El matrimonio necesita una identidad y una intimidad propias. Honrar a los padres y amar a la familia extendida no significa permitir que otras personas gobiernen las decisiones que corresponden a los esposos. Si dices: «Tengo problemas con la familia de mi cónyuge», este artículo va a aportar mucho a tu vida.
Hay matrimonios que sienten que nunca alcanzaron una verdadera independencia. La mamá, el papá, los hermanos o algún otro familiar opinan sobre cada decisión, intervienen en la educación de los hijos o entran con demasiada facilidad en conversaciones que pertenecen a la intimidad de la pareja.
En ocasiones lo hacen con buenas intenciones. Desean ayudar, tienen experiencia o creen saber qué sería lo mejor. Sin embargo, aun una ayuda bien intencionada puede entorpecer el crecimiento del matrimonio cuando reemplaza la responsabilidad de los esposos.
También existe el otro extremo: pensar que independizarse significa abandonar a los padres o romper toda relación con la familia. La Biblia no enseña ninguna de esas dos cosas. Nos llama a construir una nueva unidad matrimonial, mantener el honor hacia nuestros padres y tratar a la familia del cónyuge con amor, paciencia y respeto.
Dejar a padre y madre no significa abandonarlos; significa que la relación cambia porque ha nacido una nueva familia.
Dios estableció la independencia matrimonial desde Génesis
Cuando Dios formó el matrimonio, habló inmediatamente de independencia. Génesis 2:24 declara que el hombre deja a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos llegan a ser una sola carne.
Esta instrucción no quedó como un detalle aislado. Jesús la recordó en Mateo 19:5 y el apóstol Pablo volvió a citarla en Efesios 5:31. La repetición muestra la importancia de que el matrimonio desarrolle una identidad propia.
«Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24).
El esposo y la esposa necesitan aprender a decidir, organizar su casa, educar a sus hijos y resolver sus diferencias como una unidad. Pueden escuchar consejos, compartir con la familia y recibir ayuda, pero ninguna otra relación tiene el mismo carácter de la unión matrimonial.
Para que uno más uno llegue a ser uno, tiene que existir un espacio que pertenezca a la pareja. Si cada conversación termina consultándose primero con la mamá, si los hermanos conocen todos los detalles del conflicto o si los padres continúan tomando las decisiones, la nueva familia no logra madurar.
Dejar no significa abandonar
Algunas personas utilizan Génesis 2:24 para justificar el abandono de sus padres. Dicen: «La Biblia manda que los deje». Pero dejar y abandonar son verbos diferentes.
Antes del matrimonio, la mamá puede ser la mujer más importante en la vida de un hombre. Al casarse, su esposa pasa a ocupar el primer lugar entre sus relaciones humanas. La mamá no deja de ser amada ni honrada; cambia su posición dentro de un nuevo orden.
El hijo continúa pendiente de la salud, las necesidades y la compañía de sus padres. Los visita, los llama, los abraza y los ayuda dentro de sus posibilidades. El mandamiento de honrar a padre y madre no caduca el día de la boda.
Independencia sana
El matrimonio toma sus decisiones, protege su intimidad y mantiene una relación amorosa y responsable con los padres.
Abandono
El hijo deja de llamar, visitar, acompañar o interesarse por sus padres y utiliza el matrimonio como una excusa.
La solución no está en permanecer excesivamente pegados ni en mover el péndulo hacia el rechazo. Está en modificar la relación con respeto: «Mamá, te amo y estaré pendiente de ti, pero las decisiones de mi hogar las tomaré con mi cónyuge».
El cónyuge se convierte en la prioridad humana
Las relaciones con los hijos son profundamente importantes, pero también cambian. Los hijos crecen, forman sus propios hogares y se marchan. El matrimonio, en cambio, fue llamado a permanecer unido.
Por eso una pareja no debería organizar toda su vida alrededor de los hijos mientras descuida su propia relación. Una familia centrada exclusivamente en ellos puede descubrir, cuando se van, que los esposos ya no saben conversar, disfrutar ni caminar juntos.
Una de las mejores estructuras que los padres pueden ofrecerles a sus hijos es un matrimonio fuerte. Ver que mamá y papá se aman, se respetan y se consideran prioritarios les enseña el valor del hogar que algún día ellos también podrán construir.
Un orden sencillo
- Dios ocupa el primer lugar.
- El cónyuge es la relación humana prioritaria.
- Los hijos reciben amor, cuidado y formación sin reemplazar la relación matrimonial.
- Los padres y la familia extendida son honrados sin gobernar el hogar de la pareja.
Cuando es necesario vivir con un familiar
La independencia no siempre significa residir en casas diferentes. Puede haber circunstancias especiales: una dificultad económica temporal, una enfermedad, una viudez o un familiar que necesita cuidado.
Durante nuestro primer año de matrimonio, mi suegra nos recibió en su casa. Después, ella vivió con nosotros durante aproximadamente dieciocho años. La convivencia fue posible porque existía un modelo claro: ella no interfería en las decisiones que correspondían al matrimonio.
La excepción puede ser una bendición cuando todos comprenden su lugar. Incluso en una casa compartida deben existir límites: privacidad para la pareja, decisiones que no se discuten con terceros, responsabilidades definidas y respeto por la autoridad del nuevo hogar.
La necesidad de ayuda no elimina los límites
Recibir apoyo económico, vivienda o cuidado no convierte al familiar que ayuda en director del matrimonio. La gratitud y la independencia pueden convivir.
Nadie se casa con una persona completamente aislada
Cuando una persona llega al altar, no llega sola. Trae consigo una historia, unas costumbres y una familia que el futuro cónyuge no escogió. Uno elige a la esposa o al esposo; los suegros, cuñados, tíos y primos vienen incluidos en el paquete.
Algunos serán fáciles de amar. Otros pondrán a prueba la paciencia y se convertirán en parte del desarrollo de nuestro carácter. No podemos pedir una hoja de vida de todos los familiares antes de enamorarnos, pero sí podemos decidir cómo nos comportaremos con ellos.
Demostramos amor al cónyuge mediante palabras, abrazos, detalles, tiempo, intimidad y cuidado. También se lo demostramos mediante la forma como tratamos a su mamá, a su papá y a las personas difíciles de su familia.
La familia de mi cónyuge puede convertirse en una oportunidad para demostrarle cuánto lo amo.
Perdonar una ofensa de su familia, guardar silencio ante una provocación y mantener la altura cuando podríamos responder con dureza puede ser una de las mayores manifestaciones de amor hacia nuestro esposo o esposa.
No ponga a su cónyuge entre dos bandos
Cada pelea que iniciamos con la familia del cónyuge puede someterlo a una presión indebida. Queda en medio de dos fuerzas: el amor que siente por nosotros y el amor que siente por su mamá, su papá o su hermano.
Quizás tengamos razón en el asunto concreto. El familiar pudo haber mentido, robado, divulgado un chisme o dicho algo injusto. Pero tener la razón no elimina el dolor que producirá una confrontación destructiva.
A nadie le gusta escuchar que la persona con quien vive habla con desprecio de alguien a quien ama. Aunque la crítica tenga elementos verdaderos, oír insultos contra la propia mamá o el propio hermano produce una herida profunda.
Una decisión que protege el matrimonio
No hable mal de la familia de su cónyuge, ni en su presencia ni a sus espaldas. Si existe un asunto serio, converse sobre la conducta concreta con respeto, sin convertir a la persona completa en un insulto.
El objetivo no es encubrir el daño. Es evitar que nuestro cónyuge tenga que vivir defendiendo alternativamente a un lado del otro. La pareja necesita presentarse como un equipo y establecer los límites necesarios sin alimentar una guerra familiar.
Romanos 12 frente a una familia difícil
Romanos 12:9-21 ofrece una guía extraordinaria para manejar relaciones familiares complicadas. Allí se nos pide amar con sinceridad, aferrarnos al bien, honrar a los demás, bendecir a quienes nos persiguen, procurar la paz y no devolver mal por mal.
«Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:18).
La frase «en cuanto dependa de ustedes» reconoce que no podemos controlar al suegro, la cuñada o el hermano. Lo que sí podemos gobernar es nuestra respuesta. Podemos renunciar a las represalias y dejar la justicia en manos de Dios.
Esto debe hacerse de corazón. No sirve decir con tono amenazante: «Ahora usted está en las manos de Dios». Tampoco es correcto alegrarnos si después esa persona enfrenta una consecuencia. Si seguimos celebrando su dolor, la venganza todavía permanece dentro de nosotros.
El pasaje va aún más lejos: si el enemigo tiene hambre, debemos darle de comer; si tiene sed, darle de beber. La respuesta cristiana no consiste solamente en dejar de hacer el mal, sino en comenzar a hacer el bien.
- Renuncie a la pelea. Decida que no devolverá ofensa por ofensa.
- Proteja a su cónyuge. Antes de reaccionar, pregúntese cuánto dolor causará su respuesta a la persona que ama.
- Hable de hechos, no con insultos. Describa la conducta que debe cambiar sin despreciar a toda la familia.
- Establezcan juntos los límites. La pareja debe decidir qué información, acceso y participación tendrá la familia extendida.
- Entregue la justicia a Dios. No utilice la oración como una amenaza ni espere con alegría el castigo ajeno.
- Practique el bien. Cuando sea prudente, responda con ayuda, respeto y generosidad.
Imagine lo que puede significar para una esposa que su marido ayude respetuosamente a la mamá de ella, aun después de haber tenido dificultades. O para un esposo, ver que su esposa trata con dignidad a una hermana que antes habló mal de ella. No se trata de comprar afecto, sino de demostrar que el amor de Cristo gobierna nuestra conducta.
Cuando la familia del cónyuge levanta una calumnia
Una de las experiencias más dolorosas ocurre cuando algún familiar inventa una historia, destruye la reputación y convierte a la persona en tema de conversación de toda la familia. La reacción natural es responder con otro chisme, defenderse ante todos y exigir que cada persona escuche nuestra versión.
En esos momentos necesitamos permanecer anclados en Cristo y recordar que el tiempo puede ser un buen aliado de quien actúa con rectitud. La dignidad sostenida, el silencio prudente y una conducta coherente terminan diciendo mucho más que una campaña de venganza.
El Salmo 23:5 utiliza una imagen poderosa: Dios prepara una mesa delante de los enemigos. No necesitamos interpretar esa promesa como una invitación a presumir delante de quienes nos hirieron. Es una seguridad de que Dios puede sostener, cuidar y honrar a sus hijos aun en presencia de la oposición.
No devuelva calumnia por calumnia. No convierta a su cónyuge en mensajero de insultos entre usted y su familia. Entréguele a Dios lo que no puede controlar y concéntrese en construir una vida que dé testimonio de la verdad.
Preguntas frecuentes
¿Independizarse significa alejarse por completo de los padres?
No. Significa que el matrimonio asume sus decisiones y protege su intimidad. Los padres continúan siendo amados, honrados, visitados y atendidos.
¿Qué hacemos si necesitamos vivir con la familia?
Definan desde el comienzo la privacidad de la pareja, las responsabilidades económicas, las reglas de la casa y las decisiones que solamente corresponden al matrimonio.
¿Debo callar siempre cuando un familiar actúa mal?
No. Puede ser necesario conversar, corregir o establecer un límite. La diferencia está en hacerlo sin insultos, represalias ni una lucha que coloque al cónyuge en medio.
¿Perdonar significa permitir que continúen interfiriendo?
No. El perdón renuncia a la venganza; los límites protegen la independencia y la intimidad que Dios concedió al matrimonio.
¿Quién debe hablar con la familia cuando hay un problema?
La pareja debe ponerse de acuerdo y actuar como un equipo. Conviene que la conversación proteja al cónyuge, explique el límite con respeto y evite convertir el asunto en una competencia entre familias.
Oración por la familia y el matrimonio
Señor, gracias por la familia que nos diste y por la nueva unidad que formaste en nuestro matrimonio. Enséñanos a dejar sin abandonar, a honrar a nuestros padres y a proteger la intimidad de nuestro hogar.
Danos sabiduría para establecer límites sin desprecio. No permitas que las opiniones, los chismes o las ofensas de la familia extendida nos dividan. Ayúdanos a no poner al otro entre dos bandos.
Renunciamos a devolver mal por mal. Ponemos en tus manos las injusticias y te pedimos un corazón capaz de perdonar, servir y hacer el bien. Que la manera como tratamos a la familia del otro sea también una demostración del amor que sentimos por nuestro cónyuge.
Afirma nuestra unión y permite que nuestro hogar crezca en independencia, respeto y paz. Amén.
Los problemas con la familia del cónyuge no se resuelven obligándolo a escoger entre nosotros y los suyos. Se resuelven fortaleciendo la unidad matrimonial, hablando con claridad, definiendo límites y actuando con el carácter de Cristo.
El matrimonio puede decir: «Amamos a nuestras familias, pero este hogar tiene una identidad propia». Cuando esa convicción se acompaña de respeto, perdón y buenas acciones, la independencia deja de ser una guerra y se convierte en una forma sana de amar.
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