La mitad de la vida puede encontrarnos cansados, con responsabilidades por todos lados y preguntas sobre lo que viene. Pero una obra a medio construir todavía tiene futuro. Dios sigue trabajando en nosotros.
¿Alguna vez te has sentado a pensar: «No hice nada con mi vida»? Tienes cuarenta, cuarenta y cinco o cincuenta años, miras lo que todavía falta y sientes que el tiempo se te está pasando. Los hijos aún necesitan apoyo, la casa sigue pagándose, el cuerpo cambia y empiezas a preguntarte qué va a pasar cuando llegue la jubilación.
De pronto también te preocupa el día en que los hijos se vayan. O te miras al espejo y descubres una cana que parece haber llegado con un montón de preguntas: «¿Ya estoy envejeciendo? ¿Y ahora qué? ¿Todavía puedo empezar algo?».
Vamos a hablar de la mitad de la vida. Y quiero empezar por algo que he aprendido: cada etapa tiene retos, pérdidas y ganancias. Yo he dejado de llamar crisis a todo lo que cambia. Prefiero preguntarme qué necesito aprender para vivir bien el momento que Dios me está permitiendo vivir.
Eso no significa que las dificultades no existan. Significa que no quiero mirar los años que vienen como si fueran solamente una amenaza. Hay cosas hermosas en cada etapa, y necesitamos aprender a reconocerlas.
¿Por qué cuesta tanto estar en la mitad de la vida?
La mitad de un proceso tiene una dificultad particular: ya no estamos comenzando, pero todavía no vemos todo terminado.
Piense en una casa que está pagando. Ya pasó la emoción de la cuota inicial, pero aún no ha llegado la alegría de pagar la última. Va por la mitad. Ha hecho un esfuerzo grande y todavía falta.
Con los hijos sucede algo parecido. Ya no está empezando con las primeras letras, pero tampoco ha terminado de acompañarlos en su formación. Están en el colegio, en la adolescencia o comenzando la universidad. Usted ha trabajado mucho, pero todavía no ve todos los frutos que espera.
Y mientras tanto aparecen otras responsabilidades. Algunos están pendientes de sus hijos y, al mismo tiempo, necesitan cuidar a sus padres mayores. En el devocional mencioné esa situación conocida como la «generación sándwich»: personas que están acompañando a dos generaciones a la vez.
Entonces uno mira hacia atrás y ve trabajo. Mira hacia adelante y ve trabajo. Y en medio de todo eso se siente cansado.
Pero estar cansado a mitad del camino no significa que el camino haya sido inútil. Todavía hay cosas en construcción. No sería justo juzgar toda la obra solamente por el desorden de una etapa.
Esta reflexión también les sirve a los jóvenes. Comprender estos retos puede ayudarles a mirar con más atención lo que están viviendo sus padres y sus abuelos. Además, el tiempo también seguirá pasando para ustedes.
Antes de decir «no hice nada con mi vida», mira bien
A veces nos damos demasiado duro. Decimos que no hicimos nada porque abrimos la cuenta bancaria y no encontramos los ceros que esperábamos. Como si todo lo que hemos vivido pudiera resumirse en una cifra.
Pero espere un momento. ¿Y esos hijos que ha acompañado? ¿Y ese hogar que ha procurado construir? ¿Y el trabajo con el que ha sostenido a su familia? ¿Y la relación que ha aprendido a cuidar con su esposo o su esposa?
En el devocional puse el ejemplo de una mujer que podía reconocer muchas bendiciones a su alrededor: sus hijos, su hogar, la posibilidad de compartir con sus padres, un paseo en familia. Sin embargo, volvía a mirar lo económico y concluía: «No hice nada».
No estoy diciendo que las necesidades económicas no importen. Estoy diciendo que la vida tiene más dimensiones que la cuenta bancaria. Si utilizamos una sola medida para evaluar todo, podemos terminar despreciando cosas muy valiosas.
Antes de dictar una sentencia tan dura sobre su historia, deténgase. Mire lo que sí ha hecho. Reconozca a las personas que ha amado, los esfuerzos que ha sostenido y las dificultades que ha atravesado.
No borres toda una vida de esfuerzo porque todavía te falta alcanzar algunas cosas.
Lo que falta merece atención, pero lo que ya existe también merece gratitud. Podemos revisar nuestros pendientes sin tratar nuestra historia como si no valiera nada.
Nunca pierdas la capacidad de sorprenderte por las cosas sencillas
Esta es una de mis frases favoritas: «Nunca pierdas la capacidad de sorprenderte por las cosas sencillas».
Yo quiero aprender a quitarles a las posesiones el poder de decidir mi felicidad. Agradezco lo que tengo, pero no quiero que todo mi bienestar dependa de lo que logré comprar o de lo que todavía me falta.
Al llegar a Bogotá para las presentaciones, pasamos por calles que me trajeron muchos recuerdos. Recordé la casa donde viví con mi abuela Bernarda, los trabajos que hice y las dificultades que pasé siendo joven. En esas calles vendí distintas cosas para salir adelante. También conocí el hambre.
Volver a esos lugares me hizo pensar en lo bueno que Dios ha sido conmigo a lo largo del camino.
Y la gratitud no aparece únicamente cuando uno recuerda una gran historia. También aparece cuando se sienta a desayunar. Una cama en la que pudo descansar. Un café caliente. Una arepa. El sol de la mañana. La compañía de un hijo. Una flor.
En el audio lo conté con toda la emoción de haber disfrutado unas arepas durante el viaje. Alguien puede pensar: «¿Y eso qué tiene que ver con la mitad de la vida?». Tiene mucho que ver. Porque podemos estar tan ocupados lamentando lo que no tenemos que dejamos de disfrutar lo que sí está delante de nosotros.
Si hoy tienes algo sencillo que agradecer, no lo desprecies por sencillo. La vida también está pasando ahí, mientras compartes la mesa, conversas con alguien que amas o disfrutas un momento de descanso.
Una vida dura una vida: vive la edad que tienes
En algunas conversaciones he hecho esta pregunta: «¿Cuánto dura una vida?». Y la respuesta parece demasiado obvia: «Una vida dura una vida».
Pero piense en lo que significa. No podemos vivir hoy todos los años que todavía no han llegado. Tampoco podemos quedarnos viviendo solamente de los que ya pasaron.
Hay retos que corresponden a este momento. Otros vendrán después. No necesito cargar anticipadamente con todo lo que imagino que podría ocurrir cuando sea mucho mayor.
Yo puedo hacer planes, pero no conozco cuánto tiempo me queda. Por eso quiero vivir con atención el día que Dios me está dando. No pasarme la vida esperando otra edad ni peleando con la edad que ya tengo.
Tu identidad vale más que lo que muestra el espejo
Les conté lo que me pasó cuando comencé a quedarme calvo. Le pregunté a Yasmin qué quería que hiciera. En medio de las bromas sobre todo lo que podía ponerme en la cabeza, ella me dijo que así le gustaba.
Y yo pensé: bueno, mi identidad no me la da el pelo. Desde entonces también he aprendido a reírme de mi calvicie. Ya que el pelo se fue, por lo menos que nos deje unos buenos chistes.
Cada uno decide cómo quiere arreglarse y cuidarse. Lo que estoy invitando a revisar es el miedo a la edad, esa lucha permanente por aparentar que el tiempo no ha pasado.
Yasmin habla de sus años con naturalidad. Esa actitud me gusta: reconocer la etapa en la que está y seguir viviendo. Cuidarnos puede ir de la mano con aceptar nuestra edad.
No necesitamos convertir cada cambio del cuerpo en una condena sobre nuestro valor. Todavía hay carácter por formar, sabiduría por compartir y vida por disfrutar.
Dios no da por terminada tu vida porque hayan pasado los años
Salmo 92:12-15
«Los justos crecerán como palmeras; crecerán como los cedros en el Líbano. Plantados en la casa del Señor, florecen en los atrios de nuestro Dios. Aun en su vejez darán fruto; siempre estarán vigorosos y lozanos, para proclamar: “El Señor es justo; él es mi Roca, y en él no hay injusticia”».
Deténgase en esa expresión: «Aun en su vejez darán fruto». El salmo nos ayuda a mirar el futuro con una esperanza distinta. La juventud no es la única etapa en la que una persona puede aportar algo valioso.
Observe también dónde están plantados esos árboles: en la casa del Señor. La imagen nos lleva a pensar en una vida arraigada en Dios. No se trata solamente de conservar una apariencia; se trata de seguir dando fruto y proclamando quién es él.
Durante el devocional recordamos otro pasaje que completa esta perspectiva.
2 Corintios 4:16
«Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestro cuerpo está muriéndose, nuestro espíritu va renovándose día a día».
El paso del tiempo es real. El desgaste también. Pero el texto nos habla de una renovación interior que puede continuar mientras los años avanzan.
Podemos seguir aprendiendo, madurando y acercándonos al Señor. Nuestra relación con Dios no queda detenida en la edad en que tuvimos más fuerza física.
Por eso quiero pedirle que me enseñe a vivir cada etapa con gozo y entendimiento. Que me ayude a reconocer lo que todavía puedo recibir y compartir en el día que tengo delante.
Nehemías y el desorden de una obra a medio construir
Ahora quiero llevar esta reflexión a la reconstrucción de la muralla de Jerusalén. La historia de Nehemías nos ofrece una imagen muy útil para pensar en lo que sucede cuando estamos a mitad de un proceso.
Nehemías 4:6
«Continuamos con la reconstrucción y levantamos la muralla hasta media altura, pues el pueblo trabajó con entusiasmo».
Había trabajo hecho. Había avance. La muralla ya estaba a media altura. Pero todavía quedaba mucho por hacer, y las dificultades comenzaron a sentirse con fuerza.
Si alguna vez ha construido o remodelado una casa, sabe lo que pasa. Hay polvo, ladrillos, herramientas, ruido y materiales por todas partes. También hay escombros que es necesario retirar. Uno mira alrededor y puede preguntarse cuándo va a terminar todo eso.
Yo lo he vivido con las construcciones en la finca. Una parte importante del esfuerzo se va en las bases, en cosas que todavía no tienen la apariencia del resultado final. Se ha trabajado mucho, pero no todo se ve como uno quisiera.
Algo parecido puede ocurrir con nuestra vida. Tenemos responsabilidades en marcha, asuntos por ordenar y resultados que aún no llegan. Vemos los escombros con mucha facilidad y olvidamos mirar la parte de la muralla que ya se levantó.
La comparación no pretende decir que todas las personas viven lo mismo a una edad exacta. Nos ayuda a reconocer una experiencia: el cansancio de seguir trabajando cuando todavía no vemos la obra completa.
Cuando las voces de afuera se convierten en una voz interior
En el relato, los enemigos se enojaron al enterarse de que la reconstrucción avanzaba. Querían detenerla. Había oposición desde afuera.
Pero después aparece otro problema: el desánimo entre los mismos que estaban construyendo.
Nehemías 4:10
«Por su parte, la gente de Judá decía: “Los cargadores desfallecen, pues son muchos los escombros. ¡No vamos a poder reconstruir esta muralla!”».
«No vamos a poder». Esa frase puede aparecer también en nuestra casa y en nuestra mente. Ya no es únicamente lo que alguien nos dice; empezamos a repetirlo nosotros.
«Estoy demasiado viejo». «Ya para qué estudio». «A esta edad no voy a comenzar». «Eso que pensé hacer es una tontería».
En el devocional hablé de lo doloroso que resulta esperar ánimo de alguien cercano y recibir una burla o una descalificación. Uno piensa que su esposo, su esposa o un familiar le va a decir: «Vamos a mirar cómo lo hacemos», y lo que escucha es: «Usted no va a poder».
Por eso también necesitamos revisar cómo hablamos de los proyectos de quienes amamos. Podemos conversar sobre dificultades y responsabilidades sin ridiculizar a la otra persona.
Y si somos nosotros quienes estamos desanimados, vale la pena detenernos a examinar esa frase que repetimos. ¿Estoy mirando una dificultad concreta que debo atender o ya convertí toda mi vida en un «no puedo»?
No todo proyecto será fácil ni todo deseo se realizará como lo imaginamos. Pero tampoco necesitamos descartarnos de antemano solamente por la edad que tenemos.
La respuesta de Nehemías: oración y acción
Ante las amenazas, Nehemías no se limitó a discutir con los enemigos. El relato muestra una respuesta que quiero que tengamos muy presente.
Nehemías 4:9
«Oramos entonces a nuestro Dios y decidimos montar guardia día y noche para defendernos de ellos».
Oraron y montaron guardia. Buscaron a Dios y tomaron medidas frente a la situación.
Eso es muy importante cuando pensamos en nuestros propios retos. Podemos presentarle al Señor el cansancio, las preguntas y el temor. Y también necesitamos mirar qué nos corresponde hacer, qué debemos ordenar y cómo podemos continuar.
La oración acompaña nuestra responsabilidad. En la historia, la confianza en Dios estuvo presente mientras el pueblo se organizaba para responder al peligro.
Recuerda al Señor y recuerda a quienes amas
Nehemías reunió a la gente por familias y les recordó por quiénes estaban defendiendo la ciudad.
Nehemías 4:13-14
«Así que puse a la gente por familias, con sus espadas, lanzas y arcos, detrás de las murallas, en los lugares vulnerables y desguarnecidos. Luego de examinar la situación, me levanté y dije a los nobles y oficiales, y al resto del pueblo: “¡No les tengan miedo! Acuérdense del Señor, que es grande y temible, y peleen por sus hermanos, por sus hijos e hijas, y por sus esposas y sus hogares”».
En aquel contexto había una amenaza contra Jerusalén. Al traer la enseñanza a nuestra vida, quiero destacar dos cosas: recordar al Señor y reconocer el valor de las personas que estamos cuidando.
La familia puede ser una razón muy profunda para seguir adelante. Recordar a nuestros hijos, a nuestro esposo o a nuestra esposa nos ayuda a ver que el esfuerzo no consiste únicamente en terminar una lista de obligaciones. Hay personas que amamos detrás de lo que hacemos.
También quiero subrayar dónde puso Nehemías la confianza: «Acuérdense del Señor». No les dijo que eran invulnerables. No les pidió que fingieran tener fuerzas ilimitadas. Les recordó a Dios.
Yo no quiero terminar esta reflexión diciéndote que puedes con absolutamente todo porque eres poderoso. Somos vulnerables y necesitamos ayuda. La esperanza que estoy compartiendo está puesta en el Señor, en su presencia y en su Palabra.
¿Qué puedes hacer hoy con esta reflexión?
Quizá no resuelvas en un día todas las preguntas sobre tus próximos años. Pero puedes comenzar a mirar tu vida con más gratitud y dar un paso responsable en lo que tienes delante.
- Reconoce lo que ya has construido. Antes de decir que no hiciste nada, piensa en los esfuerzos, las relaciones y las responsabilidades que has sostenido.
- Agradece algo cotidiano. Detente a disfrutar una de esas cosas sencillas que suelen pasar inadvertidas.
- Nombra el reto de este momento. Distingue lo que necesitas atender hoy de los temores sobre etapas que todavía no han llegado.
- Revisa el «no puedo». Pregúntate qué dificultad concreta hay detrás de esa frase y cuál podría ser el siguiente paso.
- Ora y actúa. Presenta la situación a Dios y organiza lo que está bajo tu responsabilidad.
- Da ánimo en casa. Escucha los proyectos de quienes amas. Que tus palabras ayuden a pensar y a construir.
¿Quieres estudiar? Empieza por averiguar qué necesitas. ¿Hay un proyecto que deseas retomar? Examina sus posibilidades y sus exigencias. La invitación es a dejar de usar la edad como una respuesta automática que cierra toda conversación.
Este devocional abre una serie sobre los retos de esta etapa: la salida de los hijos, el retiro laboral, los cambios del cuerpo y las preguntas sobre el propósito. Aquí hemos puesto una primera base: mirar lo vivido con gratitud y afrontar lo que viene recordando al Señor.
Preguntas sobre la mitad de la vida
¿Por qué puedo sentir que no he logrado nada?
¿Qué enseña la muralla de Nehemías a medio construir?
¿Aceptar mi edad significa dejar de cuidarme?
¿Qué papel tiene la fe cuando estoy desanimado?
Una oración para acompañar esta reflexión
Señor, gracias por la vida que me has permitido vivir. Ayúdame a reconocer tus bondades y a no despreciar mi historia por las cosas que todavía me faltan.
Enséñame a disfrutar la etapa en la que estoy. Renueva mi interior, ordena mis pensamientos y ayúdame a mirar con gratitud las cosas sencillas de cada día.
Cuando me sienta cansado en medio del camino, recuérdame que puedo acudir a ti. Dame sabiduría para atender mis responsabilidades, disposición para actuar y palabras de ánimo para las personas que amo. Amén.
Quizá tu vida hoy se parezca a una obra en construcción. Hay una parte levantada, otra por hacer y algunos escombros que todavía necesitas retirar.
Mira también la muralla que ya está en pie. Reconoce el camino recorrido. Agradece. Busca a Dios y atiende el paso que tienes delante.
Una vida dura una vida. No dejes de vivir el día que tienes por lamentar la edad que pasó o por temer la que todavía no llega.
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