Malas formas de argumentar en una discusión

Una discusión puede convertirse en una fábrica de acusaciones cuando generalizamos, dictamos sentencias, suponemos malas intenciones y recordamos únicamente lo negativo de la persona que amamos. Malas formas de argumentar en una discusión te ayudará a entender como resolver muchos conflictos.

¿Conoces personas que viven amargadas por lo que les ocurre y, sobre todo, por la manera como interpretan lo que les ocurre? Cuando tienen una dificultad levantan un estrado dentro de la mente, acusan imaginariamente a la otra persona y pasan horas o días rumiando el mismo dolor sin resolverlo.

Los conflictos no van a desaparecer de nuestra vida. Tendremos diferencias con el cónyuge, los hijos, los padres, los vecinos, los compañeros y hasta con el médico. El conflicto es normal; lo que debemos aprender es a no permitir que tome posesión de la mente y nos conduzca a reaccionar de una manera pecaminosa.

Efesios 4:26 nos ha acompañado durante esta serie: «Si se enojan, no pequen. No dejen que el sol se ponga estando aún enojados». Dios reconoce que podemos sentir enojo, pero nos ordena darle forma y tiempo. La emoción no puede convertirse en licencia para herir, y el problema no debe dejarse crecer indefinidamente.

No basta con tener argumentos. Una persona puede hablar muy bien, defenderse maravillosamente y aun así estar equivocada.

Destruir argumentos antes de que gobiernen la conversación

En 2 Corintios 10:3-5, Pablo afirma que las armas de nuestra lucha no son las del mundo, que tienen poder divino para derribar fortalezas y que debemos destruir argumentos y llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo.

Malas formas de argumentar en una discusión «Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo» (2 Corintios 10:5).

El contexto original del pasaje no es una discusión matrimonial, pero su principio nos permite examinar lo que hacemos cuando la mente empieza a empujarnos hacia la venganza, el insulto, la huida o la condena de los demás. No todo pensamiento que aparece merece ser obedecido.

Cuando descubro que estoy pensando de una manera destructiva, necesito detenerme: «José Bernardo Ordóñez López, ¿qué hace usted pensando eso?». Llámate por tu propio nombre si es necesario. Reconoce que esa es la manera de actuar del antiguo hombre, no de la nueva criatura que estás llamado a ser.

Llevar cautivo un pensamiento significa confrontarlo con la Palabra. Frente al deseo de vengarme recuerdo: «No paguen a nadie mal por mal». Frente a las ganas de gritar recuerdo que debo quitar de mí la gritería y la malicia. Frente a la condena recuerdo que Dios me llama a perdonar como también he sido perdonado.

Para un pensamiento dañino debemos tener preparados muchos principios bíblicos. La mente necesita llenarse de Escritura, oración, cánticos y palabras que nos acerquen a Dios. No para negar el problema, sino para enfrentarlo con armas diferentes.

Si deseas comprender primero cómo se forma el tribunal interior, lee también La argumentación en el conflicto matrimonial.

Primera mala forma: generalizar

«Usted siempre…» y «usted nunca…»

La generalización toma una conducta concreta y la convierte en una descripción absoluta de toda la persona. Durante la discusión pasamos de hablar de lo que sucedió a declarar cómo es el cónyuge en todo momento.

«Usted siempre me habla así», «usted nunca me escucha», «todos los hombres son iguales» o «todas las mujeres de su familia hacen lo mismo».

Probablemente la conducta se repite y debe corregirse. Pero repetir algo con frecuencia no significa hacerlo siempre. El dolor hace que parezca permanente, aunque no lo sea.

Generalizar es injusto porque borra todas las ocasiones en que la persona sí actuó de otra manera. También desvía la conversación: el acusado ya no puede hablar del hecho presente porque tiene que defenderse de una declaración sobre toda su historia.

En lugar de: «Usted nunca me ayuda».

Podemos decir: «Hoy necesitaba tu ayuda y me dolió no recibirla. Quiero que hablemos de cómo organizarnos».

Segunda mala forma: dictar sentencias

«Usted nunca va a cambiar»

La sentencia toma la frustración presente y la proyecta sobre todo el futuro. Ya no hablamos de una falta; declaramos que cualquier transformación es imposible.

«Nunca va a cambiar», «jamás volveré a confiar», «conmigo no cuenta más» o «esto siempre será igual».

Pronunciar una sentencia así puede convertirse en un obstáculo para el cambio que esperamos. ¿Para qué va a esforzarse alguien si su cónyuge le asegura que nunca reconocerá ningún avance? La persona empieza a pensar: «Por más cosas positivas que haga, ella solamente esperará el siguiente error».

La santificación es un proceso. El cambio puede ser lento, incompleto y lleno de tropiezos, pero no debemos condenar a nadie a permanecer para siempre en su peor conducta. Si Dios sigue trabajando en nosotros, no tenemos autoridad para clausurar el futuro de la otra persona.

En lugar de: «Nunca vas a cambiar».

Podemos decir: «Esta conducta volvió a lastimarnos. Necesitamos trabajar seriamente para que no se repita».

Tercera mala forma: juzgar la intención

Convertir una sospecha en una acusación

Una cosa es describir lo que la persona hizo y otra afirmar por qué lo hizo. Cuando juzgamos la intención, aseguramos conocer lo que había dentro de un corazón que no es el nuestro.

«Lo hizo para lastimarme», «sabe que eso me molesta y lo hizo de aposta» o «gastó ese dinero porque no le importa la familia».

Puede existir una intención dañina, pero debemos comprobarla mediante una conversación, no fabricarla dentro del tribunal mental. Una pregunta abre la posibilidad de conocer la verdad; una acusación obliga al otro a defenderse.

El ejemplo de un niño que rompe un vaso ayuda a entenderlo. El vaso pudo resbalarse porque estaba enjabonado, o el niño pudo lanzarlo con rabia. El resultado material es el mismo, pero la intención cambia la manera como debemos orientar y corregir. Primero necesitamos preguntar qué ocurrió.

En lugar de: «Lo hiciste para hacerme sentir mal».

Podemos preguntar: «Lo que hiciste me dolió. ¿Qué estabas pensando y qué querías comunicarme?».

Cuarta mala forma: comparar para herir

«Usted es igualito a su papá»

La comparación negativa no solamente ataca al cónyuge. También introduce en la pelea a su padre, su madre, sus hermanos o cualquier persona que ama.

«Es igualita a su mamá», «terminó siendo como su hermano» o «todos en su familia son iguales».

Es una doble herida: desprecia a la persona y desprecia sus vínculos. Además, le niega su individualidad. Dios no produce seres humanos en serie. Cada persona tiene una historia, una responsabilidad y una posibilidad de transformación propias.

Muchos adultos todavía recuerdan el dolor de haber sido comparados con un hermano durante la infancia: «¿Cómo él sí pudo y usted no?». Si sabemos cuánto duele, no llevemos esa misma práctica al matrimonio ni a la crianza.

En lugar de comparar: habla directamente de la conducta que necesita cambiar. El problema se resuelve con la persona presente, no atacando a toda su familia.

Quinta mala forma: seleccionar solamente lo negativo

La parcialización de la memoria

Cuando estamos dolidos, la mente no busca toda la evidencia. Busca aquello que favorece nuestro caso. Reúne las fallas del cónyuge y aparta todo lo bueno que esa misma persona ha hecho.

En mi tribunal interior necesito aparecer como el mejor esposo y presentar a Yasmith como la culpable. Para conseguirlo, recuerdo discusiones anteriores y olvido treinta y siete años de compañía, perdón, entrega y permanencia.

Podemos hacer lo mismo con el esposo, la esposa o los hijos. Una sola falla de esta mañana termina borrando todo un fin de semana de atenciones. Un pocillo mal lavado borra los otros diez que el hijo dejó limpios. Un error recibe más atención que cien actos de amor.

Recordar lo bueno no convierte lo malo en bueno. Nos ayuda a mirar a la persona completa. El defecto debe hablarse, pero no tiene derecho a borrar su historia entera.

Antes de acusar, recuerda

  • ¿Cuándo me ha perdonado esta persona?
  • ¿En qué momentos difíciles permaneció a mi lado?
  • ¿Qué hizo bien durante los últimos días?
  • ¿Estoy convirtiendo una falla en la descripción de toda su identidad?
  • ¿Puedo hablar del problema sin negar todo lo bueno?

La parcialización también estorba la transformación. Si jamás reconocemos los avances, el otro sentirá que su esfuerzo no tiene valor. Por eso necesitamos aprender a decir: «Gracias», «bien hecho», «me siento orgulloso de ti» y «valoro lo que hiciste».

Los padres deben practicarlo con sus hijos. Cuando un hijo haga algo bueno, no levantes inmediatamente el listón con un «eso era lo mínimo» o «pudo hacerlo mejor». Reconoce primero lo correcto. La gratitud también educa.

Sexta mala forma: tergiversar lo dicho

Interpretar todo de la peor manera

Después de una discusión podemos reorganizar las palabras y actitudes del cónyuge para que apoyen nuestra acusación. Ya no recordamos exactamente lo que dijo, sino la interpretación que construimos durante horas de rumiación.

Por eso muchas conversaciones posteriores se llenan de estas frases: «Usted dijo…», «Yo nunca dije eso», «Sí lo dijo» y «lo que quise decir fue otra cosa». El tiempo permitió que la frase original fuera modificándose dentro de la mente.

La interpretación negativa también puede volver fatalista una situación concreta. El tono fue inadecuado, pero lo convertimos en una prueba de desamor. Hubo un error, pero lo usamos para explicar toda la relación.

Necesitamos pedirle a Dios sensatez para mirar lo sucedido tal como fue: sin disminuirlo, pero tampoco agrandarlo; sin negar nuestra responsabilidad y sin atribuirle al otro palabras que nunca pronunció.

Una pregunta útil: «Cuando dijiste aquello, yo entendí esto. ¿Eso era realmente lo que querías comunicar?».

Séptima mala forma: ensayar la próxima pelea

Conversaciones que todavía no han sucedido

Mientras pasa el tiempo empezamos a preparar respuestas contundentes: «Si me dice esto, le respondo aquello; si intenta justificarse así, yo presentaré esta otra prueba».

Nos imaginamos el tono que utilizará el cónyuge y construimos toda la escena. Cuando llega la conversación real ya no estamos dispuestos a descubrir nada. Solamente esperamos que la otra persona pronuncie la frase que ensayamos para lanzar nuestra respuesta.

Ese ensayo consume la atención y alimenta el enojo. Parece preparación para resolver, pero es preparación para combatir. La reflexión sana no prepara una trampa; prepara preguntas, reconocimiento, escucha y propuestas.

No siempre hay un culpable: a veces hay una situación difícil

En el audio cuento una experiencia con Yasmith en una carretera estrecha y peligrosa. Una camioneta venía en sentido contrario, había un abismo al lado y nos encontramos en una curva complicada. Ella se tensionó; yo me tensioné al verla nerviosa. Cuando superamos el tramo, ambos permanecimos en silencio.

¿Quién era culpable? Ninguno. La situación nos había puesto bajo presión. El pecado habría consistido en convertir ese estrés en una pelea, acusarnos mutuamente y llevarnos a casa una herida que comenzó en la carretera.

No toda tensión matrimonial nace de la maldad de uno de los dos. A veces ambos están cansados, preocupados o enfrentando algo difícil. La situación demanda una respuesta para la cual no estaban preparados. En vez de buscar inmediatamente un culpable, pueden reconocer: «Fue un momento muy tenso. Gracias por permanecer conmigo mientras lo superábamos».

No conviertas la presión en una acusación

Antes de culpar al cónyuge, pregunta si el verdadero problema fue el cansancio, el miedo, una dificultad económica, una mala noticia o una situación externa que afectó a los dos.

No pierdas de vista el objetivo: la paz

¿Cuál es la meta cuando tengo una discusión con la persona que amo? No es declararla culpable, demostrar que yo tenía razón ni obligarla a morder el polvo. El objetivo es aprender de lo ocurrido, corregir lo necesario y reconciliarnos.

Jesús enseña que, si al presentar la ofrenda recordamos que alguien tiene algo contra nosotros, debemos ir primero a reconciliarnos. Hay cosas que ocupan un lugar prioritario delante de Dios. La paz del hogar es una de ellas.

Eso exige destruir las malas maneras de argumentar y reemplazarlas por una conversación diferente:

  • Habla de un hecho concreto, no de «siempre» y «nunca».
  • Describe la conducta sin dictar sentencia sobre el futuro.
  • Pregunta por la intención en lugar de suponerla.
  • No introduzcas a los padres o hermanos para herir.
  • Recuerda tanto lo bueno como lo malo.
  • Confirma lo que la otra persona quiso decir.
  • No ensayes ataques; prepara preguntas y soluciones.
  • Reconoce cuando la situación externa tensionó a ambos.
  • Busca la paz y la reconciliación.

Preguntas frecuentes sobre las malas formas de discutir

¿Decir «siempre» o «nunca» es necesariamente falso?

En la mayoría de las discusiones son exageraciones nacidas del dolor. Conviene sustituirlas por una descripción concreta de la conducta, su frecuencia y el cambio que necesitamos.

¿Recordar las cosas buenas significa justificar una falta?

No. La falta debe reconocerse y corregirse. Recordar lo bueno impide reducir toda la identidad del cónyuge a su error más reciente.

¿Cómo puedo saber cuál fue la intención de mi pareja?

Preguntando y escuchando. Podemos describir cómo nos afectó una conducta, pero no debemos presentar como hecho una intención que solamente estamos suponiendo.

¿Por qué las comparaciones producen tanto dolor?

Porque atacan la identidad de la persona, introducen a sus seres queridos en la pelea y comunican que no la estamos viendo como un individuo capaz de tomar decisiones y cambiar.

Oración para aprender a argumentar sin herir

Señor Jesús, perdóname por las veces en que he permitido que el enojo gobierne mi manera de pensar y de hablar.He generalizado, he dictado sentencias, he juzgado intenciones y he comparado a la persona que amo. He recordado solamente sus errores y he interpretado sus palabras de la peor manera.Dame dominio propio y sensatez. Ayúdame a llevar cautivo cada pensamiento para que obedezca a Cristo. Enséñame a distinguir los hechos de mis suposiciones y a reconocer mi propia responsabilidad.Que mis palabras no sean un obstáculo para el cambio de mi cónyuge ni de mis hijos. Hazme una herramienta de ánimo, corrección sabia, perdón y reconciliación. Que la paz sea el objetivo de nuestras conversaciones. Amén.

La próxima vez que aparezca una discusión, escucha también lo que estás diciéndote por dentro. Detén el «siempre», el «nunca», la comparación, la sentencia y la sospecha. No permitas que el tribunal de la mente destruya a una persona que Dios todavía está transformando.

Reflexiona, no rumies. Habla del hecho, pregunta por la intención, reconoce lo bueno y recuerda el objetivo: resolver el problema, reconciliarse y recuperar la paz.

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José Ordóñez Cristiano · Devocionales para la familia

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