de Dios nos invita a reconocer lo recibido, cuidar nuestro carácter y seguir creciendo con propósito.

«Se me fue la vida y no hice nada». He escuchado esa clase de expresiones al conversar con hombres que empiezan a revisar su historia. Miran lo que soñaron, lo que alcanzaron y lo que todavía tienen pendiente. Entonces aparecen preguntas que no siempre se atreven a decir en voz alta.

¿Lo he hecho bien? ¿Qué piensan mis hijos de mí? ¿Cómo me ve mi esposa? ¿Me alcanzará el tiempo para realizar lo que me propuse? ¿A quién puedo contarle mis frustraciones sin sentir que me van a juzgar?

Hoy quiero que entremos un poquito en esas inquietudes. Y este tema también les habla a las esposas y a los hijos, porque tal vez el hombre con quien comparten la casa está atravesando esa conversación interior y ustedes no saben cómo acercarse.

No todos vivimos esta etapa de la misma manera. Aquí vamos a mirarla desde la consejería pastoral y la vida familiar: qué estamos valorando, cómo respondemos a nuestras preocupaciones y qué lugar le damos a Dios en medio de ellas.

La mitad de la vida en el hombre: ¿con qué estás midiendo tus logros?

Hay hombres que al llegar a los cuarenta, cincuenta o más años empiezan a hacer una lista de lo que no consiguieron. No compraron lo que querían, no llegaron al cargo que esperaban o dejaron pasar una oportunidad. Se miran con dureza y terminan diciendo que no hicieron nada.

Pero, mi querido, ¿estás mirando toda tu vida o solamente la cuenta del banco?

Tal vez has acompañado a tus hijos, has sostenido tu hogar y tienes una relación que has cuidado durante años. Tal vez conservas la posibilidad de aprender, de conversar con tu familia, de disfrutar un día sencillo. ¿Eso no cuenta?

Una de mis frases preferidas es esta: no pierdas la capacidad de sorprenderte por las cosas sencillas. Podemos acostumbrarnos tanto a las bendiciones que ya ni siquiera las incluimos cuando hacemos el balance.

Esto no significa negar los errores ni fingir que todos los objetivos se cumplieron. Significa mirar con justicia. Reconocer lo que falta y también lo que sí has construido.

En el matrimonio importan el cuánto y el cómo

Cuando una pareja me dice que lleva muchos años casada, suelo preguntar: «¿Cómo?». Porque no solamente importa cuánto tiempo llevan juntos, sino cómo están viviendo ese tiempo.

En el devocional les conté que Yasmin y yo llevamos treinta y siete años de casados, acercándonos a los treinta y ocho. Y, después de varios días de viaje, sigo deseando verla, conversar con ella y regresar a nuestra vida juntos.

Durante la transmisión me envió una fotografía de su café. Para nosotros ese tintico representa mucho más que una bebida: representa las conversaciones de la mañana, sentarnos juntos y hablar de lo divino y de lo humano.

Eso también forma parte de los logros de una vida. Cultivar una relación donde todavía hay cariño, compañía y ganas de encontrarse merece ser reconocido y cuidado.

La mitad de la vida en el hombreCuando el miedo a perder el trabajo ocupa demasiado espacio

En la consejería he encontrado hombres a quienes les produce mucho temor perder el trabajo en esta etapa. Hay estudios de los hijos por pagar, compromisos de vivienda, cuotas pendientes y necesidades que no se detienen.

El empleo representa provisión, pero también puede convertirse en el lugar del que depende toda su sensación de seguridad y utilidad. Entonces, cualquier dificultad laboral parece amenazarlo todo.

Uno puede comenzar el día pensando únicamente en lo que debe resolver. Antes de agradecer por algo bueno, ya está repasando la cuenta, el negocio, el cliente, el compromiso o el problema que dejó pendiente.

Otros hombres se cierran. No quieren conversar sobre sus proyectos ni sobre lo que sienten que les salió mal. La esposa los ve callados y se pregunta: «¿Qué le estará pasando?». Ese silencio también merece una conversación cuidadosa.

Necesitamos reconocer nuestras preocupaciones sin permitir que gobiernen todo nuestro trato con la familia. El trabajo es importante, pero cuando se vuelve el centro absoluto de la vida, las personas que amamos pueden terminar pagando el costo.

Caballero, ¿tu estado de ánimo depende por completo de cómo te fue en el negocio? ¿Solo puedes llegar cariñoso cuando hubo una buena venta? ¿Tu casa tiene que esperar a que tu jefe no te moleste para poder hablar contigo con tranquilidad?

Esas preguntas nos llevan a revisar nuestro carácter delante de Dios.

Pongámonos en «modo Gálatas 5:22-23»

Gálatas 5:22-23 · NVI

«En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas».

En el devocional insistí en que este pasaje debía convertirse en lectura y oración para nuestra vida diaria. No basta con conocer las palabras. Necesitamos llevarlas a la manera como respondemos.

Si estoy preocupado, puedo presentarme delante del Señor y decirle: «Necesito tu paz». Si estoy irritable, puedo reconocer: «Necesito paciencia y dominio propio». Si me he vuelto áspero con mi esposa, tengo que pedirle que forme en mí amor y amabilidad.

La oración también puede nombrar lo que nos cuesta admitir: «Tengo miedo de perder mi trabajo. Me preocupa no estar cumpliendo bien. Me inquieta envejecer. Hay cosas que todavía no he logrado y no sé cómo hablar de eso».

La relación con el Espíritu Santo nos llama a dejar que Dios trabaje en nuestro interior. No podemos pedir que cambie todo lo que está afuera mientras nos negamos a revisar la manera como tratamos a quienes están cerca.

El éxito también necesita humildad

No solamente hay que trabajar el carácter cuando las cosas salen mal. También cuando salen bien.

Quizá has construido un negocio, tienes personas a tu cargo y eres respetado en tu trabajo. Pero al entrar a casa esperas que todos te rindan pleitesía porque tú produces, pagas y resuelves.

Si cada conversación termina en «mire todo lo que yo les doy», necesitamos volver a esa palabra del pasaje: humildad.

La provisión merece gratitud, pero no nos autoriza a tratar con superioridad a la familia. Un hombre puede reconocer su esfuerzo y, al mismo tiempo, agradecer a Dios por la capacidad de trabajar y a quienes lo acompañan en el hogar.

Y el dominio propio, que aparece al final de la lista, tiene que estar presente cuando estamos cansados, cuando nos contradicen y cuando algo no sale como esperábamos.

Tu esposa y tus hijos no tienen la culpa de cómo te fue en el trabajo

He propuesto una tarea muy sencilla: escribir una oración y ponerla donde podamos leerla al entrar a la casa.

Señor, hazme recordar que mi esposa y mis hijos no tienen la culpa de cómo me fue hoy en el trabajo.

Lo mismo aplica para la esposa: el cansancio de la jornada no debe convertirse en una descarga contra el esposo y los hijos.

Podemos contar lo que nos ocurrió, pedir compañía y reconocer que necesitamos descansar. Lo que debemos revisar es esa costumbre de llegar a cobrarles a los de la casa lo que nos hicieron por fuera.

En mi caso, puedo terminar una gira agotado, con muchas horas de carretera y trabajo encima. Pero Yasmin no tiene la culpa de ese cansancio. No puedo llegar y arrojarle todas mis frustraciones, esperando que aguante cualquier respuesta porque yo vengo de trabajar.

Por eso también necesito orar antes de llegar: «Espíritu Santo, dame amor, paz, paciencia y amabilidad. Ayúdame a vivir lo que estoy enseñando».

En el mensaje lo expliqué con humor: a la casa también debe entrar el papá que juega, hace cosquillas, acompaña y se sienta con sus hijos. El cargo profesional no puede ocupar todo el espacio de nuestra identidad.

Que en el trabajo seas gerente no significa que tu familia tenga que recibirte como si fuera otra oficina. Tus hijos necesitan a su papá. Tu esposa necesita a su esposo.

Los hombres también necesitamos escuchar: «Lo hiciste bien»

Queridas esposas e hijos, quiero hablarles de algo que muchos hombres necesitan aunque no siempre sepan pedirlo: reconocimiento.

A veces un hombre dice «yo no hice nada» y necesita que alguien lo ayude a recordar con honestidad las cosas buenas que sí ha hecho. No se trata de adularlo, sino de reconocer lo que existe.

«Gracias por tu responsabilidad». «Gracias por acompañarnos en aquel momento». «Eso que hago hoy lo aprendí de ti». «Me acuerdo de cómo tratabas a mamá y quiero llevar ese ejemplo a mi matrimonio».

¿Se imaginan lo que puede significar para un papá escuchar eso de un hijo?

En el devocional recordé que de mi madre aprendí trabajo, responsabilidad y disposición para hacer lo que toca. Es bueno ponerles palabras a esas cosas. No dejar solamente una lista de lo que nuestros padres hicieron mal.

Una esposa también puede reconocer el esfuerzo, la conversación oportuna, el arreglo que hizo en casa o el acompañamiento a los hijos. A veces estamos tan concentrados en corregir lo que falta que pasamos por alto lo que vale la pena agradecer.

Reconocer lo bueno no obliga a callar los problemas. Permite que la relación tenga espacio tanto para la conversación difícil como para la gratitud.

Y caballero, también nos corresponde aprender a hablar. La familia no siempre puede adivinar lo que estamos sintiendo. Podemos expresar una preocupación y pedir que nos escuchen sin convertir el silencio en una muralla.

Escucha antes de burlarte de un proyecto

Tal vez tu esposo anuncia que va a empezar a hacer ejercicio, terminar un curso o desarrollar un proyecto. Y tú recuerdas las otras veces en que lo dijo y no lo hizo.

La respuesta sale casi sola: «Eso mismo dijo el año pasado». «Yo ya no le creo». «A ver cuánto le dura».

Puede haber razones para sentir desconfianza. Pero necesitamos pensar qué producen nuestras palabras. Si cada idea recibe una burla, esa persona puede terminar dejando de compartir lo que sueña.

Santiago 1:19 · NVI

«Mis queridos hermanos, tengan presente esto: todos deben estar listos para escuchar, pero no apresurarse para hablar ni para enojarse».

En el mensaje les pedí aplicar este versículo a esa próxima conversación. Escuchar primero. Frenar el comentario que humilla. Buscar una manera de animar y acompañar.

Si quiere cuidar sus hábitos, pregúntale cómo piensa empezar. Si desea estudiar, conversen sobre el tiempo que necesita. Si plantea un negocio, pueden revisar con seriedad lo que implica. El apoyo y las preguntas responsables pueden estar en la misma conversación.

Mi invitación a la esposa es que no se convierta en la primera voz que desanima. Y mi invitación al hombre es que ese estímulo encuentre una respuesta: pasos concretos, constancia y responsabilidad.

El matrimonio puede ser un lugar donde nos ayudemos a crecer. Seguimos en formación y necesitamos aprender a acompañarnos en los nuevos retos.

La mitad de la vida también es tiempo de aprender

Otra pregunta que desarrollé fue: «¿Cuánto saber poseo?». Para muchos hombres es significativo que un hijo o un nieto los busque para pedir consejo, que la familia piense: «Vamos a preguntarle a papá».

Pero necesitamos revisar qué encuentra una persona cuando se sienta a conversar con nosotros. ¿Escucha sabiduría y consideración? ¿O solamente quejas, groserías y comentarios que incomodan?

El respeto no se cultiva únicamente con los años. También se cultiva con lo que alimentamos en el corazón y con la manera como hablamos.

Por eso dediqué una parte importante del devocional a una recomendación sencilla: lea. Alimente la curiosidad. Hágase preguntas. Busque aprender sobre los temas que le interesan y sobre aquellos en los que necesita crecer.

Un libro que abrió una puerta

Les conté un recuerdo de mi época de colegio: después de una actividad de oratoria recibí un libro como premio. Me senté a leerlo y esa experiencia abrió una puerta que siguió acompañándome.

Hoy tengo libros llenos de subrayados, preguntas y anotaciones. He hecho resúmenes y he vuelto a esos apuntes para relacionar ideas y recordar lo que aprendí.

No necesitas comenzar por algo que te resulte imposible. Busca un tema que despierte tu interés. Lee, toma notas y conversa sobre lo que vas encontrando. También puedes compartir esa práctica con tu esposa.

En vez de ocupar todos los espacios libres mirando el teléfono, reserva un momento para aprender. No dejes que la frase «yo nunca he leído» se convierta en una sentencia sobre lo que todavía puedes hacer.

Leer la Biblia con profundidad

Durante la transmisión dije una frase que puede sonar extraña: «Entre más lees la Biblia, menos la lees». Me refería a que, a medida que aprendes a estudiarla, puedes detenerte más tiempo en un pasaje.

Al comienzo avanzas varios capítulos. Después encuentras un versículo que te lleva a preguntar, consultar, meditar y tomar apuntes. No es que abandones la lectura: estás aprendiendo a profundizar.

Compara traducciones, busca el contexto, consulta herramientas de estudio y vuelve sobre tus notas. Permite que lo que lees examine tu vida.

También les hablaba a quienes enseñan la Palabra: necesitamos formarnos, vivir en ella y aprender continuamente. La preparación no se limita al momento de organizar un mensaje; implica una vida que se deja enseñar.

Caballero, todavía puedes crecer en conocimiento y sabiduría. Esa parte de tu vida no tiene por qué quedarse quieta.

Trabajar, proveer y cuidar sin perder el corazón de la familia

Génesis 2:15 · NVI

«Dios el SEÑOR tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara».

Al volver al relato de Génesis, destaqué la responsabilidad de cultivar y cuidar. En el devocional lo relacioné con el deseo de aportar y sentirse útil.

Para muchos hombres, trabajar y contribuir al bienestar familiar tiene un significado profundo. No se trata solamente del dinero que entra, sino de saber que ese esfuerzo ayuda a atender necesidades reales.

Les conté la satisfacción que siento cuando Yasmin me habla de los pagos que pudimos hacer: las necesidades de la casa, los compromisos de trabajo y el apoyo a mi mamá. Mi respuesta es agradecer a Dios porque tenemos con qué responder.

Eso es distinto de vivir mencionando lo que damos para hacer sentir pequeños a quienes lo reciben. La responsabilidad puede vivirse con gratitud o convertirse en un reproche permanente.

Y aquí necesitamos sostener también lo que dijimos al comienzo: la cuenta bancaria no contiene el valor completo de un hombre. Aportar a la familia incluye presencia, orientación, cuidado y disposición para asumir las responsabilidades posibles en cada circunstancia.

Que tus hijos puedan acercarse sin temor al reproche

He escuchado a jóvenes contar que pedirle a su papá algo necesario para estudiar venía acompañado de una larga queja: que todo lo pedían, que creían que había un árbol de billetes, que no sabían cuánto costaba trabajar.

El padre podía terminar entregando el dinero, pero antes había hecho doloroso el momento de pedirlo. Y el hijo empezaba a buscar cómo no volver a acercarse.

En mi experiencia como padre aprendí a mirar de otra manera que un hijo me buscara por una necesidad. Había confianza en ese acercamiento. Una oportunidad de acompañarlo.

No siempre podemos dar todo lo que nos piden. Podemos explicar lo que alcanza, enseñar a administrar y establecer límites. Pero no necesitamos humillar para hacerlo.

Qué importante es que nuestros hijos puedan recordar a un papá interesado en su formación y dispuesto a escuchar. Que cuando piensen en sus esfuerzos no recuerden únicamente la transferencia, sino también el amor con que los acompañó.

¿Qué puedes comenzar a cambiar hoy?

La mitad de la vida puede ser un momento para revisar el rumbo sin despreciar el camino recorrido. Para reconocer lo bueno, asumir lo pendiente y pedirle a Dios que siga formando nuestro carácter.

  • Haz un balance completo. Escribe lo que aún quieres trabajar, pero también aquello que has cuidado, aprendido y construido.
  • Ora con el fruto del Espíritu. Reconoce qué necesitas practicar hoy: paciencia, amabilidad, humildad, dominio propio o alguna de las otras cualidades del pasaje.
  • Revisa cómo llegas a casa. Comparte tus preocupaciones sin descargarlas contra tu familia.
  • Da y recibe reconocimiento. Agradece algo concreto y conversa con honestidad sobre lo que estás viviendo.
  • Retoma el aprendizaje. Aparta tiempo para leer, estudiar la Biblia y cultivar una conversación que edifique.
  • Convierte una intención en un paso. Escoge algo posible y comienza a trabajar en ello con constancia.

Mi querido, no te des tan duro que dejes de ver lo que Dios te ha permitido vivir. Tampoco uses lo que ya lograste como excusa para dejar de crecer.

Escucha, aprende, cuida a los tuyos y sigue asumiendo tu parte. Que en esta etapa tu familia encuentre un hombre dispuesto a amar, a servir y a dejarse formar por el Señor.

Oración

Señor, pongo delante de ti las preguntas que me hago sobre mi vida. Tú conoces mis preocupaciones, mis frustraciones y los temores que a veces no sé expresar.

Ayúdame a reconocer lo bueno que he recibido y a trabajar con responsabilidad en lo que todavía necesita cambiar. Que el trabajo y el dinero ocupen su lugar, sin desplazar a mi familia ni mi relación contigo.

Espíritu Santo, forma en mí amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Que mi esposa y mis hijos encuentren en mi trato el fruto de tu obra.

Dame disposición para aprender, escuchar y servir. Enséñanos como familia a acompañarnos, agradecer y crecer juntos. En el nombre de Jesús. Amén.

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Artículo basado en el devocional «La mitad de la vida en el hombre», de José Ordóñez.