Valora tu matrimonio. Detrás de los años compartidos hay una persona que te ha acompañado, te ha levantado y ha recorrido contigo caminos que no habrías querido caminar solo.
A veces nosotros mismos somos los peores publicistas del matrimonio. Nos quejamos de nuestro esposo, hablamos mal de nuestra esposa, presentamos la vida juntos como una carga y después nos sorprendemos cuando los muchachos dicen: «Yo no me quiero casar».
Pero venga, hagámonos una pregunta: ¿qué están viendo en nosotros? Porque nuestros hijos no aprenden el valor del matrimonio únicamente por lo que les explicamos. También lo aprenden escuchando cómo nos hablamos, mirando cómo nos cuidamos y observando qué hacemos cuando llega una dificultad.
Yo quiero hablar bien del matrimonio. Quiero darle el valor que tiene. Y no lo digo porque con Yasmith hayamos vivido una vida sin problemas. Lo digo precisamente porque hemos pasado por momentos difíciles y sé lo que ha significado tenerla a mi lado.
El matrimonio se valora en la manera como tratamos hoy a la persona con la que decidimos compartir la vida. En las palabras de la mañana, en la atención que prestamos, en la disposición para ayudar y en la decisión de permanecer cerca cuando las cosas se complican.
Tu matrimonio necesita tiempo y atención
Hay un pasaje que me llama mucho la atención porque nos muestra el lugar que tenía el cuidado del hogar en la ley dada al pueblo de Israel.
Deuteronomio 24:5
«No envíes a la guerra a ningún hombre recién casado, ni le impongas ningún otro deber. Tendrá libre todo un año para atender su casa y hacer feliz a la mujer que tomó por esposa».
Mire qué prioridad. Mientras otros salían a la guerra, ese hombre tenía un tiempo protegido para atender su casa y cuidar la relación que acababa de comenzar. La formación de su hogar merecía atención.
Ese mandato pertenecía a la vida del antiguo Israel. La reflexión que traigo a nuestro matrimonio es esta: si nuestra relación es tan importante, ¿por qué le dejamos únicamente el tiempo que sobra?
Hay tiempo para trabajar, atender compromisos, responder mensajes y cumplir obligaciones. Todo eso ocupa un lugar. Pero nuestra esposa o nuestro esposo también necesita saber que tiene un lugar real en nuestra vida. Un lugar que se vea en la agenda y en la disposición del corazón.
El primer año de matrimonio suele ser un tiempo de adaptación. Dos personas llegan con costumbres, expectativas y maneras distintas de hacer las cosas. Aprender a vivir juntos requiere atención. No basta con haber celebrado una boda; hay que aprender a construir un hogar.
Y si ya llevamos muchos años casados, la pregunta sigue vigente: ¿estoy atendiendo mi matrimonio? ¿Sigo interesado en hacerle bien a la persona que comparte la vida conmigo?
¿Cuáles son las primeras palabras que le dices a tu esposa?
Yo les propuse a los hombres algo muy sencillo: al abrir los ojos por la mañana, primero agradezcamos a Dios. Gracias por la vida, por un nuevo día, por el trabajo, por su amor, por todo lo que nos permite vivir.
Y cuando miremos a nuestra esposa, pensemos: «¿Qué puedo hacer hoy para que su vida sea mejor?».
Ella puede encontrar preocupaciones a lo largo del día. Yo quiero ayudarle a llevarlas. Puede tener razones para sentirse cansada. Yo quiero ser una presencia que le haga la vida más liviana. Puede escuchar palabras duras afuera. Que las mías sean palabras de amor y afirmación.
Proverbios 31:28
«Sus hijos se levantan y la felicitan; también su esposo la alaba».
Este versículo reconoce el valor de una mujer ejemplar. En el devocional lo llevé a una aplicación muy cotidiana: que las primeras palabras que le digamos a nuestra esposa no sean solamente una petición, una orden o una queja. Que también haya reconocimiento.
Y sí, uno se despierta despeinado. La almohada le hizo a cada uno un peinado diferente y la cobija le dejó la marca en la cara. No importa. Ahí está la persona que amas. Todavía puedes mirarla con ternura y decirle lo especial que es compartir otro día con ella.
Reconoce su inteligencia, su belleza, su esfuerzo y lo que aporta a tu vida. No des por hecho que ya lo sabe porque se lo dijiste hace veinte años. Díselo hoy.
Mis palabras hacia Yasmin también expresan cómo la estoy mirando. Si únicamente veo lo que falta, lo que no hizo o lo que me incomoda, eso termina apareciendo en mi manera de hablar. Pero cuando recuerdo lo que significa para mí, encuentro muchas razones para agradecer y afirmar.
No dejes que la costumbre te robe el asombro
Durante el devocional se me ocurrió contar los días que hemos vivido casados. Más allá de la cifra, lo que me emocionó fue pensar en todo lo que cabe dentro de tantos años: las mañanas, los viajes, las conversaciones, las dificultades y las alegrías.
Los años se dicen muy rápido. Pero deténgase un momento y piense en lo que significan. Hay una historia que ustedes han construido. Hay recuerdos que solamente los dos entienden. Hay situaciones que atravesaron juntos y que hoy pueden mirar con gratitud.
Por eso les regalé una idea: sorprendan a su cónyuge recordándole el tiempo que han compartido. Puede ser con unas flores, con una nota o con unas palabras al comenzar el día. Algo que diga: «Me alegra seguir viviendo contigo».
No hace falta esperar a un aniversario para reconocer que esa persona es valiosa. Una mañana común también puede convertirse en una oportunidad para agradecer.
La costumbre no debería quitarnos la alegría de compartir otro día con la persona que amamos.
A Yasmin y a mí nos ilusiona seguir cumpliendo años de matrimonio. Me emociona ver parejas que han envejecido juntas, que tienen una historia y que siguen haciéndose compañía. Esa vida compartida se va construyendo en días como este.
Valorar el matrimonio también significa renunciar al egoísmo
Cuando uno se casa, llega con muchos años de haberse acostumbrado a pensar en sí mismo. Mis planes, mis gustos, mis horarios, lo que quiero comprar, a dónde quiero ir. Y de pronto tiene que aprender a pensar en otra persona.
Una de las cosas que debemos enfrentar desde el comienzo es el egoísmo. La enseñanza bíblica sobre el amor nos recuerda que el amor no busca lo suyo. Eso toca de frente la manera como vivimos en pareja.
El matrimonio no se trata solamente de encontrar a alguien que venga a hacerme feliz. También se trata de amar a alguien a quien yo quiero hacer feliz.
Ese cambio de pregunta es muy importante. Si todo el tiempo estoy pensando «¿qué estoy recibiendo?», puedo perder de vista cómo estoy amando. Necesito preguntarme también: «¿Qué estoy aportando? ¿Cómo estoy cuidando? ¿Qué estoy dispuesto a cambiar?».
La renuncia que construye el matrimonio es mutua
Alguien podría decir: «Entonces, ¿yo me quedo dando y dando mientras el otro solamente recibe?». Pero lo que expliqué en el devocional es un movimiento de los dos.
Yo pienso en el bien de Yasmin y ella piensa en el mío. Yo quiero cuidarla y ella quiere cuidarme. Yo le doy importancia a sus necesidades y ella les da importancia a las mías. En ese acto de renuncia mutua encontramos una expresión muy hermosa del amor.
La invitación es para ambos. Cada uno necesita revisar su egoísmo. No podemos usar esta enseñanza únicamente para exigir que el otro se sacrifique; también debemos permitir que examine nuestras propias actitudes.
Quizá algunas discusiones empezarían a cambiar si dejáramos de entrar a ellas pensando solo en lo que queremos conseguir y comenzáramos a considerar lo que está viviendo nuestro cónyuge.
«Lo que te preocupa también me importa»
En el devocional repetí una frase para explicar cómo entiendo mi compromiso con Yasmin: «Yo soy Yasmin y Yasmin es José». Es una manera de expresar hasta qué punto quiero involucrarme en su vida. Lo que le duele me importa. Lo que le preocupa me importa. Su bienestar tiene que ver conmigo.
La unidad matrimonial no puede quedarse en una frase bonita para la ceremonia.
Génesis 2:24
«Por lo tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne».
No estoy hablando de que tengamos los mismos gustos en todo. A Yasmin le gustan unas películas y a mí me gustan otras. Eso también lo conté entre risas. Compartir la vida implica aprender a estar con alguien que no siempre prefiere lo mismo que uno.
Estoy hablando de comprometernos de verdad. De no mirar la preocupación de la otra persona como un asunto ajeno. De entender que hemos decidido caminar juntos.
Por eso cuestioné la idea de aportar apenas «mi mitad». Quise expresar una entrega completa: no quedarme calculando hasta dónde me corresponde interesarme, sino reconocer que la vida de mi esposa me importa profundamente.
La pregunta práctica es sencilla: cuando tu cónyuge te cuenta algo que le duele, ¿encuentra en ti a alguien dispuesto a escuchar y acompañar?
Si uno cae, el otro lo levanta
Eclesiastés 4:9-12
«Mejor son dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante! Si dos se acuestan juntos, entrarán en calor; uno solo, ¿cómo va a calentarse? Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente!».
Este pasaje habla del valor de la compañía y de la ayuda mutua. Cuando lo leo pensando en mi matrimonio, me vienen a la memoria momentos muy concretos.
La compañía en una quiebra
Recuerdo una etapa en la que lo perdí todo económicamente. Cuando terminó Ordóñese de la risa y atravesé aquella quiebra, personas que habían prometido estar siempre ya no estaban.
Yasmin sí estaba. Recuerdo su ánimo, su manera de invitarme a levantar la cara y a confiar en que Dios nos ayudaría a salir adelante. En un momento así, esas palabras tienen un valor enorme.
Por eso, cuando leo que si uno cae el otro lo levanta, pienso en lo que ella hizo conmigo. No era una frase decorativa. Era mi esposa acompañándome cuando yo necesitaba fuerzas.
El abrazo cuando muere alguien que amamos
También recuerdo la muerte de mi papá. Estuvimos junto a él mi hermana, Yasmin y yo. Y después de despedirlo vinieron los días en los que necesité consuelo, compañía y un abrazo.
Mi esposa estuvo ahí. De la misma manera, cuando murió su mamá, yo pude recibirla en mis brazos y acompañarla en su dolor.
Hay pérdidas que uno no puede resolverle a la otra persona. No tenemos una frase que haga desaparecer el duelo. Pero podemos estar. Podemos abrazar. Podemos acompañar. Y cuánto valor tiene esa presencia.
El cuidado durante la enfermedad
En otra ocasión, estando en Los Ángeles, tuve que ir al hospital de madrugada por un cálculo. Veníamos cansados de viajar, pero Yasmin se levantó, me acompañó y estuvo conmigo durante la atención y la operación.
También he procurado acompañarla cuando ella se ha sentido enferma: con mis manos, con una caricia, con un masaje, con atención. Son expresiones de cuidado que forman parte de nuestra historia.
Pregúntate por un momento: ¿cuántas veces tu esposo o tu esposa te ha ayudado a levantarte? ¿Cuántas veces estuvo contigo en una situación difícil? Recordarlo puede ayudarnos a mirar de nuevo el valor de la persona que tenemos al lado.
Hay momentos en los que el amor se hace visible de una manera muy sencilla: la otra persona está ahí.
El matrimonio también me ha ayudado a crecer
Al terminar el devocional dije algo muy personal: amar a Yasmin ha sido una de las maneras en que Dios ha trabajado mi carácter.
Compartir la vida con ella me ha confrontado con mi egoísmo. Me ha enseñado que no siempre se hace lo que yo quiero, cuando yo quiero y como yo quiero. Hay otra persona a quien escuchar, cuidar y comprender.
Tenemos días buenos y días difíciles. Conocemos nuestras fortalezas y también nuestras limitaciones. En esa convivencia necesitamos aprender a amar con hechos.
Cuando pienso en el futuro, quiero seguir cuidándola. En el audio lo expresé como una promesa: quiero acompañarla toda la vida. No conozco cada circunstancia que nos tocará vivir, pero sí sé el lugar que quiero darle en mi corazón.
Valorar el matrimonio incluye reconocer lo que esa relación nos ha permitido aprender. No solo lo que hemos disfrutado, sino también la paciencia, la generosidad y la disposición a servir que necesitamos seguir desarrollando.
Cómo empezar a valorar tu matrimonio hoy
No dejemos esta reflexión en un «qué bonito». Llevémosla a la vida cotidiana con acciones sencillas que hemos considerado a lo largo del mensaje:
- Comienza con gratitud. Dale gracias a Dios por el nuevo día y recuerda el valor de la persona con quien lo compartes.
- Expresa lo que aprecias. Dile a tu esposo o a tu esposa qué admiras y qué agradeces. Que escuche algo más que peticiones y observaciones sobre lo que falta.
- Interésate por sus preocupaciones. Pregunta cómo está y presta atención a lo que te cuenta. Su día también merece espacio en tu vida.
- Recuerda su compañía. Piensa en una ocasión en la que te ayudó a levantarte y agradéceselo.
- Revisa tu egoísmo. Identifica una situación en la que has pensado únicamente en tu comodidad y considera también su necesidad.
- Cuida la historia que están construyendo. Celebra el tiempo compartido y busca una forma concreta de hacerle bien hoy.
Preguntas para llevar esta enseñanza a casa
¿Cómo demuestro que valoro a mi cónyuge?
¿Por qué insistir tanto en el egoísmo?
¿Qué significa entregarse por completo al matrimonio?
¿Qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos?
Una oración para acompañar esta reflexión
Señor, gracias por la vida que nos has permitido compartir. Ayúdanos a reconocer el valor de nuestro matrimonio y a no acostumbrarnos tanto a la compañía del otro que dejemos de agradecerla.
Trabaja en nuestro egoísmo. Enséñanos a escuchar, a afirmar con nuestras palabras y a interesarnos por las necesidades de quien tenemos al lado. Que los dos crezcamos en la disposición de cuidarnos.
Gracias por las veces que nos hemos ayudado a levantar. Danos amor y sabiduría para seguir caminando juntos, y que nuestros hijos vean en nuestro trato una razón para valorar el matrimonio. Amén.
Hoy quiero invitarte a mirar otra vez a tu esposo o a tu esposa. Recuerda la historia que han vivido. Recuerda el abrazo, la palabra de ánimo, la madrugada difícil y la alegría compartida.
Y después haz algo con esa gratitud. Díselo. Abrázalo. Escúchala. Pregunta cómo puedes ayudar.
Valora tu matrimonio. Empieza hoy por hacerle sentir a la persona que amas lo importante que es compartir la vida con ella.
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